Paolo Colonnello cuenta los planes de desarrollo para su exitosa red de comunidades en Internet, sin nada que envidiarle a Facebook o Twitter

  • 28 octubre, 2009

 

Paolo Colonnello se moja por lo que cree. Acaba de lanzar a nivel regional Bligoo, una metacomunidad online con la que se apresta a cambiar el mundo. Por Federico Willoughby Olivos; Foto, Veronica Ortiz.

¿Puede un chileno ser el próximo Bill Gates? ¿Puede un tipo que estudió ingeniería en la Universidad de Santiago hacer un negocio que termine facturando billones de dólares? ¿Puede una oficina en Las Condes poner nerviosos a los tipos que dirigen el mundo desde Silicon Valley? Obvio que sí. Todavía no pasa, pero cuando pase, seguro que ese chileno será Paolo Colonnello, que el negocio será su empresa Blue Company y que todo lo dirigirá desde su oficina. Y cuando todo esto pase, le puedo asegurar que Paolo no se sorprenderá en lo más mínimo. “Cuando partí con Blue Company no quería ser una empresa de tecnología más; tampoco quería ser una consultora. Mira, yo no estaba para ganar un sueldo, sino para construir una épica, para cambiar el mundo desde Chile”, relata el propio Colonnello frente a una pizarra llena de fórmulas, cifras y flujos.

Pero… momento. ¿Quién es Paolo Colonnello? ¿Qué es Blue Company? Y, más importante: ¿por qué podría él desde Chile cambiar el mundo? Lo cierto es que las respuestas a estas preguntas empezaron hace 14 años, específicamente cuando Paolo, todavía estudiante de Ingeniería, descubría la Internet. Y ojo, cuando hablamos de la Internet de 1995 estamos hablando de un engendro informático que sí, era la red de computadores más poderosa del planeta, pero también era un medio donde la web no existía, donde no se navegaba, sino que se programaba y que, de comercial, no tenía nada.

No obstante, Colonnello supo que algo venía, que una red que conectaba al globo entero en cosa de segundos no podía, ni debía, ser tomada a la ligera. “Armé con compañeros de universidad una empresa que se llamaba Dasein, que es un término que empleaba Heidegger y que significa arrojo. Básicamente, nos dedicábamos a diseñar páginas web. Fuimos de los primeros en Chile y en poco tiempo teníamos como clientes a BellSouth, Renta Nacional y el sitio del Zoológico. Y si bien no nos llenamos los bolsillos, igual nos pagábamos los sueldos con holgura”, agrega.

Después de un rato, la empresa se disolvió, Colonnello terminó sus estudios y fue rápidamente contratado por la multinacional Bussiness Design Association (BDA). Corría el año 99, el mundo vivía la burbuja de las puntocom y Colonnello partía a San Francisco a trabajar y, de paso, a conocer de primera fuente un mundo donde los bytes valían oro. “Era impresionante, estaba en una ciudad donde todo estaba pasando, donde había ideas, ganas y mucha, pero mucha plata”.

Lamentablemente para él, BDA fue comprada por una empresa irlandesa que, viendo la capacidad de nuestro protagonista, le ofreció rápidamente un trabajo en tierras celtas, lo que desestimó. “Quería hacer cosas en Chile, volví lleno de ideas y, pese a que la euforia de las puntocom empezaba a decaer, agarré una idea, armé un plan de negocios y junté un millón de dólares en capital”. Su idea se llamaba Estaok.com y, en palabras de su creador, era “un B2B colaborativo” que –finalmente– no resultó por depender de una tecnología norteamericana muy cara y porque tampoco levantó suficientes clientes. Así, para 2001 Paolo Colonnello cerraba la cortina de su segundo emprendimiento.

Pero claro, sus genes italianos deben haber instalado algo de tozudez en su ADN, porque no pasó un año antes de que volviera a la carga. Esta vez, con Blue Company, una empresa que armó junto a Alvaro Portugal. Un emprendimiento que se definió en sus inicios como “bootstrapping”; es decir, uno que no va necesitar nunca tener que reunir capital para financiarse, ya que obligatoriamente va a desarrollarse de la mano de las ventas. De hecho, el modelo de negocios se funda en crecer sin deudas y de la mano de los clientes. Que no es otra cosa que la vieja, pero efectiva, filosofía de “peso vendido, peso gastado”.

El primer producto de Blue Company se llamó Blue Cricket y era un programa de correo colaborativo. “Estructuraba los flujos de trabajo y pretendía mejorar la comunicación y los procesos en las empresas”, recuerda Colonnello. “El programa era de código abierto. O sea, la base del negocio era cobrar por el soporte, el problema es que si bien Blue Cricket funcionaba perfecto, más que nada ponía en evidencia los problemas en las organizaciones y así éstas terminaban llamando a otras empresas para que los asesoraran en mejorar los problemas que nuestro software había detectado”.

El segundo intento de la firma fue Blue Box. Y esta vez también involucraba hardware. Se trataba nada menos que de una caja diseñada y fabricada por ellos y que convertía a cualquier pantalla (monitor o televisor) en un computador. Uno, simplemente, conectaba la pequeña caja y podía acceder a sus programas y archivos que permanecían guardados en Internet. Era el año 2004 y Colonnello ya vendía la nube, una tecnología que años después empresas como Amazon y Google empezaron a comercializar y que actualmente es considerada el futuro absoluto de la informática.

Pero, ¿qué pasó? ¿Por qué nunca supimos de Blue Box? ¿Por qué Blue Company no apareció en el ranking de Forbes 500? “No era un negocio para una compañía como nosotros. Las cajas las mandábamos a hacer a India y a China y nos dejaban muy poco margen. Además, tratamos de vender el servicio, pero nadie nos tomó en cuenta. A los ejecutivos les encantaba el producto, pero siempre topábamos en las mismas preguntas: ‘¿En qué en otro país se usa? ¿Es importado?’. Y cuando les decíamos que era nuestro, que lo habíamos diseñado aquí, que la idea era nuestra, dudaban. Ahí nos quedó claro que en Chile se puede innovar, pero siempre y cuando sea un innovación probada”, puntualiza Colonnello.

Conscientes de que no era el tiempo para Blue Box, decidieron hacer otro intento. Esta vez con Bligoo, un sitio web que permite formar comunidades en Internet y que lanzaron en 2007. El servicio funciona como una plataforma de blogs, pero tiene una serie de herramientas que promueven el desarrollo de las comunidades (algo muy cercano a lo hace en Estados Unidos Ning.com, que el año pasado acumuló cerca de 500 millones de dólares en capital). Apenas inaugurado, el servicio se posicionó rápidamente como uno de los sitios favoritos de la comunidad bloguera hispanoamericana y en poco tiempo se ha establecido como el cuartel de más 20 mil comunidades y más 200 mil usuarios inscritos. “Al mes tenemos cerca de 5 millones de visitas únicas. Lo que no es malo, si consideras que nuestra promoción ha sido básicamente de boca en boca y muy centrada en Chile”, aclara Colonnello.

No lo refutamos: la cifra de visitas es buena y mantiene el negocio. Pero para un tipo que quiere cambiar el mundo obviamente no es suficiente. Por eso, el 12 de octubre lanzaron versiones de Bligoo en tres idiomas y desarrolladas especialmente para Argentina, Colombia, Brasil, México, España y Estados Unidos. “Apostamos al mundo hispano y estamos seguros de que podemos entregar un servicio que sirva a toda la región. Notamos que muchas de las comunidades de Bligoo tienen un foco de cambio social. Están Santiago Hermoso, que se trata de reencantar a la gente con la ciudad, o Casa Grande, un colectivo de poetas que hace poco bombardeó con poemas a Varsovia”, cuenta Colonnello. Y sigue: “por eso, nuestra estrategia de crecimiento, además de entregar herramientas que funcionan y son útiles, es acercarnos a las ONG. Ellas ya tienen una base de seguidores y se pueden beneficiar de nuestros servicios”.

¿Y el futuro? “Lo que sigue es aumentar nuestro tráfico, de manera que la mitad sea de Chile y la otra mitad provenga del resto del mundo. Para 2011 tenemos como meta aumentar en 20 veces nuestro tráfico”, proyecta Colonnello, mientras revisa las fórmulas de la pizarra, la misma en la que tiene anotado cómo va conquistar el mundo.