• 30 noviembre, 2010


Las exenciones en el IVA muestran un sistema tributario con altos grados de discrecionalidad y, además, benefician al quintil más rico de la población. Aquí tenemos que hacer cambios, tanto por un tema de eficiencia como por un asunto ético.


Hablar de impuestos y de reformas tributarias no es algo simple. No genera consensos en la clase política, ni en la empresarial, ni en la académica. Existen distintas visiones de los efectos que tienen los impuestos: distorsionan, corrigen las fallas de mercado, son un instrumento válido para mejorar la distribución del ingreso, permiten al Estado cumplir con sus objetivos, afectan a la inversión, etc.

Sin embargo, este gobierno y la “nueva derecha” han dicho más de alguna vez que durante estos meses al mando se ha realizado una reforma tributaria. Y la verdad es que eso está por verse, toda vez que los cambios aplicados fueron para financiar en parte la reconstrucción y no necesariamente implicarán una modificación de fondo en la estructura tributaria.

Uno de los grandes temas pendientes es el de las exenciones tributarias. Según las proyecciones del Servicio de Impuestos Internos para 2010, por este efecto, el fisco dejará de percibir 5.452.677 millones de pesos. Para tener una referencia: construir un hospital con 400 camas de un nivel de complejidad alto cuesta aproximadamente 40.000 millones y un consultorio para una población de 30.000 personas, cerca de 900 millones de pesos. Otro ejemplo: el gobierno gastó en 2009 2.386.883 millones de pesos en subvenciones escolares. Y más: el rescate de los 33 mineros costó entre 12.000 y 14.500 millones.

Es cierto que las exenciones o deducciones de impuestos tienen por objeto beneficiar o fomentar algunas actividades, pero también hay que tener claro que muchas de ellas se superponen y en otros casos, no tienen una justificación determinada.

Hay dos caminos en los cuales tenemos que avanzar.

El primero tiene que ver con las exenciones al impuesto a la renta. En este caso existe una inequidad horizontal, toda vez que los ingresos provenientes del trabajo son gravados con tasas diferentes a los generados por el capital. Un buen sistema debiera velar por una equidad horizontal, lo que significa que contribuyentes con el mismo nivel de riqueza deben pagar la misma cantidad de impuestos. Si uno quisiera acercarse a la equidad horizontal, lo cual sería beneficioso, debiera hacer que los empresarios (el capital) pagaran sobre base devengada y no en base a retiro. Alguien dirá –con razón– que esto puede afectar a la inversión. Sin embargo, existen varios incentivos a la inversión que muchas veces se superponen –como la depreciación acelerada o los créditos por inversión en activo fijo– lo que termina generando sobreincentivos. Una revisión a los estímulos tributarios, así como una disminución de la brecha entre los impuestos a las personas y los aplicados a las empresas irían en la dirección adecuada.

El segundo corresponde a las exenciones que existen en el IVA. La señora Juanita o usted se sorprenderían si uno les dijera que las consultas médicas, la mensualidad del colegio o de la universidad, las contribuciones de bienes raíces y el colectivo, la micro y el taxi están exentos de IVA. Quizás su sorpresa sería mayor al saber que cerca de 50 servicios o productos están exentos y que entre ellos no está el ni pan, ni los remedios, ni los libros. El IVA es un impuesto regresivo, porque las familias de escasos recursos gastan todo su ingreso en consumo (bienes y servicios) y por lo tanto, como porcentaje de su ingreso, pagan más impuesto que las familias de ingresos más altos. Si bien es cierto que los hogares de más altas entradas pagan más IVA porque consumen más, en términos relativos son los de ingresos bajos los que se ven más afectados por el IVA.

Tenemos entonces un impuesto regresivo –ninguna novedad–, pero lo interesante es que la encuesta de Presupuestos Familiares revela que la gran mayoría de las exenciones beneficia a los hogares de ingresos altos, lo que hace que el IVA sea aún más regresivo. En este sentido, las exenciones en el IVA presentan al menos dos problemas: (i) muestran un sistema tributario con altos grados de discrecionalidad y (ii) las exenciones benefician al quintil más rico de la población. Aquí tenemos que hacer cambios, por un tema de eficiencia y por un tema ético.

Hacer cambios siempre es complejo; sobre todo, porque existen derechos adquiridos y por lo tanto habrá fuertes presiones para mantener el status quo. Esta no es una GRAN REFORMA, pero podemos ir avanzando poco a poco y olvidar el tabú de que gozan los impuestos. Para esto se necesitan voluntad y coraje político.