El imponente libro de Ian Kershaw Hitler. Una biografía –uno de los trabajos más completos sobre el dictador nazi– se publica en un tomo de 1.322 páginas en una versión corregida por el autor. En el análisis del historiador inglés, sobresale su visión de cómo el desprecio de la clase dirigente, la banalidad de las autoridades y la indiferencia del sistema político permitieron el ascenso de Hitler a poder total. Por Alejandro San Francisco

  • 28 julio, 2011

 

El imponente libro de Ian Kershaw Hitler. Una biografía –uno de los trabajos más completos sobre el dictador nazi– se publica en un tomo de 1.322 páginas en una versión corregida por el autor. En el análisis del historiador inglés, sobresale su visión de cómo el desprecio de la clase dirigente, la banalidad de las autoridades y la indiferencia del sistema político permitieron el ascenso de Hitler a poder total. Por Alejandro San Francisco

 

 

Siempre es un problema historiográfico tratar de comprender cómo y por qué suceden las cosas. ¿Qué es más importante: las ideas que mueven a un pueblo o a una generación? ¿Las estructuras que forman una sociedad? ¿Las personas que dirigen un país, lideran un ejército o un movimiento social? El siglo XX, dramático como pocos, una “era de los extremos” en palabras de Eric Hobsbawn, es la centuria en la que el mundo pudo llegar a su fin. Si el siglo XIX había sido el de la ilusión del progreso y los avances de la ciencia, la primera guerra mundial, cuyo estallido se produjo en 1914, demostró que se podía volver atrás, sufrir lo indecible y poner a la humanidad al borde de su autodestrucción. ¿Culpa de los líderes, de las ideas o de las estructuras que modelaban el mundo?

Es en ese contexto donde surge, se desarrolla y muere la figura de Adolf Hitler. En la centuria de las guerras mundiales y los genocidios, su sombra se levanta con una permanente necesidad de explicación, y la casi certeza de que toda respuesta será insuficiente. El problema no es exclusivo de él, y probablemente aqueja a todos los líderes de su tiempo (Lenin, Stalin, Churchill, Mussolini), así como también a los que marcaron el fin de la guerra fría (Reagan, Thatcher, Juan Pablo II, Gorbachov).

Relatar la vida de Hitler, comprender su figura y tratar de entender su momento histórico es el desafío que emprende –con abundancia de fuentes y bibliografía actualizada– el historiador británico Ian Kershaw (1943, profesor de Historia Moderna de la Universidad de Sheffield). Se trata de la última gran biografía del líder del Tercer Reich; obra completísima, verdaderamente monumental, que reúne en un volumen de más de mil páginas una vida intensa que cambió la historia de Europa y del mundo para siempre.

Estando en la cárcel, Hitler decidió escribir su famosa obra Mi lucha, en la que desarrolló los aspectos centrales del pensamiento nacional socialista. Ahí resumió la idea de la raza superior (“El objetivo por el cual tenemos que luchar es el de asegurar la existencia y el incremento de nuestra raza y de nuestro pueblo”); un antisemitismo fundamental (“La antípoda del ario es el judío… El judío fue siempre un parásito en el organismo nacional de otros pueblos”); el anticomunismo y la necesidad de conquistar los territorios del Este para Alemania. En la cárcel de Landsberg, asegura Kershaw, “Hitler consolidó en su interior y racionalizó para sí la ‘visión del mundo’ que había estado elaborando desde 1919”.

El paso siguiente sería difundir su ideario, avanzar políticamente, organizar un partido de gente convencida y activa y después avanzar hacia la obtención y consolidación del poder. Hay pocos políticos que hayan demostrado más decisión, tenacidad e incluso obsesión para alcanzar los objetivos propuestos.

El caudillo popular

Si Hitler llegó al poder fue, al menos en parte, por el desprecio que sufrió desde el sector dirigente en Alemania. Nadie creyó en el fogoso pero marginal líder nacionalista, cuya única gracia parecía ser una oratoria atrayente aunque poco pulida conceptualmente. En 1919 Alemania se había organizado en una república, fórmula novedosa que procuraba una democracia parlamentaria, como alternativa a las monarquías del pasado y distinta también del comunismo recién instaurado en Rusia.

Pero el hombre que sacó fuerzas tras la derrota en la primera guerra mundial, que intentó un fallido golpe contra la República de Weimar y que escribió en la cárcel un manual racista de dudosa calidad, con los años no se dejó llevar por los malos resultados electorales ni las dificultades de otro tipo que se le presentaron. Tenaz como pocos, siguió adelante a pesar de las derrotas y las burlas.

El Partido Nacional Socialista fue creciendo, Hitler llegó a ser su figura dominante. El régimen político nunca logró prestigiarse y contó con enemigos despiadados, como fueron los nazis y los comunistas. Estos últimos, por ejemplo, dedicaron gran parte de su esfuerzo a combatir a los socialdemócratas y al propio sistema parlamentario, aunque Kershaw no asigna gran importancia a este punto, decisivo para la ruptura del sistema político y para la llegada de Hitler al poder.

Efectivamente, tras la crisis económica de 1929 y sus repercusiones en Alemania, la situación se agravó y se formó un nuevo escenario, donde destacaban los 6 millones de desempleados, un verdadero caldo de cultivo para las posiciones más extremas. Así, el nazismo creció de los 810 mil votos de 1928 a seis millones dos años después y a la friolera de 13 millones 700 mil en 1932. Estaba a las puertas del poder, pero no para aceptar puestos subalternos: era el gobierno o nada.

El 30 de enero de 1933, el líder de los nacional socialistas asumió como jefe de gobierno. “Hitler es el canciller del Reich. Es como un cuento de hadas”, se ufanó Goebbels, el gran propagandista del nuevo gobernante. Al respecto, Kershaw señala dos cosas muy interesantes en su análisis de 1933:

a) El ascenso al poder de Hitler no era inevitable, pero la pusilanimidad de las autoridades y los vacíos del sistema le abrieron las puertas a la toma del poder.

b) En Alemania se renunció a la democracia sin haber luchado por ella. Los partidos, las masas, los sectores dirigentes permitieron las condiciones de la crisis del sistema.

Hacia el genocidio

Los primeros perseguidos fueron los comunistas, no los judíos. Pero con el paso de los años se produjo una verdadera escalada de persecución hacia los enemigos máximos de Hitler, que conformaban su obsesión ideológica. Primero fue un sentimiento interno, luego la difusión del odio antisemita a través de la prensa y los discursos; después, los abusos de algunos grupos aislados una vez que Hitler estuvo en el gobierno.

Las leyes de Nuremberg de 1935 marcaron un punto de inflexión, al fijar claramente ciertas restricciones a los judíos, limitar sus derechos y convertirlos en parias sociales. La situación se agravó con las persecuciones de hecho, como la famosa noche de los cristales rotos, en noviembre de 1938. Sin embargo, nada de eso hacía suponer dónde y cómo terminaría la historia, hasta que el propio Hitler hizo un anuncio feroz, el 30 de enero de 1939, mientras celebraba un nuevo aniversario de la llegada al poder:

“He sido muchas veces en mi vida un profeta y la mayoría se burló. En la época de mi lucha por el poder el pueblo judío fue el primero en acoger sólo con risas mis profecías de que algún día ocuparía la jefatura del Estado y de todo el pueblo de Alemania y de que después, entre otras cosas, solucionaría el problema judío. Creo que aquella risa sardónica de los judíos de Alemania se les ha debido atragantar. Hoy quiero ser un profeta de nuevo: si la judería financiera internacional dentro y fuera de Europa consiguiera precipitar a las naciones una vez más a una guerra mundial, el resultado no será la bolchevización de la tierra y, por ende, la victoria de la judería, ¡sino la aniquilación de la raza judía en Europa!”

A comienzos de septiembre Hitler comenzó la segunda guerra mundial, con la invasión de Polonia, con lo que se iniciaba la última etapa de su vida, y también “el cumplimiento de la profecía”, analizado con detención por el autor de la biografía. En ese esfuerzo se mezclaba el combate al “judeobolchevismo” como objetivo central, que incluía la invasión de Rusia, su aliado tras el pacto Ribbentrop- Molotov en 1939.

A medida que los alemanes avanzaban hacia el este y conquistaban territorios y países, también comenzaron las persecuciones y matanzas contra los judíos de esas zonas. Después vendría el genocidio, en el que la responsabilidad de Hitler es incuestionable. Goebbels, una vez más, resumía la situación sin contemplaciones: “La guerra mundial está ahí. La aniquilación de los judíos debe ser la consecuencia necesaria”. El resultado es suficientemente conocido: la muerte de millones de judíos en los campos de concentración y de exterminio y, con esas muertes, la mayor vergüenza del nacionalsocialismo y de su führer, Adolf Hitler.

La soledad del bunker

Como en todos los procesos históricos, no es lo mismo planificar cada paso que lograr cada objetivo. La victoria y la derrota tienen, en las guerras y en la política, caminos misteriosos que dependen de circunstancias especiales, pequeños y grandes errores o aciertos decisivos. Hitler, el político exitoso de 1933, el rápido vencedor de 1939, el conquistador implacable de Francia, Bélgica y Holanda, se transformaría rápidamente en un líder confuso, que cosecharía derrotas sucesivas (partiendo por los desastres en territorio soviético), que marcarían el comienzo del fin. El resto sería retroceder, vivir la decadencia del poder, el alejamiento de algunos partidarios y la repetición de errores militares por parte del propio Hitler.

1945 fue un año triste para el dictador y su sueño de mil años de un poderoso Reich. Cada mes, semana a semana, se informaba de los descalabros de sus tropas, las derrotas, la carencia de material bélico, las muertes de sus soldados y, en definitiva, el fracaso general de su proyecto político y militar. Uno de los últimos capítulos de la biografía, titulado Extinción, se refiere a los días finales del führer, narrado también en autobiografías (Bernd Freytag von Loringhoven), películas (La caída) y los numerosos trabajos que pretenden dar a conocer y explicar lo que sucedió en el bunker de Berlín, donde permaneció Hitler con algunos de sus más leales colaboradores y quien sería su mujer, Eva Braun.

Ahí “celebró” sin entusiasmo su último cumpleaños, ahí dio sus últimas órdenes erráticas y desobedecidas, ahí sufrió las despedidas de algunos amigos y lamentó los fracasos de sus soldados. Ahí recibió las noticias de la invasión de la ciudad por parte de las tropas rusas, ahí contrajo matrimonio, explotó en numerosas ocasiones acusando traiciones, deslealtad e incompetencia, en medio de patéticas explosiones de carácter.

Hitler decidió suicidarse junto a su mujer: “No deseo caer en las manos de enemigos que, para divertir a sus masas excitadas, necesitarán un espectáculo organizado por judíos”, fue una de sus últimas reflexiones. Su Testamento Político también tuvo el tradicional y odioso discurso antisemita, culpando a la judería internacional –“envenenador universal de todos los pueblos”– de ser la verdadera responsable de haber provocado la guerra.

El 30 de abril fue el último día de Hitler; luego, su cuerpo fue incinerado de acuerdo a sus propias órdenes. Con su muerte terminaba también el experimento comenzado como reacción a la derrota de la primera guerra mundial. El precio fue terrible e inimaginable.

En las páginas finales, Kershaw resume asertivamente que Hitler fue el responsable principal de haber provocado la guerra y el inspirador del genocidio. Por lo mismo, había sido el instigador del “desmoronamiento más profundo de la civilización en los tiempos modernos”. La biografía de Ian Kershaw intenta hacer inteligible históricamente al jerarca nazi, a pesar de las dificultades evidentes e insolubles para entender las cosas del tantas veces incomprensible siglo XX.