¿Cuánto durará? ¿Qué se debe hacer? La crisis económica mundial presenta un panorama incierto para los próximos meses. Sepa que se viene en este especial de Capital.

 

  • 15 octubre, 2008

 

 

El Capitalismo ha muerto. ¡Viva el Capitalismo!
El análisis de Sebastián Edwards

La tormenta perfecta
La situación en Europa

It`s nothing stupid!
La crisis de liderazgo

New World
El nuevo orden mundial

Cuando llueve, todos se mojan
Qué pasa en Chile

Un puñado de gigantes
La nueva Banca

Villanos invitados…
El elenco de una crisis

¿Cómo enfrento la crisis en mi empresa?
Un buen consejo

La voz de la experiencia
La mirada de los empresarios

¿El fin del capitalismo?
Cara & Sello de Independientes en Red

De Wall Street a las urnas
Los coletazos en la elección norteamericana

 

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Inicio

El Capitalismo ha muerto. ¡Viva el Capitalismo!

 

El capitalismo no se terminará. Será diferente y mejor; habrá –al menos por un tiempo- menos arrogancia y mayor humildad. La regulación será más eficiente, pero no paralizante. Es el análisis de las causas, desaciertos y efectos de una crisis que ha tenido al mundo, como nunca, pendiente de los avatares en Wall Street. Por Sebastián Edwards.

 

Durante años los líderes de los países emergentes fueron tratados con cierto desdén por las autoridades del Fondo Monetario Internacional. Se les hablaba en un tono severo –como quien le habla a un niño travieso–, y se les explicaba cómo debían manejar sus economías. En ocasiones, los funcionarios del Fondo usaron términos que lindaban en lo ofensivo: decían que los emergentes eran países irresponsables, con una cultura del despilfarro y la corrupción, que no sabían cómo manejar sus presupuestos, controlar la inflación o evitar gigantescas crisis financieras recurrentes.

Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Y la imagen que mejor captura esta relación compleja es del 15 de enero de 1998, en plena crisis asiática. En la fotografía aparece el anciano presidente Suharto de Indonesia firmando el acuerdo que permitirá a su país obtener un cuantioso préstamo del FMI. De pie, a la derecha del hombre fuerte del archipiélago, aparece el director gerente del Fondo Monetario Internacional, Michel Camdessus. El francés tiene los brazos cruzados y, con la severidad de un rector de liceo, mira el documento que le permitirá controlar las finanzas de Indonesia. Tiene una leve mueca en su boca – impaciencia, o desprecio quizás?–, como si quisiera asegurarse de que la firma quedará bien estampada. El abatimiento de Suharto es innegable. Se le ve encorvado y viejo; tiene un aspecto descuidado, el pelo blanco, excesivamente largo, se asoma bajo el tradicional sombrero javanés, y el traje oscuro está arrugado. La imagen dio la vuelta al mundo y fue publicada en los principales periódicos como un signo de la claudicación de los llamados tigres asiáticos. Al ver la fotografía, los ciudadanos de los países emergentes –incluso los de otras regiones, como América latina y África– no pudieron evitar sentirse humillados.

Es por esto que, hasta cierto punto, es comprensible que la actual crisis financiera de los Estados Unidos haya creado un sentido de satisfacción, desquite, e incluso mofa, entre los analistas de muchos países del mundo emergente. Los diarios y revistas del alguna vez llamado Tercer Mundo están repletos de historias que dicen cosas como: “vean, no somos los únicos irresponsables”, o “ahora sabrán lo que es bueno”, o “nunca más permitiremos que nos den lecciones.”

Culpables y villanos

Al centro mismo de la crisis se encuentra la burbuja inmobiliaria de los años 2001 a 2006 en los Estados Unidos. En algunas ciudades –Miami y Los Ángeles, por ejemplo– los precios de las viviendas subieron en 160% durante ese período. Pero la burbuja en sí no hubiera producido una crisis de esta magnitud si no hubiera sido por la contribución de una serie de elementos adicionales, incluyendo el que los bancos de Wall Street hayan creado instrumentos financieros complejos, cuyos valores dependían de los precios de las casas. El uso del leverage se generalizó e inversionistas de todo tipo, la mayoría de los cuales no entendían cómo funcionaban estos títulos, los compraron entusiasmados, siguiendo los consejos de asesores inescrupulosos y sintiéndose protegidos por las calificaciones “Triple A” de las agencias evaluadoras de riesgo.

Pero ni siquiera esto es suficiente para generar la tormenta perfecta. Para completar la historia aún tenemos fue identificar a otros villanos. Y resulta que la intromisión excesiva del gobierno en el mercado financiero e inmobiliario jugó un rol central en este drama. Efectivamente, a principios de esta década el Congreso exigió a Fannie Mae y Freddie Mac que aumentaran fuertemente sus créditos hipotecarios a familias de bajos ingresos. Esta fue, sin duda, una de las causas detrás de la explosión de las hipotecas subprime, las que pasaron de 300 billones de dólares a 2 trillones en un corto periodo de tiempo. Al poco tiempo, cuando finalmente los precios de las casas empezaron a caer, estos deudores no pudieron pagar sus préstamos y la crisis estalló.

Pero hay más, mucho más, incluyendo mala suerte y coincidencias fortuitas. Un ejemplo de esto último fue la decisión del Tesoro, a fines de 2001, de suspender las emisiones del bono de 30 años. Ello incentivó a los inversionistas que deseaban mayor duración para sus inversiones a buscar sustitutos, y los encontraron en el bono de 30 años de Fannie y Freddie. Esta demanda adicional por sus títulos permitió a estas instituciones financiar aún más hipotecas subprime.

También hubo mala suerte: en noviembre pasado se implementaron nuevas regulaciones contables –incluyendo la llamada regla FAS 157–, las que obligan a las instituciones financieras castigar fuertemente sus balances, si se producen caídas temporales en los valores de ciertas inversiones.

Y, claro, para completar la lista de los “culpables”, no se puede dejar de mencionar a los deudores que se embarcaron en compras de viviendas que, a todas luces, no podían solventar.

El cuadro anterior es complejo y va mucho más allá de la muletilla repetida como mantra: “fue la falta de regulación.”

Pero a pesar de su complejidad, este cuadro no explica la profundidad de la crisis. El pánico y la caída en espiral de los mercados fueron la consecuencia directa de la ineptitud con la que el gobierno del presidente Bush enfrentó el problema: dejar caer a Lehaman Broothers fue, claramente, un error serio, como lo fue el haberle presentado al Congreso un plan de rescate incompleto, mal armado, incongruente, y que nadie pudo explicar con claridad. Detrás de esta incompetencia encontramos el dogmatismo y la rigidez ideológica de los fundamentalistas del mercado, esa banda de políticos y economistas enamorados de un sistema puro e idealizado, que nunca ha existido y del que ni siquiera Adam Smith se sentiría orgulloso.

Arrogancia y dogmatismo

Pero el dogmatismo no fue el único problema. Además, los actores principales pecaron, una y otra vez, de arrogancia y, lo que es posiblemente peor, de una falta de perspectiva histórica.

La arrogancia fue, más que todo, a un nivel intelectual. Durante años los banqueros de Wall Street se sintieron los señores del mundo. Este sentimiento de superioridad –y, lo que es más grave, de infalibilidad– no se basaba en sus enormes salarios, ni en los bonos millonarios, ni en el lujo que rodeaba sus retiros y conferencias, sino que en su inteligencia y poder intelectual. Ellos sabían más que nadie, entendían el mundo como verdaderamente era, tenían modelos que lo explicaban todo, podían reducir las ideas más sofisticadas o etéreas a un sistema de ecuaciones diferenciales estocásticas. Para proteger su superioridad erigieron una barrera linguistica entre ellos y el resto de los mortales, barrera que impedía saber si verdaderamente eran tan inteligentes, capaces y observadores. Usaban siglas que sólo ellos entendían –CDS, CDO, SIV, ELMI– y utilizaban términos tomados de la física teórica, como procesos brownianos, Lema de Ito y otros para referirse a los movimientos de los mercados financieros. Y si alguien preguntaba que querían decir, o cómo se podían explicar sus teorías en lenguaje simple, las respuestas que daban eran tan herméticas como las siglas que lanzaban a diestra y siniestra, o simplemente no había respuestas, o el preguntón recibía una mirada fulminante y despectiva.

Pero, como ahora todos sabemos, detrás de este barniz de eficiencia y superioridad se escondía una incapacidad por verdaderamente entender el mundo y sus vicisitudes. La fragilidad del pensamiento y de los modelos de Wall Street era profunda y estructural. Los banqueros de inversión hablaban –con orgullo, por cierto- de las bondades de su “ingeniaría financiera”. Y ahí, precisamente, está el problema. La ingeniería es una disciplina exacta, basada en las leyes precisas de la física, y usa reglas inmutables y mecánicas. Pero las finazas son lo opuesto a la mecánica; tienen que ver con inversionistas y su psicología, con personas ricas y otras no tanto, que invierten sus ahorros, con familias, con pensionados y especuladores, con iglesias y fundaciones, con universidades y obras de caridad que invierten sus fondos para poder hacer sus obras en el futuro. El uso mecánico de ideas, modelos y relaciones cuantitativas, como si fueran una caja negra, jugó un rol central en esta crisis. Los modelos decían que las hipotecas subprime iban a ser repagadas, que los derivados eran espléndidos, que las correlaciones entre los mercados eran bajas y que las estampidas de inversionistas eran una invención de los socialistas o de los amargados. Nadie –o casi nadie– se preocupaba por la historia, por lo que había pasado tan sólo 60 años atrás, o en países ordenados o civilizados como Suecia, o en naciones alargadas y lejanas como Chile, o desordenadas y geniales como la Argentina, o tropicales y futbolizadas como Brasil. Lo que importaba era el modelo, las ecuaciones, los segundos, terceros y cuartos momentos, la reversión a la media, los procesos estocásticos de salto, las distribuciones estadísticas sofisticadas (pero mecánicas). Como dijo el periodista David Brooks en el New York Times, los analistas vivían en la caverna de Platón, viendo cómo se movían las sombras de la realidad y no lo sabían; ni siquiera lo sospechaban.

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Pero para armar un cóctel verdaderamente explosivo, a la arrogancia hay que sumar el dogmatismo que impidió a la administración Bush proponer un plan de rescate competente y efectivo. Aquí hubo dos problemas: primero, la obsesión por escarmentar y mostrar que eran machos y capaces de hacer quebrar a una institución venerable como Lehman Brothers. No les importó que el hacerlo haya sido como gritar “incendio” en un teatro repleto de gente. En segundo lugar, para la administración la sola idea de que el gobierno inyectara directamente capital a los bancos resultaba inaceptable; bancos y gobierno no se mezclan, dijeron, volviendo a ignorar la historia y el rol central que jugó la Reconstruction Finance Corporation en 1933. Por ello presentaron un plan incompleto –la propuesta legislativa original tenía sólo 3 páginas- e inefectivo, basado en la compra de activos tóxicos cuyos precios es muy difícil de determinar.

Sólo ahora, después del pánico, se han animado a aceptar lo que muchos dijimos desde el principio: la solución más efectiva es inyectarle capital –a través de la compra de deuda subordinada– a las instituciones financieras viables, facilitar la fusión de las débiles y dejar que sean los propios bancos los que negocien con sus deudores la reestructuración de las obligaciones. Después de todo, esa es la competencia de los bancos: negociar con sus clientes. ¿Qué esto es una nacionalización de la banca? Sí, desde luego que lo es. ¿Y, qué? Ya se hizo en 1933, y debiera volver a hacerse cada vez que sea necesario. Lo importante es que, como en los años treinta, la nacionalización sea temporal y no dure ni un día más de lo necesario.

¿La crisis terminal del capitalismo?

Muchos analistas hablan de la crisis terminal del capitalismo y del fin de la globalización. De hecho, en las decenas de entrevistas que yo mismo he dado durante las últimas semanas, las pregunta más recurrentes son, “¿es este el final del capitalismo financiero?” y “¿estamos ante la crisis terminal del capitalismo?” No. Esta no es la crisis terminal del capitalismo; esto es el capitalismo. Desordenado e imperfecto, creador de enorme bienestar y riqueza. De vez en cuando tropieza, porque tomó un ritmo demasiado rápido o vertiginoso o porque temporalmente equivocó el camino. Este es el capitalismo que cae, se golpea y retrocede temporalmente. Lame sus heridas, mientras se prepara para volver a ponerse en movimiento, con su enorme fuerza creativa y su eficiencia.

Desde sus comienzos, el capitalismo siempre ha tenido ciclos y ha sufrido crisis; algunas han sido enormes –1907 y 1929, por nombrar sólo dos–, mientras que otras han sido muy serias, pero no legendarias –se me vienen a la mente 1987 y 2001. Sólo los ingenuos o los dogmáticos pueden haber pensado que los ciclos habían terminado y que habíamos entrado en una era sin accidentes. Pero la mayoría de los analistas serios siempre ha sabido que los ciclos continuarán en el futuro. El desafío es que la fase recesiva sea corta y poco profunda; la idea es evitar grandes depresiones como la que azotó al país entre 1929 y 1933. Pero pensar en eliminar los ciclos es una ilusión ingenua.

Joseph Schumpeter, el gran economista austriaco, fue quien mejor describió al sistema capitalista. Dijo que se trataba una sucesión interminable de “destrucción creativa”, donde nuevas ideas y tecnologías desplazaban a compañías antiguas que se volvían obsoletas y desaparecían. En 1939, Schumpeter publicó un tratado sobre los ciclos económicos, en el que usó modelos estadísticos muy sofisticados para esa época y mostró que cada cierto número de años se producía una crisis profunda. Y si bien sus teorías han sido cuestionadas por razones técnicas, la idea de crisis recurrentes cada cierto tiempo sigue vigente. La periodicidad pareciera ser de aproximadamente 20 años: ha habido grandes crisis en 1819, 1836, 1857, 1873, 1907, 1929, 1987 y 2008.

Siempre hemos sabido que el mercado necesita regulación. Pero esta regulación debe ser inteligente, flexible, dinámica; no debe ser excesivamente intrusa ni asfixiante.

No cabe duda de que en los últimos años este desafío no se enfrentó con éxito. Y es por ello que en el futuro veremos nuevos esfuerzos dirigidos a proteger a los inversionistas, a mejorar la transparencia e información en el mercado y a ponerle un cota al leverage. También veremos mayores regulaciones a los derivados, incluyendo al gigantesco mercado de los Credit Default Swaps.

Desde un punto de vista político, estos cambios regulatorios se verán facilitados si, como se espera, el senador Barack Obama gana la presidencia y los demócratas llegan a controlar ambas cámaras del Congreso. Pero hay que recordar que no todos los miembros del Partido Demócrata son partidarios de un nivel asfi xiante de regulación. Después de todo, fue precisamente el presidente Bill Clinton quien puso fin a la ley Glass-Steagall, permitiendo, de ese modo, eliminar la diferencia entre la banca comercial y la banca de inversiones.

Sí, veremos mayores regulaciones en el mercado financiero –y las necesitamos–, pero no veremos impuestos excesivos, ni trabas a la inversión real, ni restricciones al comercio minorista, ni un movimiento hacia un Estado del bienestar. Los emprendedores seguirán adelante. Nuevos Silicon Valley surgirán y en ellos se desarrollarán nuevas tecnologías para enfrentar los desafíos medioambientales y energéticos. Como antes, los que tengan audacia y creatividad amasarán enormes fortunas, y al morir dejarán casi la totalidad de su dinero a obras benéficas; como en el pasado, el individuo y su libertad tendrán un rol político central; independientemente de la crisis y de quién gane las elecciones, nada se hará para que esto cambie. No sólo eso: los países europeos continuarán sus esfuerzos por modernizarse y reformar el Estado de bienestar que continúa siendo un lastre para la productividad y el crecimiento. Vale la pena notar que Europa, con todas sus regulaciones, no ha estado incólume a la crisis; de hecho, los países europeos se encuentran en dificultades aún mayores que los Estados Unidos.

El capitalismo no se terminará. Será diferente y mejor; habrá –al menos por un tiempo– menos arrogancia y mayor humildad. La regulación será más eficiente, pero no paralizante. Todo el mundo entiende que una desregulación bien hecha es enormemente beneficiosa. Fue precisamente la desregulación de las telecomunicaciones lo que permitió la revolución informática. Hay acuerdo amplio en que la desregulación, la liberalización y la expansión del comercio internacional han ayudado en China, India, y Chile, entre otros, a sacar a millones de personas de la pobreza. Fue la desregulación del transporte lo que democratizó los viajes y le permitió a miles de personas de escasos recursos volar en avión –yo aún recuerdo la época en que los que tenían dinero viajaban en aviones semi vacíos y los pobres viajaban enormes distancias en buses Greyhound.

Hay, desde luego, algunos peligros. Si la recesión es larga y profunda –si como en Japón durante los años 90, tiene una forma de L, en vez de la tradicional formas de V o U–, es posible que veamos un aumento en el nivel de proteccionismo y aislacionismo. Esto sería muy grave. Los historiadores coinciden en que fue precisamente la legislación anti-comercio, conocida como el Acta Smoot-Hawley de 1930, la que generó la agudización de la Gran Depresión.

Algunos dicen que durante las últimas semanas murió el “capitalismo”. Si fuera así, debiéramos darle la bienvenida a su reemplazante: ¡Viva el capitalismo!

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La tormenta perfecta

 

La conclusión es que si no entienden y solucionan los problemas de información que vive el sistema financiero, no podemos tener políticas que resuelvan la crisis de forma estable en el largo plazo. La crisis vista desde Europa. Por Pedro Videla.

La crisis se ha extendido a Europa con singular virulencia. Comenzó de forma tenue con la nacionalización de Northern-Rock, pero en el último mes se ha acelerado rápidamente, impactando a todos los países. Ya son historia los casos de Fortis, Dexia, Hypo Real State, Bradford & Bingley y toda la banca islandesa. Como si esto no fuera suficiente, el FMI en su último informe de la situación económica mundial nos dice que Estados Unidos y la Unión Europea van camino de la recesión y que no veremos signos de recuperación hasta fines de 2009.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? Tres factores han jugado un papel fundamental en la generación de la crisis. Primero, una política monetaria extremadamente expansiva en ambos lados del Atlántico. Este tsunami de liquidez generó una inflación de los precios de todos los activos del mundo; principalmente, los inmobiliarios.

En segundo lugar, los bajos tipos de interés llevaron a los inversionistas a buscar alternativas con activos de mayor rentabilidad. Así, la banca de inversión aprovechó la deficiente regulación y los bajos requisitos de capital para tomar posiciones muy arriesgadas.

Finalmente, la desregulación del sistema bancario, articulado en torno al tratado de Basilea II, dio incentivos para que los bancos invirtieran n estos activos apalancados en base a la hipótesis de que se los quedarían a vencimiento.

Cuando los tipos de interés empezaron a subir y con ellos los precios de la vivienda a bajar, la morosidad de algunas hipotecas (sobre todo las ya tristemente famosas subprime) se disparó, lo mismo que las dificultades de algunas instituciones financieras, que estaban muy apalancadas.

Ante la pérdida de valor de sus activos, algunas instituciones financieras se convirtieron en vendedoras forzadas de activos apalancados; pero pronto se dieron cuenta de que nadie compraba este tipo de activos y de que el acceso al crédito estaba prácticamente cerrado. Así llegamos a la tormenta perfecta.

Pero aún faltaba el tiro de gracia. Este vino con la quiebra de Lehman Brothers, que causó una abrupta sequía en el mercado del crédito interbancario. El TED spread saltó de 100 a más de 300 puntos base. Este spread mide el riego que los bancos se asignan unos a otros. Antes de que la crisis se desatara en agosto de 2007, el TED spread era de 30 puntos base; hoy está a más de 450 puntos base.

La ausencia de liquidez en el mercado interbancario significó que la crisis financiera llegara a la economía real. Sin crédito, los engranajes de la economía mundial se resienten y muchos se preguntan si no vamos a una depresión similar a la del año 29.

¿Cómo podemos enfrentar a esta crisis? Lo primero que hay que hacer es reactivar el mercado de crédito interbancario. Como hemos visto, la causa de esta sequía es la desconfianza en el sistema; por tanto, la simple emisión de dinero no soluciona el problema. Es por esta razón que el Banco Centra Europeo se había negado, hasta esta semana, a bajar sus tipos de referencia. La evidencia muestra que la FED ha tenido una política monetaria expansiva, pero ineficaz para el problema que intenta resolver. Las bajadas de tipos en Estados Unidos no se han reflejado en un descenso de los tipos a particulares y empresas.

Por consiguiente, la reciente bajada de tipos concertada por varios bancos centrales del mundo –entre ellos, el Banco Central Europeo– es errónea, porque no envía un mensaje de calma al sistema. No es de extrañar que, después de esta medida, el Euribor –el índice de referencia de la mayoría de los préstamos hipotecarios europeos– haya subido. ¿Cómo se puede pedir confianza a los mercados cuando los bancos centrales están tan aterrados?

¿Qué cabe hacer entonces? Ante la gravedad de la crisis, van quedando pocas alternativas. Y cada día que pasa toma más fuerza la necesidad de una intervención directa del gobierno en la administración de los bancos, similar a la que vivimos en Chile en los 80.

En el meollo de la crisis tenemos un problema de información: quién está en malas condiciones, quién tiene problemas de liquidez, quién es insolvente, etc. Por tanto, la solución requiere eliminar la información asimétrica del sistema. Una mayor emisión de dinero no resuelve el problema de fondo. Una recapitalización de los bancos por parte del gobierno es difícil, porque el Ejecutivo también carece de la necesaria información.

La conclusión es que si no se entienden y solucionan los problemas de información que vive el sistema financiero, no podemos tener políticas que resuelvan la crisis de forma estable en el largo plazo. Esto se puede lograr solo de dos formas. El gobierno debe intervenir directamente en el sistema financiero (¿nacionalización?) para solucionar el problema de coordinación o –alternativamente– dejar de intervenir y permitir que las fuerzas del mercado actúen limpiando y saneando el sistema. Una cosa es clara: el costo de recobrar la confianza perdida será muy alto.

El autor es profesor de Economía del IESE y doctor en Economía por la Universidad de Chicago.

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Evadiendo el problema

It`s nothing stupid!

 

¿En que estaban los líderes mundiales de hoy? ¿En la invasión a Irak y e los cambios de gobierno en Alemania, Inglaterra, Rusia, Francia y Estados Unidos? ¿En el milagro chino e indio? ¿En el cambio climático? ¿Y en la crisis financiera que se acercaba? Por Juan Carlos Eichholz.

 

¿Qué habrá estado en los cráneos de Roosevelt, Stalin, Chamberlain, Petain y otros líderes mundiales en los años 30? De seguro que un importante espacio lo ocupaba el reconstruir sus países después de la Gran Depresión. Y más allá de eso, ¿qué habrán estado mirando? ¿Cuánta atención estaba siendo puesta sobre lo que se iba incubando en Alemania, con Hitler a la cabeza? Lo probable es que no hayan sido indiferentes a lo que allí ocurría. De hecho, crecientemente este tema fue siendo parte de las conversaciones informales entre los líderes de la época, pero no pasaba de ahí, pese a que las señales se hacían cada vez más preocupantes: concentración del poder, ideologización, militarización, antisemitismo, anexión de Austria… e invasión de Polonia. Todo eso tuvo que ocurrir –en un espacio de seis años– para que, finalmente, las otras potencias europeas comenzaran a reaccionar, aunque lenta y desarticuladamente al comienzo.

¿Y en qué estaban los líderes mundiales de hoy? ¿En la invasión a Irak y en los cambios de gobierno en Alemania, Inglaterra, Rusia, Francia y Estados Unidos? ¿En el milagro chino e indio? ¿En el cambio climático? Seguramente que en todo eso y en otros asuntos también. ¿Y en la crisis financiera que se acercaba? Lo probable es que fuera parte de las conversaciones informales, pero no mucho más; al menos, no como para tomar acciones que evitaran llegar hasta donde hemos llegado hoy. Pese a que las señales, igual que con la Segunda Guerra, se iban sumando: la burbuja de las punto com, el exceso de liquidez, las tasas reales negativas, el aumento desmedido del crédito, la burbuja de los commodities, la burbuja inmobiliaria… hasta que la crisis estalló. Y ahora vemos las reacciones para detener el desplome de la economía mundial, que asoman lentas y desarticuladas.

Dos fenómenos devastadores, en campos muy distintos, que siguen el mismo patrón: evasión del problema. Sin embargo, no nos quedemos con poner nuestra mirada acusadora sobre esos grandes líderes solamente, porque estoy seguro de que usted ha estado alguna vez en una situación similar, de menor alcance por supuesto, viendo las señales de lo que se venía, pero sin prestarles mucha atención o esperando a que otro lo hiciera. Y es que ni para usted ni para esas autoridades mundiales se justificaba hacer algo, simplemente porque no había un problema, o al menos no era lo suficientemente grave. Por lo mismo, frases como “It’s the economy, stupid!”, o incluso “It’s politics, stupid!”, no tenían cabida. Simplemente no estaba pasando nada: “It’s nothing, stupid!”

Evadirte, evadirme, evadirnos

¿Se ha puesto a pensar alguna vez en la dinámica que se produce en este tipo de situaciones? Todo gira en torno a la evasión, y las etapas se van dando en una lógica casi perfecta, igual que en la borrachera, que parte por la euforia, seguida de la melancolía, que da paso a la depresión, para terminar en el arrepentimiento.

Aquí todo parte con el agorero; es decir, con quien advierte al resto que hay un problema, que algo anda mal, que tenemos que cambiar. Pero como el resto siente que está bien, no hace caso, mira para el lado. Y si el agorero insiste mucho, entonces se busca la forma de acallarlo. En otras palabras, se mata al mensajero. En la década del 30 hubo varios de esos agoreros; entre otros, el propio Churchill, a quien sólo le dieron crédito, eligiéndolo primer ministro, cuando la guerra ya había comenzado. En esta crisis también los ha habido, y entre ellos se cuentan el recientemente fallecido economista Charles Kindleberger, sus colegas norteamericanos Larry Summers y Joseph Stiglitz y el chileno Hernán Cortés.

Aunque el agorero es desoído, igualmente genera inquietud en la gente; en especial, cuando ya comienzan a hacerse visibles algunos síntomas de la enfermedad. Entonces comienza la segunda fase de la evasión: la negación del problema por parte de la autoridad. Este patrón es un clásico, y se expresa en frases como “no hay de qué preocuparse, porque nuestra economía está blindada”. De hecho, el propio Henry Paulson decía en julio de 2007: “yo no pienso que plantee un riesgo serio para la economía en su conjunto, porque tenemos una economía diversa y sana”. Y a comienzos de este año, las autoridades económicas de Europa y Asia inventaron la teoría del desacoplamiento, intentando explicar que la crisis subprime en Estados Unidos no se extendería más allá de sus fronteras, porque ese país ya no era el único motor de la economía mundial. Juzgue usted.

La tercera fase es la del autoengaño colectivo: algo huele mal, pero preferimos taparnos las narices. En otras palabras, aunque intuimos que el problema está ahí, acechando, optamos por ampararnos en el discurso tranquilizador de las autoridades, y nos quedamos impávidos. Todos saben que algo anda mal, pero el acuerdo tácito se impone: “hagamos como que la cosa está bien”. Y seguimos donde mismo, sin enfrentar el problema, tal como ocurrió entre enero y septiembre de este año. Sin ir más lejos, el propio Paulson pronunció otra frase para el bronce en mayo último: “Lo peor de la crisis ya pasó”.

La cuarta fase es dolorosa, porque ya no podemos negar la existencia del problema: simplemente nos estalló en las narices. Lo increíble es que, de algún modo, buscamos la forma de no sentirnos tocados por lo que está ocurriendo. ¿Cómo? Echándole la culpa a otros, hasta el punto, si es necesario, de dar con chivos expiatorios que nos ayuden a soportar nuestra frustración. Es la caza de brujas en la que nos encontramos hoy: que los bancos de inversión, que las clasificadoras de riesgo, que Greenspan, que Bush, que los chinos, que el capitalismo, que la codicia, que los ejecutivos inescrupulosos, que el corredor de bolsa que me dijo que comprara, y para qué seguir con la lista. Cien culpables, excepto uno mismo.

Largo circuito de evasión tras evasión para poder, finalmente, enfrentar el problema y comenzar a cambiar, asumiendo los inevitables costos que esto implica. Por lo tanto, del “It’s nothing” pasamos al “It’s them”, para finalmente llegar al “It’s a crisis, stupid!”

Es interesante observar que los países y las personas que más progresan son aquellos que menos tiempo se quedan en cada fase; es decir, los que más rápidamente enfrentan el problema. Por eso es que el pronóstico de mediano plazo para Europa y Japón es bastante peor que para Estados Unidos, cuya cultura es más de enfrentar que de evadir.

Cada vez más sistémico

El gran desafío, sin embargo, es que no basta con que sea sólo un país el que decida enfrentar el problema. Así como la resistencia aislada de Francia, o incluso la de Inglaterra, no era suficiente para derrotar a Hitler, en la crisis financiera no es suficiente que actúe sólo la Reserva Federal, ni aun en conjunto con el Departamento del Tesoro, porque tienen que intervenir también las autoridades de otros países, y no sólo europeos. Eso es lo que se llama un desafío sistémico, que exige colaboración de muchos actores, porque lo que unos hagan o dejen de hacer afecta a otros y, por tanto, el resultado final.

Esta historia lo dice todo: dos exploradores están recorriendo África cuando, de pronto, se encuentran con un león que se aproxima a ellos mientras acampan, decidido a atacar. Muy asustado, uno de ellos mira al otro, que se está poniendo los zapatos, y le dice: “¿qué haces poniéndote zapatos? ¿Qué no te das cuenta de que el león es más rápido que nosotros?” Y el otro le responde: “claro que sí, pero el asunto no es quién corre más rápido que el león, sino quién de nosotros corre más rápido que el otro.”

Por lo tanto, si un país pretende buscar soluciones para sí, el problema seguirá sin ser enfrentado con la profundidad que se requiere, y estaremos viendo medidas de parche que durarán sólo por un rato. Lo que hay que entender es que los mercados globalizados de hoy requieren soluciones globales, lo que demanda un inédito esfuerzo de integración mundial, que también incluye a un actor al que le cuesta esa mirada: China.

Se ha dicho que esta no es una crisis de liquidez, sino de confianza, aseveración que es del todo cierta, y cada vez lo será más, en esta y otras situaciones. La falta de liquidez es lo que se ve en la superficie; es sólo el síntoma de la enfermedad. Se podrá inyectar más dinero en el sistema, como se ha estado haciendo, pero éste no fluirá si no existe la confianza que asegure a los agentes económicos que los compromisos entre ellos se cumplirán, garantizando la cadena de pagos.

Cuando un problema es sistémico, su solución pasa por la colaboración de las diferentes partes que se ven afectadas por él, lo que exige no sólo coordinación, sino una actitud de colaboración, que sólo puede fundarse en la confianza. El tema es que esto es algo relativamente nuevo. Los problemas que tenemos son crecientemente globales –y por tanto, sistémicos–, pero tendemos a aplicar soluciones locales, porque es lo que hemos realizado por siglos.

Es por esto que la última gran frase de Thomas Friedman se queda corta: “siempre creí que el gobierno de Estados Unidos era un sistema político único, diseñado por genios para que incluso pudiera ser conducido por idiotas. Estaba equivocado. Ningún sistema puede ser suficientemente inteligente para sobrevivir a este nivel de incompetencia e imprudencia de quienes deben liderarlo”.

El dilema es que ya no se trata de conducir el sistema político norteamericano; ahora la escala es mundial. Es otro sistema, mucho más complejo, y es bueno que entendamos que no funciona con piloto automático, porque así estaremos todos más alertas a lo que vaya ocurriendo. Como nunca antes, cuesta que alguien, por genio que sea, vea el cuadro completo.

Y el culpable es…

En estos días estamos transitando desde la etapa de encontrar culpables hacia la de buscar soluciones integradoras. Sin embargo, quedarse atrapados en la primera hace más difícil avanzar hacia la última, pues parte de la integración debe darse con aquellos actores que podemos pensar que son los culpables. Es lo que, de hecho, se escucha cuando se ataca a Paulson por su historia pasada, como presidente de Goldman Sachs, uno de esos demoníacos bancos de inversión. Y lo mismo ocurre con la Reserva Federal o con el propio gobierno estadounidense. O incluso con el capitalismo.

En el extremo, habría que deshacerse de todos estos culpables para poder avanzar. Lo que hay que entender, no obstante, es que aquellos que han sido parte del problema son también parte de la solución. Peor aun, lo probable es que los culpables no sean sólo unos pocos, aquellos que ponemos en el patíbulo, sino muchos más, muchos millones más.

El capitalismo, más que una estructura artificial, es un orden social que se desprende naturalmente de lo que el ser humano es. Por lo mismo, las tan criticadas burbujas financieras, inmobiliarias y de otros mercados no son sino expresión de múltiples burbujas personales.

Culpar al capitalismo y a los capitalistas es culparnos, en parte, a cada uno, porque está en nuestra naturaleza –que por cierto es débil–, caer en estos excesos. Si se tiene en cuenta eso, evitaremos perder tiempo en un debate ideológico de trincheras, que no conduce a ninguna parte, y centraremos la atención en cómo, más allá de las soluciones inmediatistas, ir minimizando esos excesos. Una vía serán las regulaciones, por cierto, pero más efectivo que eso será el trabajo cultural. De hecho, los alemanes no cambiaron por las regulaciones que impuso el Tratado de Versalles, después de la Primera Guerra, sino por el profundo esfuerzo educacional y de diálogo social que se comenzó después de la Segunda Guerra.

El autor es director del Centro de Liderazgo Estratégico de la Universidad Adolfo Ibáñez.

 

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New World

 

Cuando la marea se retire tras la crisis de 2008, el paisaje financiero será otro. Todo indica que aumentará la supervisión al sistema y con normas mas estrictas. Hasta mediados de año, los estándares de Basilea indicaban que los bancos tenían suficiente capital. Los rescate le pasaran la cuenta a la economía mundial durante años. Fin de una era y un estilo de vida: la banca e inversión independiente se acabó. Las cicatrices de las heridas actuales afectarán al apetito por riesgo de la industria bancaria. Europa, las naciones asiáticas y hasta las economías emergentes claman por una menor hegemonía norteamericana en el nuevo orden.

Cuando la marea se retire tras la crisis de 2008, el paisaje financiero será otro. Habrá menos jugadores y más grandes, cambios en los modelos de negocios de los bancos y nuevas y más estrictas regulaciones.

La lucha por la supervivencia ha llevado a fusiones que antes no habrían pasado por el colador de las autoridades antimonopolios. La caída ha dejado en evidencia las falencias del sistema, los abusos de unos pocos y la desigualdad en el acceso a la información.

La severidad de la crisis, que ha llevado a muchos a trazar paralelos con la de 1929 y a recordar que ésta fue seguida por la Gran Depresión, tiene de cabeza a los reguladores, pero no hay duda de que en cuanto el pánico ceda y tengan un respiro, comenzarán a trabajar en las normas necesarias para establecer un nuevo sistema financiero: uno donde Wall Street no será emperador indiscutido y que no necesariamente se construirá sobre los supuestos en que se apoya hoy.


Con las mejores intenciones

Para saber hacia donde vamos, a veces ayuda saber de dónde venimos. Tras la crisis financiera de 1997-99, que se extendió del sudeste asiático a Rusia y Brasil, los banqueros centrales y ministros de finanzas trabajaron para mejorar las regulaciones bancarias y reducir el impacto de las crisis financieras futuras. La meta implicaba conseguir un equilibrio entre la necesidad de garantizar la seguridad de los bancos y la de darles espacio para asumir riesgos y ganar dinero.

Para 2004 el proyecto estaba listo: el nuevo manual recibió el nombre de Basilea II. Europa y Japón lo implementaron durante el último año. En Estados Unidos, los bancos debían entregar sus planes de cumplimiento a los reguladores antes del 1 de abril. El problema ahora es que esas normas podrían empeorar más las consecuencias de la crisis en el sistema, ya que la idea es que los bancos equiparen el tamaño de su base de capital con los riesgos de sus préstamos y activos. Hoy, muchos bancos tendrían que reducir el riesgo, recortando las colocaciones o vendiendo acciones para conseguir más capital, y ninguna de estas opciones parece razonable en estos días convulsionados.

Para entender cómo un acuerdo que debía mejorar las cosas puede empeorarlas hay que ir a Basilea I, diseñado por los reguladores financieros en 1988 para conseguir que los bancos de todo el mundo reforzaran su capital. Lo hicieron, pero pronto encontraron los agujeros en el sistema. Para evitar tener parado el capital necesario para sostener los préstamos que hacían, los securitizaron y sacaron de sus libros. Basilea I tampoco requería que hubiera respaldo de capital si las líneas de crédito eran por menos de un año, así es que los bancos aprendieron a renovarlas cada 364 días.

Hasta mediados de este año, las tasas de incumplimiento de crédito eran muy bajas, lo que –usando los estándares de Basilea– indicaba que los bancos tenían suficiente capital. Los hechos han demostrado que no era así.

Tocando fondo

Antes de mirar hacia una nueva era para la banca y la economía hay que salir de la crisis actual. La crisis de confianza, solvencia y liquidez que paralizó a los mercados interbancarios las últimas semanas puede no dejar más opción que una recapitalización de la banca por sus gobiernos. Aunque los bancos centrales ganen la batalla de la liquidez, no habrán resuelto el problema de la solvencia: eso demandará una nacionalización plena o parcial de los bancos, ya que los compradores del sector privado son escasos. Es lo que vimos con la banca británica.

Por cierto que eso genera una nueva batería de problemas. ¿Podrán los gobiernos pagar esto? Las agencias calificadoras ya salieron a decir que la nota del gobierno de Estados Unidos no está siendo cuestionada. Pero los 700.000 millones de dólares del plan de rescate tienen que salir de alguna parte. Y hay que cumplir con las garantías de Fannie y Freddie y la recapitalización de AIG. El Tesoro dijo que le aumentaría el presupuesto a la Reserva Federal. Pero todo tiene límites.

Y suponiendo que una vez más los asiáticos compren los bonos occidentales, hay que emprender la reestructuración. The Economist Intelligence Unit, la unidad de análisis de la prestigiosa publicación británica, planteaba cuatro grandes interrogantes: ¿cómo será la reestructuración? ¿Cómo se organizará la competencia con el Estado como participante importante además de regulador? ¿Cómo se enfrentará el riesgo moral en el sector financiero a la luz de enormes rescates estatales? ¿Cómo y cuándo reprivatizarán los bancos los gobiernos?

No se sabe aún. Pero los rescates le pasarán la cuenta a la economía mundial durante años. Es probable que los impuestos suban, deprimiendo el consumo privado. Y el bajón de las bolsas ha mermado inversiones de empresas, fondos de pensiones y muchos otros que demorarán un largo tiempo en recuperar las pérdidas, golpeando más fuerte a aquellos a punto de jubilar.

En la misma línea, el consumo se verá afectado también por una menor disponibilidad de crédito y tasas más altas, como consecuencia de la menor competencia (por las compras, fusiones y quiebras, habrá menos bancos), menos securitización y mayores exigencias regulatorias de capital.


En el horizonte

Los mayores cambios que probablemente veremos en el futuro son un menor peso de Estados Unidos, cambios en el modelo de negocios de la banca y un marco regulatorio distinto.

El plan de rescate de Washington persigue revitalizar a los bancos estadounidenses y mantener su hegemonía. Moody’s reafirmó pocas horas después del anuncio del rescate por el secretario del Tesoro, Hank Paulson, que la nota AAA de Estados Unidos no estaba en riesgo, en un informe que tituló “Los cimientos no debilitados de la calificación AAA del gobierno de Estados Unidos”.

“Estados Unidos perderá su estatus de
única gran potencia en el sistema financiero
internacional e iremos hacia un sistema
multipolar”, anunció el ministro alemán de
Hacienda, Peer Steinbrück.
 

Pero otros no están tan seguros. El más directo en sus planteamientos fue el ministro alemán de Hacienda, Peer Steinbruck, quien dijo con todas sus letras que tal vez. La deuda de Estados Unidos superó los 10 billones de dólares el 30 de septiembre (ascendía a 5,72 billones cuando Bush asumió la presidencia) y el plan de rescate cuenta entre sus provisiones una que autoriza a elevar el techo de la deuda nacional de 11,31 billones de dólares. La cifra es grande, aunque no alarmante: los 10 billones equivalen a cerca de 69% del PIB. Pero afecta las perspectivas del dólar a largo plazo y pone al país en riesgo de que un día los inversionistas extranjeros dejen de confiar en la moneda como divisa de reserva. Claro que esto es en el largo plazo.

En lo inmediato, ya estamos viendo cambios en el modelo de negocios de la banca, sobre todo, la de inversión. La tendencia parece ser hacia un modelo de banca occidental y, más que nada, un regreso al antiguo negocio bancario de captar depositantes.

Con la quiebra de Lehman Brothers, la venta de Merrill Lynch y Bear Stearns y la decisión de Goldman Sachs y Morgan Stanley de convertirse en sociedades bancarias, la banca de inversión independiente se acabó. El fin de una era y un estilo de vida, según muchos. No es que sus servicios ya no sean necesarios, sino que se prestarán a través de un modelo distinto de banco, que como captador de depósitos estará sometido a normas más estrictas y bajo supervisión directa de la Reserva Federal y de la Contraloría General. En lugar de auditorías periódicas por la Comisión de Valores y Bolsa (SEC), Goldman y Morgan tendrán a los inspectores sobre sus espaldas todo el tiempo. Cuentan, por ejemplo, que JPMorgan Chase tiene unos 70 reguladores de ambas agencias en sus oficinas todos los días, con acceso a los libros, mesas de operación y procesos administrativos.

Esa mayor regulación no garantiza que no haya más pérdidas, pero ciertamente evitará el exceso de apalancamiento (o endeudamiento) que tanto ha debilitado a las instituciones financieras. Las firmas de Wall Street aprovecharon el dinero barato que las bajas tasas de interés ponían a su disposición para sus operaciones propias y préstamos a fondos de cobertura y firmas de capital privado.

Es probable que la industria financiera no sólo sea sujeto de una mayor supervisión, sino que además las normas se vuelvan más estrictas con el fin de evitar una nueva crisis. En Estados Unidos se ha planteado convertir a la Fed en un supraregulador de todo el sistema financiero, en desmedro de las atribuciones de la SEC. En la UE, en tanto, la Comisión Europea presentó el 1 de octubre su propuesta de revisión de las normas actuales sobre requisitos de capital a las entidades financieras, para reducir la exposición de la banca a los riesgos y mejorar la supervisión financiera. La proposición establece límites a las entidades a la hora de prestarse dinero entre sí, les obliga a mantener en cartera un 5% de los instrumentos securitizados –activos que son sacados de balance y convertidos en bonos para venderlos a otras instituciones–, y busca una mejora de la supervisión de los grupos bancarios transfronterizos. Sin embargo, no se aplicará antes de, al menos, dos años, dado que debe lograr el acuerdo entre el Parlamento y los estados miembros.

Otro proyecto en marcha en la UE apunta a las agencias calificadoras de crédito, sobre las que han llovido críticas.

Cambio de rumbo

Todo esto apunta a un sistema financiero estadounidense que tendrá poco que ver con el que modeló la ley Glass-Steagall de 1933, que prohibía la consolidación de servicios de banca de inversión, comercial y seguros. Tales disposiciones fueron abolidas por la ley Gramm-Leach-Bliley de 1999, que permitía la consolidación entre bancos, firmas de valores y compañías de seguros y creaba más competencia.

Es muy probable que las cicatrices de las heridas actuales quiten el apetito por riesgo a los bancos y se traduzca en un aumento de sus colchones de efectivo para protegerse de la parte baja del ciclo. Esta aversión al riesgo puede conducir a que la banca reduzca su dependencia de pasivos ilíquidos y opte en cambios por otros más líquidos y a plazos más cortos. Pero el menor apalancamiento se traducirá en una rentabilidad también menor.

 

 

El riesgo moral

Una de las discusiones más intensas que han rodeado a la crisis es la del riesgo moral (en inglés, moral hazard) o el temor a que la certeza de un rescate aliente la toma excesiva de riesgos. Es por eso que las autoridades comenzaron con un enfoque caso a caso en lugar de partir con un rescate amplio, sistémico. Rescatar a Wall Street de sus excesos resultó una tarea muy impopular y fue una de las principales razones por las que el plan de compra de activos con problemas del secretario del Tesoro no pasó el primer trámite en la Cámara de Representantes. Hubo cientos de llamadas de personas a sus congresistas pidiéndoles que no aprobaran el plan. A menos de dos meses de las elecciones en las que se renuevan dos tercios de los representantes, fue imposible resistir la presión de los votantes.

Las autoridades hicieron lo posible por no dar la impresión de estar “socializando” las pérdidas mientras toleraban la “privatización” de las ganancias: los accionistas de Bear Stearns, Fannie Mae, Freddie Mac y AIG lo tienen muy claro. La intervención del Estado, en la práctica, borró sus participaciones.

La ley de consecuencias inesperadas también se hizo presente. La decisión de permitir la quiebra de Lehman Brothers para enviar la señal de que nadie era demasiado grande para evitar caer fue celebrada en su momento, precisamente, porque hacía frente al aspecto del riesgo moral. Las autoridades estadounidenses pensaron que los problemas de Lehman eran suficientemente conocidos y que sus contrapartes ya habían tomado las providencias del caso, por lo que los efectos no serían graves. Error. La quiebra de Lehman causó pérdidas en un fondo del mercado de dinero, lo que se consideraba una inversión segura. La sabiduría convencional indicaba que los fondos del mercado de dinero no tienen pérdidas.

El impacto de las pérdidas de ese fondo fue lo que provocó desconfianza, que congeló los mercados de financiamiento de corto plazo y causó la carnicería en las acciones de los bancos. Si Lehman no era demasiado grande para caer, ¿quién sería rescatado y quién no? La incertidumbre secó el flujo en el mercado interbancario y agravó una situación que ya era color de hormiga.

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Inicio

Cuando llueve, todos se mojan

 

La crisis actual no es una extensión de la crisis subprime, como muchos parecen creer. Las hipotecas son solo el actor más popular de una película cuya trama son los excesos de gasto y que salpicó a todo el mundo. Por eso que en Chile lo primero que debiéramos dejar de hacer es transmitir que estamos blindados. Por José Ramón Valente.

La actual ha sido una crisis de lento desarrollo. En 2005 ya había indicadores clarísimos de un exceso de gasto en la economía norteamericana, lo que –de hecho– llevó a algunos economistas a pronosticar la posibilidad de una recesión para Estados Unidos hacia fines de 2006, la cual obviamente no ocurrió sino hasta 2008. Sin embargo, a pesar de que el pronóstico erró por dos años, la predicción de que el exceso de gasto en EE.UU. –financiado con los ahorros de China, a los que se le unieron luego los países petroleros– generaría tarde o temprano una recesión, fue acertado.

Estados Unidos alcanzó a tener un déficit anual de su cuenta corriente –indicador utilizado para medir el monto de los recursos que un país debe conseguir de otros países para financiar su propio gasto– de cerca de 900 mil millones de dólares: algo así como un 7% de su PGB. Quienes hemos analizado las cuentas externas de las naciones emergentes sabemos que dicha cifra es demasiado alta y que la mayoría de la veces los países que se han acercado a ella terminan teniendo problemas de financiamiento, lo que los obliga a reducir fuertemente su gasto interno, causando con ello una recesión. Es el caso de la mayoría de los latinoamericanos a principios de los años 80 y de los tigres asiáticos en 1997-1998.

Por otra parte, a raíz de la preocupación de las autoridades monetarias durante la recesión de 2001, respecto a que Estados Unidos fuese a caer en una depresión similar a la vivida por Japón a principios de los 90, las tasas de interés que fijó el comité de la Reserva Federal en el período posterior a la crisis de 2001 y hasta fines de 2005 fueron extremadamente bajas comparadas con los niveles históricos. Incluso, durante varios meses estas fueron inferiores a la inflación, de manera que, lejos de reflejar escasez de recursos financieros para financiar el exceso de gasto de los norteamericanos, la señal que entregaban era de plata dulce.

A través de la historia hemos aprendido que cada vez que a las personas y a las empresas se les ofrece crédito a tasas de interés negativas, la gente no duda en tomarlo aunque no los necesite. Si me están regalando algo, lo acepto y luego veo qué uso le doy.

Es decir, la economía de Estados Unidos tenía un foco de incendio con su exceso de gasto, al cual se le echó unos cuantos bidones de bencina con tasas de interés extremadamente bajas, que terminaron por generar una explosión del gasto. Pero como la cantidad de hamburguesas y cerveza que se pueden consumir es limitada y el número de autos que se pueden manejar, también; los norteamericanos comenzaron a comprar otro tipo de bienes; sobre todo, aquellos que por su naturaleza pueden ser dejados en garantía para obtener un crédito, tales como casas, oficinas y departamentos, pero también acciones y bonos de empresas.

Por su parte, los bancos, financieras, compañías de seguros y fondos de inversión, ante las paupérrimas tasas de interés que se podían obtener por los instrumentos de bajo riesgo (bonos del Tesoro), tuvieron grandes incentivos para buscar instrumentos de inversión con los que obtuvieran mayores retornos. Al principio, fueron los bonos de empresas, luego los de países emergentes y, posteriormente, las sofisticadas (e inentendibles) notas estructuradas que surgieron del financiamiento de la compra de activos inmobiliarios.

De manera que, de acuerdo a esta descripción de los hechos y compartida por numerosos analistas, la crisis actual no es una extensión de la crisis subprime, como muchos parecen creer. Por el contrario, la crisis subprime es sólo el actor más popular de una película cuya trama son los excesos de gasto generados tanto en el mercado de bienes y servicios (autos, viajes, etc.), como en el mercado de activos (casas, acciones y bonos). Y el villano invitado son las burbujas de precio en el sector inmobiliario, los commodities y las acciones y bonos: sobre todo, de los países emergentes.

Obviamente, nada de esto habría sido posible sin el financiamiento otorgado por los chinodólares y petrodólares que, ante la imposibilidad de encontrar activos financieros seguros y rentables en sus países de origen, terminaron depositándose en los bancos de los países desarrollados. Principalmente, Estados Unidos y Europa.

Así que la culpa de la actual crisis no es solamente de los irresponsables banqueros norteamericanos, las despreocupadas compañías de seguros o las incompetentes clasificadoras de riesgo. De alguna manera, el mundo entero –es decir, sus instituciones– fueron incapaces de manejar el aumento de riqueza y las transferencias de riqueza provocados por la revolución tecnológica y la incorporación de millones de personas en todo el mundo a un sistema de economía de mercado, así como la mayor propensión al ahorro de esa gente.

La crisis de la que somos testigos no es una extensión indeseada de la crisis subprime; por el contrario, es un problema global que simplemente reventó primero en el mercado de hipotecas de alto riesgo en Estados Unidos.

Si entendemos la crisis como un fenómeno global, es más sencillo comprender la profundidad y extensión que ha alcanzado en los últimos días y los posibles efectos que pudiera ejercer en el futuro.

¿Y las advertencias?

Entre paréntesis, a estas alturas usted se estará preguntando: si el desarrollo de la crisis era tan obvio como para poder ser descrito en un par de párrafos, ¿cómo no se tomaron a tiempo las medidas necesarias para evitar el penoso desenlace que estamos presenciando? ¿Cómo es que tanta gente y, sobre todo, tantos destacados profesionales del mundo financiero fueron sorprendidos por la crisis financiera global en que estamos inmersos en este momento?

Bueno, lo cierto es que había una visión optimista sobre lo que estaba ocurriendo en la economía mundial que era sostenida por muchos analistas y que, a la luz de los acontecimientos, probó tener más seguidores que la visión catastrofista esbozada en los párrafos iniciales. En pocas palabras, dicha visión reconocía la existencia de un desequilibrio global de consumo y ahorro de gran magnitud, pero estimaba que el crecimiento de la demanda interna en los países emergentes –principalmente, China, Brasil, Rusia e India– se haría cargo del problema por la vía de disminuir paulatinamente y sin sobresaltos los fondos disponibles a los norteamericanos y sin que fuese necesario una desaceleración brusca del consumo en Estados Unidos.

Este grupo de optimistas fue el mismo que luego pronosticó que la crisis subprime estaba encapsulada sólo al segmento de las hipotecas más riesgosas. Y cuando fue evidente que la situación alcanzaría a todo el sistema financiero norteamericano, se las arreglaron para convencer a los mercados de que el mundo sería capaz de desacoplarse de Estados Unidos y seguir creciendo, aunque los norteamericanos estuvieran en recesión.

Este conjunto de analistas confió –y algunos confían hasta ahora– en que el futuro promisorio de China sería capaz de sostener el crecimiento del mundo en rangos iguales o superiores a los promedios históricos y, por supuesto, también los precios de los