El pintor y académico Ignacio Gumucio está incursionando en un nuevo formato. Se trata de Las Aulas (@lasaulas), una serie que se transmite por Instagram y que muestra, con humor, la relación entre profesores y alumnos en tiempos donde ejercer la autoridad se torna confuso.

  • 25 octubre, 2018

Los voy a hacer descansar de ser artistas, que les sale mal. Vamos a hacer un experimento: cada uno de ustedes mide lo que entra a su cuerpo. Luego miden lo que sale de su cuerpo y anotan esa diferencia. Vamos a trabajar con ese coeficiente…”. Así parte el primer capítulo de @lasaulas, donde Gumucio (46) interpreta a Ricardo Gómez, profesor de arte que plantea a sus alumnos un descabellado proyecto que le implicará ser denunciado y luego expulsado. El argumento de la serie arranca de este absurdo ejercicio y sigue con la experiencia de las tomas universitarias y la desgracia del profesor. “Todo es entre gracioso y patético”, dice su creador.

Comenzaron a grabar el 15 de agosto y estrenaron el primer capítulo el 31 de agosto, ya llevan 24 capítulos publicados y cada episodio dura un minuto. La serie, que ya está escrita en su totalidad, pero que en el proceso de grabación y edición ha ido mutando, surgió como pasatiempo para capear el ocio que les generó a un grupo de profesores de la Universidad Diego Portales la toma de los alumnos durante el primer semestre de este año. 

Gumucio junto a sus colegas Gonzalo Aguirre y Lucas Martínez se entusiasmaron con la idea de hacer una serie utilizando el formato de Instagram: videos cortos con sencillas posibilidades de edición. Se sumó Ignacio Murúa como productor ejecutivo y para grabar usaron una cámara que tenía Aguirre. El elenco de la serie está conformado casi en su totalidad por profesores de la facultad y algunos estudiantes. Entre los rostros más reconocibles figura su hermano Rafael Gumucio, el artista César Gabler, Francisca Feuerhake y Álvaro Díaz. Todos participaron ad honorem. “Descubrí que era fácil hacer actuar a los profesores. Hacen lo mismo que los actores, menos la parte latera de ‘Ay, no sé cómo enfrentar el personaje’. Los docentes siempre están interpretando y utilizan los mismos trucos, como el falso diálogo o los giros dramáticos”, cuenta el artista desde su taller en la calle Julio Prado. Fue ahí mismo donde se dio cuenta de que la enseñanza no era un obstáculo a su trabajo como artista, sino todo lo contrario.

Las Aulas no es tu primera incursión en el formato audiovisual.

-No, había tenido una experiencia previa en 2016 para mi exposición Falsa Modestia en el MAVI. Ahí hice una película compuesta por tres sketches, que en total duraban 20 minutos. Era un poco la misma idea: diálogos entre profesores y estudiantes. Yo siempre he querido hacer muchas cosas y la pintura ha sido una especie de premio de consuelo. Me interesaba filmar, pero me parecía muy difícil porque es caro y supone mucha preparación. Además, hay que explicar muchas veces por qué lo que estás haciendo es importante y conseguir plata. Cuando tengo que explicar algo más de dos veces, ya no me interesa. 

-¿Cómo llegaste a este nuevo formato de serie en Instagram?

-Descubrí en Instagram la posibilidad de hacer este asunto sin tener que explicarlo. El formato era corto, barato, fácil de hacer, y empezó a funcionar bien. Como soy pintor, pensé que por deformación profesional me iba a fijar mucho en los planos y en la imagen, pero no me importó nada, me interesó más el texto. Participan mis colegas, a los que no necesito explicarles ni justificarles por qué esto era importante. Y mis alumnos son mis extras. Llego a la universidad un poco antes de empezar las clases, converso con ellos y siempre hay gente dispuesta a grabar algo. En realidad, yo apenas sé utilizar la plataforma, entré hace poco y no entiendo mucho. 

-¿No te relacionas con el mundo de los seguidores y los likes?

-No. Yo estoy acostumbrado al mundo del arte visual, si a una exposición mía llegan 30 personas ya estoy estresado, entonces cuando tengo más de dos mil vistas en un video, encuentro que es una locura. Pero después miro otras cuentas y veo que tienen cientos de miles. Me he mantenido un poco sin saber. Tampoco entiendo mucho los emoticones. 

-¿Y cómo ha sido el desafío de narrar en un minuto?

-Esa ha sido la parte más entretenida, lo he pasado muy bien. Hemos tenido que reducir muchísimo, pero finalmente utilizamos más o menos las mismas técnicas que en series de formato largo, como Breaking Bad o Better Call Saul –dos ejemplos que me encantan– y donde también te meten en medio de una situación sin explicarte demasiado. De hecho, Las Aulas es como la sinopsis de una cantidad de material que es muy bueno y que se perdió, pero eso tiene que ver con el personaje central, Ricardo Gómez, un profesor que pertenece a una generación, la mía, que tiene un modo de explicar las cosas y de enseñar. Ahora se nos dice: “Tus alumnos tienen un tiempo de atención muy limitado y necesitan ver el teléfono”, entonces, de alguna manera, todo lo fallido de que la historia no quepa en un minuto tiene que ver con lo que le pasa al personaje. Con lo incómodo. 

-En los años que llevas haciendo clases, ¿cuánto ha cambiado la noción del tiempo en tus alumnos? 

-Es quizás el cambio del que más hablamos los profesores y de manera un poco triste. Está la idea de entretención, existe el pánico a que las cosas sean aburridas. Y la universidad es un entrenamiento para el aburrimiento. En el caso del arte, te diría que es la razón por la cual un estudiante debería ir a la universidad: tiene que crear un pacto con el aburrimiento que es parte de la vida del taller de arte. Eso es lo que uno enseña, pero es cada vez más difícil si tienes personas obsesionadas con la idea de lo entretenido. 

-Ya no soportamos aburrirnos. 

-Sí, pero además está la idea de la decepción. Para mi generación, no sé si sea algo bueno o no, pero no existían las expectativas. Nunca pensamos que teníamos derechos, que nos debían algo o que teníamos que estar entretenidos. Surge entonces la desilusión: “Me están ofreciendo algo que no me están dando”. Es una lógica muy propia del sistema neoliberal, donde yo soy un consumidor al cual se le prometen una cantidad de cosas, y si no ocurren siento que me están perjudicando. Esa idea no existía en mi época. A mí me interesa retratar un modo de hablar que es propio de la relación de profesores y discípulos. Un lenguaje que conozco mucho si sumo mi época de estudiante, ayudante y luego profesor. He estado toda la vida encerrado en este mundo, que es muy raro y diferente al resto. 

 

TOMADOS

El argumento de Las Aulas tiene que ver con la contingencia y las tomas universitarias. Su título además coincide ahora con la discusión del proyecto Aula Segura, a través del cual el gobierno busca permitir la expulsión de los alumnos de colegios públicos que agredan a los profesores. Por otra parte, de la mano de las manifestaciones estudiantiles, surgió una serie de denuncias de alumnos que acusan abusos por parte de sus docentes y algunos de esos casos incluso han llegado a la justicia.

-¿Los profesores están teniendo que repensar sus atribuciones?

-Están muertos de susto. La última toma feminista fue importante en ese sentido porque uno vio que las reacciones de los profesores fueron muy diferentes; algunos tuvieron posiciones muy críticas y otras muy favorables al movimiento. Pero compartían la misma sensación de terror, los que estaban entusiastas y los que estaban en contra, todos temerosos ante la sensación de que se está acabando el modo que uno conoció. También descubrí que los profesores de arte jugamos con la idea de “tengo que hacer clases para poder vivir, pero me encantaría poder dejarlo”. Con el paro entendí que eso era mentira. Yo y mis colegas profesores echábamos de menos hacer clases y nos daba lata estar todo el tiempo en el taller. La frustración de no poder hacer es mucho más rica que la posibilidad de hacerlo. Me di cuenta de que era adicto a hacer clases. Ser profesor también es una enfermedad, y es incurable. Entonces, cuando se pone en duda todo un sistema, también se está cuestionando tu padecimiento. Soy un adicto a la autoridad, no puedo vivir sin estar impresionando a gente 20 años menor. No sé si eso va a seguir existiendo así.

-¿Pero te sientes capaz de incorporar nuevas normas?

-Hay que ver qué es lo que va a quedar. Hay cosas que parecen ser cambios radicales y que van a desaparecer, pero otras se van a mantener. En este momento me aterra la idea de tener que respetar la identidad de los estudiantes. A mí se me enseñó que la universidad era un lugar para romper con tu identidad, para cuestionar de dónde vienes y hacia dónde vas. Lo que veo en algunos estudiantes, y en colegas que fomentan esa idea, es que debes fortalecer tus propias ideas, tus prejuicios y tu mundo. Cualquier incomodidad empieza a ser vista como una amenaza. Me preocupa pensar que una persona de 18 años esté protegiendo su identidad en vez de ponerla en riesgo. Encuentro triste que algunos estudiantes se sientan tan débiles, tan posiblemente atacados. Yo tenía la idea, a lo mejor completamente estúpida, de que los jóvenes eran tipos extra arrojados a los cuales los viejos tenían que enseñarles que el mundo no es tan seguro, pero en cambio me encuentro con discursos muy conservadores. 

-En Las Aulas hay una burla también a cierto engrupimiento artístico de la academia.

-Me río de todo. Yo estoy enamorado de mí, pero alcanzo a ver algo medio ridículo y triste en la postura del profesor. De hecho, el ejercicio de la primera temporada se me ocurrió una noche y encontré que era lo más genial del mundo. Pero cuando me desperté y se lo conté a mi mujer, entendí que era completamente demente. En el microcosmos del aula eres un genio, pero también te estás vengando de cosas que no eres capaz de hacer en otros ambientes y retando a unos cabros porque llegan cinco minutos tarde. 

 

“El arte no es una profesión”

-¿Es verdad que no se puede vivir del arte?

-Yo nunca pensé que iba a vivir de la pintura y de hecho no vivo de la pintura. A lo mejor para las generaciones nuevas el equívoco es más grave, porque ellos creían que podía ser así. A mí me enseñaron que la relación que uno podía tener con la pintura era una cuestión privada, vinculada con la búsqueda de la verdad, como tener una religión. No te van a dar plata por ser budista, ese es tu problema. 

-¿No te frustra?

-No, lo encuentro normal. Cuando he ganado un poco de plata con la pintura me parece increíble, es algo que todavía no me cabe en la cabeza. 

-Mencionabas la búsqueda de la verdad en el arte, ¿qué es eso?

-(Ríe) ¿Yo dije eso?

-Sí, recién. 

-(Ríe) Debe ser una de las frases más imbéciles que se ha dicho en mucho tiempo. (Piensa) Era simplemente para explicar que a mí me vendieron el arte como algo que tenía que ver con un gran ideal. No como una profesión ni como una máquina de hacer plata, y creo que tenían razón. El arte no es una profesión, la universidad no te puede enseñar tips profesionales porque estaría dejándote de enseñar los problemas reales del arte.

-¿Y por qué crees tú que es importante que se estudie arte?

-Porque te pone en relación con algunos conflictos, por ejemplo, con el tema de la autoridad, ¿qué se hace con la autoridad? Tener a un tipo al frente que habla y habla, ¿cómo interrumpir ese flujo? Eso no se puede aprender solo, especialmente para los artistas que en general tienen un carácter más bien tímido, entonces les cuesta mucho. El arte se trata de ese problema.

-¿Eres partidario de la educación formal?

-Sí, pero quizás no para todos. Marcel Duchamp tiene una frase muy buena, cuando le pidieron un consejo para jóvenes artistas, respondió: “Esto es como los naufragios, cada uno se salva como puede”. Es verdad, la solución de cada uno es diferente. A mí la solución de la academia me sirvió, si no nunca podría haber hecho arte. Es lo que hablábamos antes sobre identidad. Esa ilusión de creer “yo soy así” se rompe cuando una institución te dice: “no”. Es sano preguntarse quién eres, pero no tenerlo claro a los 17 años. También existe el derecho a la incoherencia y a la contradicción. 

-¿Hay una excesiva valoración de la coherencia en estos tiempos?

-No sé si más que en otros períodos porque cuando pienso en el mundo de mis padres, en mayo del 68, la obsesión por la coherencia era mucho peor y los resultados, absurdos. Pero creo que ahora la gente quiere ser querida por lo que es y no por lo que hace. Es todo lo contrario de lo que a mí me enseñaron: que lo importante no era quién eres por naturaleza, sino quién elegiste ser. 

-En una entrevista reciente decías que ya te habías librado del éxito, ¿es así?

-Sí, pero en el sentido de que hay una cantidad de cosas que ya sé que no van a ocurrir y no me importa demasiado. En los estándares del mundo del arte visual, las cosas importantes te tienen que haber pasado a los 30 años, o algo así. Pero yo siempre he esperado lo peor. Cuando recién salí de la universidad, el ideal para mí era seguir pintando lo más posible, luego vino la fantasía del éxito y ahora volví a lo original. Mi victoria es poder seguir pintando lo más que pueda.