Pioneros absolutos en la navegación austral, los herederos de Constantino Kochifas van asumiendo el timón de una empresa que partió con los pacientes ahorros de su fundador, en una alcancía. No le temen a la competencia, pero advierten sobre la desleal presencia de los cruceros piratas. Por Patricia Arancibia Clavel.

  • 10 diciembre, 2008

 

Pioneros absolutos en la navegación austral, los herederos de Constantino Kochifas van asumiendo el timón de una empresa que partió con los pacientes ahorros de su fundador, en una alcancía. No le temen a la competencia, pero advierten sobre la desleal presencia de los cruceros piratas. Por Patricia Arancibia Clavel.

Han pasado ya treinta años desde que Constantino Kochifas, nacido en Chiloé y descendiente de un inmigrante griego llegado a Chile en 1924, diera vida a una de las empresas turísticas más prestigiosas del país. Corría 1978 cuando, con 70 pasajeros a bordo y capitaneando la motonave Skorpios I, el audaz y visionario empresario se adentró por los canales y fiordos del archipiélago de Los Chonos hasta llegar al glaciar San Rafael, inaugurando así una de las rutas turísticas chilenas de mayor renombre internacional.

Hace unos días, Capital tuvo el privilegio de recorrer el mismo itinerario y observar de cerca el crecimiento y desarrollo de esta empresa familiar. En ella, cada uno de los seis hijos del matrimonio Kochifas Coñuecar forman parte de un mismo engranaje y navegan hacia igual puerto: continuar y engrandecer la obra iniciada por el padre. Las palabras claves son amor al trabajo, disciplina y perseverancia.

Luis, el cuarto de los hermanos, tiene 48 años y es ahora el capitán del Skorpios II. Con una sencillez y cordialidad que sólo se encuentra en estado puro entre la gente del sur, da la bienvenida a los más de 60 pasajeros de 15 nacionalidades que nos embarcamos en Puerto Montt para iniciar una travesía de ensueño.

Todo es grato a bordo. Luego de acomodar mis cosas en una amplia y moderna cabina calefaccionada, con un gran ventanal que permite observar el mar, recorro el barco que, al igual que el Skorpios I, fue construido en el astillero de Chinquihue, Puerto Montt, de propiedad del propio Kochifas. “Dado que la demanda de pasajes era cada vez mayor y no dábamos abasto –cuenta Luis– en 1979 mi padre decidió crecer y viajó a Europa a comprar una nueva nave. Recorrió Dinamarca, Suecia, Noruega, Finlandia y Grecia, pero no encontró nada adecuado. Fue entonces que nos dijo que íbamos a hacerla en Chile. Elaboró el proyecto y lo diseñó pensando en la seguridad y comodidad de los pasajeros”.

Momento del zarpe

La conversación se desarrolla en el puente de mando, desde donde con soltura imparte las instrucciones para el zarpe. Sonríe y agrega: “he realizado este viaje casi 600 veces y me conozco la ruta de memoria. Pero no creas que fue fácil llegar a ser el capitán. Los papás a uno siempre lo siguen viendo chico y cuando en 1988 este Skorpios estuvo listo le pedí el mando y me lo negó. No señor, ¿Usted quiere el mando?, pues gáneselo. Cuando lo tengas será porque tú te lo mereces, no porque yo te lo haya dado. Nunca te olvides de esto: las cosas se ganan, no se dan. Lloré de rabia, pero me la tuve que comer y seguir como primer piloto hasta adquirir toda la experiencia que necesitaba. Hoy, sólo agradezco la sabiduría de mi padre”.

Comienzan a entrar turistas al puente y quedamos de seguir conversando más tarde. Hay un ambiente distendido. En la proa del tercer piso se encuentra el bar para los fumadores; al otro extremo, para los que no están sometidos al vicio. El promedio de edad de los pasajeros es de unos 55 años, aunque hay parejas jóvenes en luna de miel.

La mayoría de ellos ha llegado al crucero a través del “boca a boca”, es decir, un amigo o pariente lo ha recomendado. La nave se desliza por las quietas aguas del canal Tenglo. Rumbo al sur se abre el Golfo de Ancud y se divisan islas con nombres misteriosos: Chauques, Meulin, Quenac, Caguache… “En Chauques –cuenta Luis a la hora de almuerzo, frente a unas ricas ostras– está el origen de nuestra familia. Allá llegó mi abuelo griego y se casó en 1926 con mi abuela Mariana. Ella murió en el parto de su sexto hijo, lo que significó que mi padre y tíos crecieran huérfanos”. Mientras siguen llegando exquisiteces a la mesa, el capitán comenta que navegaremos durante toda la tarde y que al terminar el día enfrentaremos el golfo del Corcovado. Hay un médico a bordo por si alguien se marea, pero el mar está calmo pese a que el barómetro indica que habrá lluvia al día siguiente.

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Las horas pasan volando. Queda mucho tiempo para conversar, por lo que me ensimismo en la relectura de las Memorias de Adriano, de Marguerite Youcenar. Algunos pasajeros juegan naipes y cacho, otros leen y los más se han retirado a sus cabinas a dormir siesta o a ver una película. Al atardecer subo de nuevo al puente y retomo con el capitán la fascinante historia de una familia de emprendedores que, a costa de esfuerzo y sacrificio, ha logrado levantar un negocio que, pionero en su época, abrió el camino del turismo marítimo en el país. “Mi padre se puso a trabajar a los 13 años. Comenzó como pescador artesanal, ahorrando en una alcancía; un cajón de cuero pegado a la pared que había hecho mi abuelo, el cual no se cansaba de repetirle: hijo, uno que vive cerca del mar, nunca debe de dejar de tener una red, ella te dará para comer y para muchas cosas más. Al cabo de un par de años, cuando ya no cabía un peso más en la alcancía, la abrió y con esa plata pudo comprar su primera embarcación a motor”.

Entre hielos

Comienza a despuntar un nuevo día y luego de un principesco desayuno, todos estamos entusiasmados porque recalaremos en una aldea de pescadores levantada por sus propios habitantes hace más de setenta años. Su nombre: Puerto Aguirre, en honor al primer presidente que la visitó: Pedro Aguirre Cerda. Sale a nuestro encuentro una docena de niños que nos esperan para servirnos de guías turísticos. Christopher Pérez tiene 11 años, va al colegio y le encanta navegar… pero por Internet. Mientras recorremos las coloridas calles del pueblo, cuyas casas están desteñidas por soles, vientos y lluvia, de sopetón me pregunta: ¿cuál es su sueño?
Le contesto preguntándole cual es el suyo y me dice que estudiar y llegar a ser un gran deportista. La gente de allí vive tranquila, en un ambiente descontaminado, sin estrés y abierta al progreso. Dan ganas de quedarse por un tiempo largo…

En el crucero reina un espíritu de camaradería y amistad. Españoles, colombianos, holandeses, italianos y brasileros comparten experiencias de vida. Nadie se retaca a la hora de comer. El menú es variado y abundante, siempre acompañado de los mejores vinos. Crece la expectativa, ya que nos vamos adentrando por los canales que nos llevarán al punto crucial del viaje: el glaciar San Rafael. “Fue la visión de ese enorme murallón de hielo lo que motivó a mi padre a construir el Skorpios I. Él se dedicaba al cabotaje, pero se dio cuenta de que ahí había un gran potencial turístico que se podía aprovechar. Hay que hacer –nos dijo– un barco cómodo que se parezca al Caleuche, donde la gente lo pase bien, haya fiestas, buena comida y entretención. No le fue fácil lograrlo, se demoró quince años en hacer realidad ese sueño y, ya vez tú, aquí estamos…”.

Sólo el que ha estado en la Laguna San Rafael, sabe de su belleza inmensurable. De pronto, entre la bruma, se abre a nuestra vista –como un gran telón de fondo– una inmensa masa de hielo formada hace 30.000 años, rodeada de imponentes cumbres. Tiene dos kilómetros de largo y una altura de 70 metros visibles. Bajo el mar, se hunde a una profundidad de 230 metros. El cambio climático ha acelerado el desprendimiento de enormes témpanos que vemos caer haciendo un ruido atronador y levantando grandes olas. Quien todavía cree que el aumento de la temperatura de la tierra son patrañas de los ecologistas, sólo debe visitar el lugar. Los icebergs, multicolores debido a los efectos de la luz, flotan por doquier. El panorama es sobrecogedor.

El Skorpios II detiene sus motores y los pasajeros se embarcan en un par de rompehielos, diseñados especialmente para acercarse lo más posible al glaciar. Nos rodean verdaderas esculturas heladas que fotografiamos una y otra vez. Las aguas son cristalinas, límpidas y nadie quiere interrumpir ese silencio majestuoso que llega al corazón. El capitán rompe el encanto y nos dice que quizás, en cincuenta años más, esta maravilla de la naturaleza no existirá. Luego, siguiendo la tradición, un whisky con hielo milenario intenta aplacar el frío y hacer olvidar que el tiempo no corre a nuestro favor.

Las termas

Hay resistencia a abandonar la magia que nos envuelve, pero el viaje debe continuar. El capitán está contento y nos anuncia que todavía nos falta vivir una agradable experiencia. Enfilamos, entonces, hacia el fiordo Quitralco, cuyo significado en lengua mapuche lo dice todo: aguas de fuego. “Buscando mejorar nuestro servicio, un día, junto con mi hermana Ana María, acompañamos a nuestro padre a una excursión por ese fiordo con el fin de encontrar alguna terma. Él nos contó que cuando era buzo mariscador había trabajado en esa zona y que recordaba haber visto en algún borde costero emanaciones de vapor. Me acuerdo que a las once de la noche bajamos del Skorpios en un bote y encontramos un lugar donde la temperatura del agua era la indicada. Fue como encontrar la fuente de la juventud. El entorno era maravilloso: mucha vegetación selvática, el cielo transparente, el mar calmo y un laberinto de pequeñas islas como paisaje de fondo. Enamorados del paraje, nos pusimos en campaña para encontrar al propietario. Se compró el terreno, pero en el papeleo nos dimos cuenta de que había otros diez predios que saldrían a remate. Al final, nos adjudicamos 800 hectáreas de bosque, aunque lo que interesaba era el agua. Ya con el título de dominio en las manos, construimos los caminos, los puentes, las piscinas, el galpón, los muelles, todo”.

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Un cordero se asaba en el fogón cuando llegamos. Mientras algunos se ponían traje de baño y bajaban a las piscinas (al aire libre y techadas) con aguas de 32 y 38 grados. Otros se fueron de excursión en bote por el fiordo. Las ramas de los árboles frondosos tocan las aguas limpias y transparentes que se reflejan en el mar. Se observan toninas jugueteando y una sensación de paz envuelve el lugar. Allí los Kochifas han construido también su casa de veraneo, amplia y cómoda, pero sencilla como sus dueños.

Se acerca el fin del viaje. De vuelta, por el canal de Moraleda, después de enfrentar el nada temible golfo del Corcovado, nos vamos bordeando la gran isla de Chiloé. Recalamos en Queilen, cuyas casas de tejuelas de colores atraen nuestra vista y desde donde aún se observa el humear del volcán Chaitén, que ha dejado su playa llena de cenizas. Allí fueron relegados en 1938 algunos de los seguidores de Ibáñez después de la matanza del Seguro Obrero. Antes de llegar a Castro, la capital chilota, hablo con Luis del futuro. “Mira, me dice, aquí, como en las Fuerzas Armadas, hay una jerarquía y un comandante en jefe que sabe perfectamente donde está el norte. Si bien hoy ha delegado muchas cosas en nosotros, fue mi padre quien de la nada hizo posible que esto funcionara. Nada importante se hace sin su visto bueno. Cuando él decida retirarse, será mi hermano mayor
quien asuma esa responsabilidad y nosotros seguiremos el rumbo trazado”.

Le pregunto cuánto les está afectando la competencia, y me dice que ellos no le temen si ésta es leal, porque los ayuda a ser más creativos y mejores. De hecho, ellos cubren en la zona magallánica la ruta desde Puerto Natales hacia Puerto Edén en el Skorpios III, mientras otra compañía la hace desde Punta Arenas a Puerto Williams. “El problema no está ahí, sino en lo que nosotros llamamos los cruceros piratas que llegan desde fuera y nadie controla. Si nosotros fuéramos a hacer lo mismo a Europa o a Estados Unidos, simplemente nos podrían miles de trabas. Hay que preocuparse de este tema, porque somos nosotros los que pagamos impuestos, los que damos empleos”.

Intuyo que esta será la última conversación larga e indago sobre la posibilidad de construir un Skorpios IV. “Hay que esperar que amaine la tormenta y analizar bien qué puede ser más conveniente, construirlo acá o adquirirlo afuera. La crisis es impredecible, por lo que hay que irse con cuidado. Son inversiones mayores, (de) 35 a 40 millones de dólares, por lo que hay que mantener la cabeza fría y hacer un buen estudio antes de embarcarse en esa nueva aventura”.

Nos bajamos en Castro. Recorro el mercado y me asombra la enorme variedad de papas existentes. Fotografío los palafitos. El cambio de mareas hace indispensable ese tipo de construcción en la orilla. Aquí hay comercio y un par de pasajeras se tienta y compra unos preciosos vestidos de lana multicolores en tiendas de gran calidad. Queda el último tramo hasta Puerto Montt. El capitán, que ha mostrado su pericia como navegante y como excelente andi trión, ha conquistado a todos los viajeros con su calidez y sentido de humor. El sello Kochifas es, sin duda, un sello de calidad.