El paisaje, el nuevo protagonista del cine chileno.

  • 3 noviembre, 2008


El paisaje, el nuevo protagonista del cine chileno.

 

El paisaje, el nuevo protagonista del cine chileno. Por Christián Ramírez.

Si alguien pregunta cuál ha sido el protagonista del año cinematográfico chileno, no estaría equivocado si se dijera que más un título, actor o director en particular, el papel central se lo ha adjudicado el paisaje, el entorno. Esto ya era cierto a propósito de La buena vida, donde la ciudad estaba presente en cada rincón de la historia, pero es manifiesto en los dos últimos estrenos nacionales, El cielo, la tierra y la lluvia y Alicia en el país.

La presencia de la naturaleza chilena en nuestros trabajos audiovisuales –desde los documentales televisivos de los hermanos Gedda hasta las primeras películas de Ricardo Larraín– no tiene nada de novedoso, pero es decidor que resulte imposible referirse a este par de cintas sin dar cuenta de la atención y el cuidado con que el medioambiente está inserto en sus respectivas tramas, en sus protagonistas y en lo que interesa a sus realizadores.

En un medio donde muchos de nosotros todavía nos cuestionamos sin parar si tal o cual argumento nos identifica como nación, consumidores o espectadores, parece un contrasentido que el mejor testimonio acerca de esta duda metódica provenga de algo en apariencia estatuario e inmutable, sean los 180 kilómetros que separan al poblado boliviano de Soniquera de San Pedro de Atacama –y que Alicia Esquivel vuelve a caminar en el filme de Esteban Larraín, reviviendo su travesía original de 2004–, o los impenetrables bosques que la cámara de José Luis Torres observa, camina, rodea y recorre en El cielo, la tierra y la lluvia.

¿Son trabajos que dan la espalda al resto de lo que hacen nuestros cineastas? Lo dudo mucho. De ser así cabría decir lo mismo de la mirada presente en los recientes filmes chilenos de Raúl Ruiz (Días de campo, La recta provincia) o en los cortos de Alejandro Fernández (quien el próximo año estrena Huacho, un filme de temática rural). No se trata de la mirada criollista, esa cubierta a placer por El desquite, de Andrés Wood o por Casa de remolienda, de Joaquín Eyzaguirre. Para encontrar ejemplos similares al grado de concentración con que El cielo, la tierra y la lluvia capta lo que le rodea hay que mirar hacia afuera, y entre los muchos referentes posibles que no extrañe si encontramos a Godard (Je vous salous Marie), Nuri Bilge Ceylan (Uzak) y Terrence Malick (El nuevo mundo); aunque –como acertadamente comentó el crítico Juan Pablo Vilches en Artes y Letras– todos estos artistas están asociados en forma previa e indisoluble a un rico sustrato cultural: su mirada está cruzada por cientos de años de evocaciones de la naturaleza realizada en el marco del arte europeo.

La naturaleza que emana de Alicia y El cielo, en cambio, emerge harto más irreductible, precaria y salvaje. Más que entrar en relación con los protagonistas, francamente los enfrenta; deja de ser un mero decorado y pasa a transformarse en una presencia, en una entidad que habita estos filmes como pocos personajes lo han hecho jamás en una película chilena.