• 18 mayo, 2010


La dimensión de servicio inherente al conocimiento está muy poco valorada, lo que es un error, dado que es propia del trabajo del hombre y su razón más profunda de ser.


En ciertas épocas del año aparecen noticias que denuncian la falta de médicos con ciertas especialidades, profesores y profesionales de las más diversas índoles para atender las necesidades de la población.

La verdad es que seguirá aconteciendo aquello y siempre serán los pobres los que se verán más afectados por estas carencias. La razón, en mi opinión, es que el trabajo, la profesión; en definitiva, la acción del hombre en el mundo está cada vez más vaciada de su significado más profundo.

Me atrevo a decir que cada vez más las destrezas, habilidades, competencias y talentos de una persona se han convertido en una mercancía que se transa en el mercado. No es casualidad que los profesionales más competentes y con más estudios estén desarrollando sus actividades profesionales en los sectores más acomodados de la población.

Es un tema complejo, que –sin duda– más que de índole económica o política, es de orden ético y hunde sus raíces en una concepción estrecha de lo que significa ser un humano y trabajar. El trabajo es, sin duda alguna, el medio por el cual obtenemos los bienes y servicios que necesitamos para vivir. Y cómo quisiera que todos tuvieran lo suficiente. Pero también el trabajo tiene una dimensión de servicio inherente a él. De hecho, el trabajo es un modo privilegiado para crecer como persona y, al mismo tiempo, para hacer crecer como personas a los demás. El trabajo es fuente de humanización y forma privilegiada de amar y servir. Lamentablemente, la dimensión económica prevalece por sobre la ética del trabajo que la vincula al servicio. No está internalizada la idea de que sobre el conocimiento grava una hipoteca social y es inaceptable que mientras en ciertos sectores de la población haya abundancia de médicos, profesores de excelencia y otros profesionales, en otros sectores brillen por su ausencia. Ese es el tema que no resuelve el mercado, con la ley de la oferta y la demanda, con el incremento de impuestos ni con el aumento de número de universidades y de vacantes, sino que requiere una nueva ética: la de la virtud y de comprenderse como un “ser para los demás”.

La verdad es que este proyecto tiene la pista difícil, dado que la educación en Chile está más centrada en competir que en compartir y, en este contexto, se comprenden las habilidades recibidas más como instrumentos para obtener mayores recursos económicos que como posibilidades de estar al servicio de los demás.

No estoy diciendo que el esfuerzo, el tesón y la perseverancia no deban ser adecuadamente remunerados y valorados. Estoy diciendo que la dimensión de servicio inherente al conocimiento está muy poco valorada. Lo cual es un error, dado que es una dimensión propia del trabajo del hombre y su razón más profunda de ser.

Invito a que hagamos un estudio respecto de las expectativas profesionales de los alumnos que ingresan a las universidades y de los que egresan. Nos llevaremos sorpresas. Prima el interés personal por sobre el bien común en un buen número de ellos. Pareciera que la pregunta ¿de qué voy a vivir? prevalece con creces sobre el ¿para qué voy a vivir? Es decir, la pregunta por el sentido de la vida.

La superación de la pobreza requiere políticas públicas adecuadas, por cierto, pero no calarán en la sociedad si al mismo tiempo no formamos una buena cantidad de profesionales que tengan marcado a fuego que sus conocimientos y habilidades adquieren plenitud humana y sentido en la medida en que sean para los demás; especialmente, para los más necesitados. La superación de la pobreza implica, en primer lugar, superar nuestro propio egoísmo, nuestra propia desidia y nuestros propios temores. Un mundo más amable no es el que tiene una buena organización vial, social y administrativa, sino aquel que surge de personas que ven bondad en el entorno. Y ello sólo es posible con hombres buenos.

Esto nos lleva a reflexionar acerca del sentido que atribuimos a las cosas materiales. Muchas veces constituyen verdaderos pasaportes para ser considerados en ciertos círculos antes que meros instrumentos para el fin último del hombre, como es la felicidad. Difícil es comprender armarios llenos de ropa que no se usa; cuentas bancarias llenas de dinero que no necesitamos y nunca vamos a necesitar y que siguen allí sólo para experimentar la sensación de seguridad que el dinero podría darnos. Lujos desmedidos y ostentación, mientras a pocas cuadras de nuestros hogares, e incluso en nuestra propia familia, hay personas a las que con dificultad les alcanza para comer o educar a sus hijos. Ni qué hablar de las ingentes sumas de dinero que se gastan (no se invierten) en cirugías estéticas absolutamente superfluas que, por lo demás, son una mera ilusión de juventud y belleza.

Estos son los temas de fondo que van a marcar el rumbo del país. ¿Vamos a educar en el egoísmo o en la solidaridad? ¿Vamos a educar para que las personas comprendan el bien que significa estudiar para servirse a sí mismas o para servir a los demás? ¿Vamos a construir una sociedad donde el bien común prime por sobre el bien individual? Las respuestas a estas preguntas marcarán el rumbo de la sociedad en un sentido u otro y determinarán si viviremos encerrados en nuestras casas, asustados de los demás, llenos de rejas, cercas eléctricas y alambres de púas, o confiados en los demás. Les propongo que analicen estos temas con sus hijos. Vean cuáles son sus motivaciones de fondo y también lo revisen respecto a sus propias actitudes y temas de conversación: qué están inculcando como proyecto de vida. Puede ser un ejercicio familiar duro, por cierto, pero más necesario que nunca si realmente estamos convencidos de que una sociedad nueva sólo es posible con hombre nuevos: empezando por mí mismo y también por usted.