De almacén sofisticado a comedor chileno. El Emporio La Rosa pasó de las pastas italianas y las salsas de calamar a la carbonada, el plátano con miel y el pan con palta. Una transformación que Teresa Undurraga, su hermano Francisco y su tío José Miguel Gazitúa ahora agradecen. Hoy este negocio, que partió en 2001 sin grandes pretensiones, ya cuenta con siete locales, está ad portas de iniciar su modelo de franquicias para expandirse por Chile y factura nada menos que 6,5 millones de dólares.

  • 29 marzo, 2012

De almacén sofisticado a comedor chileno. El Emporio La Rosa pasó de las pastas italianas y las salsas de calamar a la carbonada, el plátano con miel y el pan con palta. Una transformación que Teresa Undurraga, su hermano Francisco y su tío José Miguel Gazitúa ahora agradecen. Hoy este negocio, que partió en 2001 sin grandes pretensiones, ya cuenta con siete locales, está ad portas de iniciar su modelo de franquicias para expandirse por Chile y factura nada menos que 6,5 millones de dólares. Por María José Salas; fotos, Verónica Ortíz.

Cecinas, tostaduría, aceites de oliva, salsas de calamar, pastas italianas y hasta flores. Esos eran los productos que adornaban los escaparates del primer Emporio la Rosa, emplazado en una punta de diamante de las calles Monjitas y Merced. La idea partió de Teresa Undurraga, quien veía con tristeza cómo los almacenes de barrio estaban siendo influidos negativamente por la competencia de las grandes cadenas de supermercados. Su proyecto iba enfocado al rescate de los productos gourmet, pero luego apareció la idea de sacar tres mesas a la vereda y observar si –de a poco– la gente paraba a comer. Funcionó. La gente comenzó a involucrarse con el lugar, dejando recados en la pared o carteles de obras de teatro, mientras algunos se quedaban a comer un sandwich con un café. Así empezó el encanto, de a poco. Hasta que en 2005, luego de algunas crisis, Teresa se dio cuenta de que la oferta del Emporio como almacén era menos potente que la demanda que ya estaba instalada y que la gente quería, y exigía, que fuera una cafetería con todas las de la ley.

Tenían razón. Hoy el Emporio La Rosa cuenta con siete locales, atiende a un promedio de 7 mil clientes al día, acaba de ganar el premio Innovación y Emprendimiento de Enersis y vende la nada despreciable suma de 6,5 millones de dólares.

Buena idea, mal negocio
“¿Sabes? Esto es buena idea, pero un mal negocio”. Las palabras de Francisco Undurraga, hermano de Teresa, hicieron eco en el almacén del Parque Forestal. Era a comienzos de 2005 y las cosas no marchaban según lo previsto. Fue en esa época que Francisco se incorporó como socio al negocio y, junto a su hermana, comenzó la metamorfosis del Emporio.

La llegada de Francisco le dio mayor perspectiva a la gestión. “Cuando tienes una idea, cuesta mucho ser uno mismo el que la modifica. Sin duda tienes que estar permeable a las necesidades de la gente, pero también estar firme con tus convicciones, porque los emprendimientos que prosperan son los que se adaptan pero que también conservan su sello”, explica Teresa Undurraga.

El rol que jugó Pancho, como todos lo conocen, fue remecer el árbol y darle una oportunidad al local. “Básicamente se juntó el hambre con las ganas de comer. El Emporio tenía varias virtudes, y una de ellas era que se sentía como el comedor de la cocina de los chilenos. Ahí entraban desde el ministro de Defensa, que tenía su oficina a dos cuadras, hasta un mendigo del parque, que hasta el día de hoy nos compra un café todas las mañanas y lo paga”, recuerda la fundadora.

Entre ambos empezaron a darle vida al nuevo proyecto. La idea era que el local mantuviera su esencia, pero incorporando nuevos ingredientes. Fue entonces cuando apareció la idea de los helados, que se transformó en un motor que trajo de la mano a más gente y que catapultó al emporio hacia el éxito.

La sangre vasca de estos Undurraga los llevó a tomar el riesgo. No sabían nada de helados, pero con un poco de capital de

En la punta de diamante de Monjitas con Merced, en pleno parque Forestal, se instaló el primer local del Emporio La Rosa.

Francisco y un aporte del padre de ambos, compraron una máquina y Teresa tomó un curso de una semana. “Yo entré a una industria sin saber que era una industria tradicional, en la que todas las barquilleras del mundo, tienen los mismos 24 sabores y que las grandes peleas es por quién hace la strataccela más sofisticada o la noccollina más sabrosa: verdaderas peleas de los Montescos y los Capuleto en Italia”, comenta Tere.

Por eso se propuso crear sabores distintos. Donde el manual decía que iba azúcar, ella puso miel de ulmo y donde iba el agua puso licor araucano. Esa fue la fórmula que los llevó a tener un sello distintivo dentro de esa industria.

El proyecto de los helados lo lanzaron el 17 de agosto de ese año. Era sábado y llovía por los cuatro costados. Santiago estaba oscuro como una boca de lobo. La máquina había llegado el día anterior, los helados estaban hechos y se preguntaron: ¿lo hacemos o no? “Y dijmos: no nos puede ir peor que hoy. Era un día negro, pavoroso; y nosotros, jugándonos todos nuestros ahorros, nuestro futuro. Y efectivamente, en ningún local nos ha ido peor que ese día, pero igual vendimos harto”, cuenta Francisco Undurraga.

El prejuicio del mall
Porque era demasiado carácter para un local de 45 metros cuadrados, fue que la fama se expandió rápidamente y los llamaron del Parque Arauco en 2006. Pero junto con la llamada aparecieron los prejuicios: “yo, la reina del prejuicio, pensé que nos iban a decir que nos vendíamos al capitalismo, que toda la gente que era leal a nosotros en el Forestal se iba a molestar por que ya no fuéramos alternativos. Aunque te digo, el Emporio La Rosa nunca tuvo una vocación alternativa, sino que de identidad nacional”, afirma su dueña. Y fue ahí cuando nuevamente su hermano le hizo ver que la plaza pública de hoy eran los mall y era necesario expandirse hacía ellos.

Con el nuevo local aumentaron las ventas, pero también las facturas, las cuentas y el desorden. Necesitaban alguien que los ayudara a organizar el boliche. “Yo soy muy creativa, esa es mi fortaleza, pero en la administración no soy tan talentosa y creo que todos los días hay que hacer un acto de volver a ubicarse dentro de dónde uno aporta y dónde no, hacerse a un lado y dar espacio. Pancho tiene mucho talento comercial, pero necesitábamos de alguien que supiera organizar”, recuerda Tere. Así fue como se incorporó un tercer socio, el tío de ambos, José Miguel Gazitúa.

La expansión de la empresa vino pronto, pero tuvieron cuidado. “Teníamos, a mi juicio, el riesgo de que nos pasara lo que les pasa a muchos: la tentación de empezar a echarle agua a la sopa”. Sin embargo, se dieron cuenta que para mantener el negocio a flote lo primordial era no sacrificar la calidad.

La fórmula dio resultado. La expansión tomó rumbo y hoy tienen siete locales consolidados y se preparan para vender sus franquicias para seguir creciendo por todo el país.

Versión 2.0
La señora Rosa, a la que alude el cartel del Emporio, en verdad existió. Es la abuela de los Undurraga. Claro que no se llamaba Rosa, pero fue quien inspiró la idea de la cocina simple, del plátano con miel de palma, el pan con palta o la carbonada. Cosas que no se comen sólo en Santiago, sino que en todo Chile y que por eso llamó la atención de emprendedores de otras partes del país. “Las franquicias son una ayuda a gente que no sabe cómo emprender y aquí hay un modelo exitoso, que empatiza, que es respetado, una marca cariñosa, amable”, comenta Teresa.

Aún no hay nada definido sobre las franquicias, porque se lo quieren tomar con calma y encontrar en los franquiciados-operadores-socios ideales, que entiendan el negocio y que estén involucrados en el día a día del local. “Nos interesa además que el grupo humano que trabaja en Puerto Montt sea exacto al de La Dehesa. Yo soy un convencido de que las empresas son las grandes transformadoras de la sociedad: lo que tú ofreces y lo que haces efectivamente va cambiando la mentalidad de la gente”, puntualiza José Miguel Gazitúa.

Hasta ahora les han llegado 40 ofertas de personas que han manifestado su interés por la franquicia desde lugares como Puerto Montt, Rancagua y Concepción hasta Antofagasta o Calama. Y aunque ningún negocio está cerrado, la aspiración de los tres socios es llegar a 25 franquicias en un periodo de cinco años.

El modelo que han definido es que el franquiciado entregará un porcentaje de sus ventas al dueño de la franquicia y, a cambio, los dueños le darán soporte en la administración y en los productos, de manera que se conserve el valor de la marca.

Partirán por Chile, pero la idea de salir de las fronteras no está completamente descartada. En todo caso, eso pasaría por adaptarse a la realidad de cada país, adelanta Teresa. “Si nos fuéramos a Perú habría que tener suspiro limeño; o en Argentina, medias lunas. O sea, lo que esa gente reconoce en su cocina”.

Aunque, por ahora, están concentrados en seguir aumentando la oferta local. En los próximos meses Emporio La Rosa lanzará sus nuevos sabores de helados: nocholla, de avellana europea y nuez tostada.