Doctor en Ciencia Política, académico de la Universidad de chile

En 1998, en medio de la investigación del fiscal Kenneth Starr en contra de Bill Clinton, Hillary Clinton dio una entrevista en que sostuvo que existía “una vasta conspiración de la derecha que ha estado confabulando contra mi marido desde el día en que anunció su candidatura a la presidencia”. Sonaba un poco fuerte, una exageración, pero hoy sabemos que la ex candidata presidencial no estaba tan equivocada. Es extraño, dado el tipo de oposición que Hillary Clinton pensaba que había enfrentado su marido, que cuando fue su turno de postular a la presidencia no se haya preparado más para los ataques de la “vasta conspiración”.

Como detalla el libro Devil’s Bargain (Convenio con el diablo), de Joshua Green, muchos de los personajes de la conspiración anti-Clinton de los 90 reaparecieron en la campaña del 2016, e incluso habían inspirado a nuevos seguidores, esta vez mejor financiados, más organizados, con mayores habilidades tecnológicas. El financista de la conspiración fue Robert Mercer, un billonario misterioso que hizo su fortuna usando big data para adelantarse a los movimientos de los mercados bursátiles (fue en ese mundo donde conoció a Steve Bannon, ex asesor de Donald Trump). Mercer fue uno de los inversionistas principales en Cambridge Analytica (CA), la rama norteamericana de Strategic Communication Laboratories, que contrató al académico ruso Aleksandr Kogan para minar datos de Facebook para usar en sus asesorías electorales. Según Green, Rebekah Mercer, hija de Robert, insistió que a cambio de donaciones electorales, la campaña de Trump contratara los servicios de CA, de la cual ella es directora.

Gracias a una investigación periodística del Guardian y Channel 4 en Gran Bretaña, hoy sabemos más sobre los métodos utilizados por CA. Kogan, usando el acceso que tenía como académico, entregó información de 50 millones de usuarios de Facebook a la empresa. Con eso, podrían “construir modelos para explotar lo que sabemos de ellos, y apuntar a sus demonios internos”. Sabemos que estos métodos fueron utilizados no solamente para influenciar en la elección norteamericana del 2016, sino también en el referéndum sobre el Brexit.

En 1873, Mark Twain escribió The Gilded Age (La época dorada), en que describe el poder y la corrupción de los grandes industrialistas del siglo XIX. Las masivas fortunas de personas como Carnegie, Rockefeller, Vanderbildt y JP Morgan surgieron de su participación en la revolución industrial. En la época de Twain, el 1% más rico controlaba un poco más de un tercio de la riqueza de los EE.UU. Hoy, más de un siglo más tarde, esa cifra es esencialmente la misma.

Un seguimiento de las grandes fortunas de la época nos indica qué fue lo que el mundo más valoraba: acero, electricidad, ferrocarriles, etc. Hoy, también las grandes fortunas surgen de la producción –o intermediación– de lo que la economía más valora: la información, los datos. De las 20 personas más ricas en el último ranking de Forbes, por lo menos 9 se hicieron ricas a través de las tecnologías de la información.

Durante la Época Dorada, los millonarios usaban sus fortunas y sus industrias para influenciar en la política. Cambridge Analytica muestra que los que controlan la información son igualmente –o tal vez más– capaces de incidir en las decisiones. Si alguna vez pensábamos que medios sociales como Facebook y Twitter serían grandes herramientas democratizadoras, hoy tenemos motivo para dudar. La entrega de información, de manera voluntaria, por parte de cientos de millones de ciudadanos ha resultado en la pérdida de privacidad, libertad y, finalmente, integridad democrática.

Los excesos y la corrupción de la Época Dorada terminaron en la irrupción de los sindicatos, la regulación de la industria, leyes laborales e innovaciones como los impuestos a la renta y a la herencia. Llevaron a la formación de un nuevo cuadro de políticos, los progresistas, de quienes el más emblemático fue Theodore Roosevelt, que entendieron que sin un cambio profundo, el propio sistema democrático estaría amenazado.

La historia nos enseña que los sistemas políticos tienen la capacidad de recuperarse de las malas prácticas de unos pocos. Para eso, se requiere organización ciudadana y liderazgos como el de Roosevelt (que, no por casualidad, surge de la misma élite a la que después desafiaría). Y un golpe al sistema, un momento crítico, que concentre las energías. Requiere, en otras palabras, que se encuentre el delito flagrante.