Tanta ambición perfora el saco. Y también, a Benjamin Button.

  • 23 enero, 2009

 

Tanta ambición perfora el saco. Y también, a Benjamin Button. Por Christián Rámirez.

Esta es la historia de un hombre del siglo XX, que vive a través de muchos cambios, conoce el mundo y a gente muy diversa, experimenta un gran amor y –pese a que consigue llegar muy lejos– opta por regresar al mismo lugar de donde partió. ¿Qué película estoy contando?

A juzgar por lo que hay en la cartelera se trataría sin duda del nuevo filme con Brad Pitt, El curioso caso de Benjamin Button; pero si vuelven a leer el párrafo, también podría tratarse del argumento de Forrest Gump. Claro que mientras Forrest es un autista con un talento natural para estar el en lugar adecuado en el momento justo, Benjamin nace con la fisiología de un anciano y a medida que pasan los años misteriosamente se vuelve más joven. Y más joven. Y más joven.

En realidad, no interesa tanto que la estructura de ambas sea tan parecida –no por nada comparten al mismo guionista (Eric Roth)–, lo que de verdad llama la atención es su tremenda ambición y sus aspiraciones de fábula omnicomprensiva. En el caso de Gump, se trataba de transmitir en imágenes la experiencia de ser norteamericano; pero con Button se intenta nada menos que dar cuenta del recorrido de un ser humano y de paso, el de todo un siglo.

David Fincher, el director del filme, ya había conseguido algo parecido al captar el imperceptible aunque demoledor paso del tiempo en Zodiac (la mejor película americana en lo que va de la década), pero con Button el asunto sencillamente se le va de las manos, por enorme, por inabarcable, por tremendista. Y aun así el producto final contiene observaciones bellísimas: a medida que el rostro y el cuerpo de Benjamin van “rejuveneciendo”; todo lo que lo rodea (ciudad, vestimentas, objetos) se va haciendo más reconocible y familiar para el espectador, como si el medioambiente al completo se fuera “haciendo más joven”. Al mismo tiempo, no tengo recuerdos de una película en que el siglo XX se sienta tan lejano, tan antiguo y tan ligado a lo que ya pasó, como si se tratase de un hogar que ya abandonamos pero del cual todavía recordamos el camino de regreso. Si esa es la sensación para alguien que –como yo– nació en los 70, sólo me puedo imaginar lo que causa en quienes tienen recuerdos de más atrás.

Tan inquietante como eso resulta la imagen misma de Button, a quien Brad Pitt (con 46 años a cuestas) le presta su físico, pero también su mito actoral: avanzado el filme, en el rostro de un Benjamin cada vez más joven comienzan a aparecer los rasgos del joven Brad, la estrella juvenil cuya eterna juventud estaba atrapada en sus filmes de principios de los 90. No más: ahora también está contenida aquí, inhumana y digital, casi veinte años después.