La última novela de John Fante, Llenos de vida, es una comedia negra sobre los valores de la familia. POR MARCELO SOTO

  • 27 junio, 2008

La última novela de John Fante, Llenos de vida, es una comedia negra sobre los valores de la familia POR MARCELO SOTO

La vida de John Fante (1909-1983) es digna de Hollywood. Nació en una familia pobre de inmigrantes italianos, se dedicó a escribir con una convicción inaudita, con rabia y descaro, adelantándose a su época; por consiguiente pocos lo leyeron y trabajó como guionista para ganarse el sustento, pero ninguna de las películas en que participó se recuerda hoy, salvo un par de títulos menores.

Los últimos años los pasó enfermo de diabetes, ciego e inválido, y murió sin que nadie dijese nada, tal como en el poema de Pezoa Véliz. Después de fallecido, sus libros lograron éxito y reconocimiento, gracias en buena medida a Charles Bukowski, quien lo calificó de maestro. Se convirtió en autor de culto y recibió todos los honores que le fueron esquivos mientras vivió.

Lo anterior es parte de la leyenda –provechosamente difundida por la industria editorial que ahora lo ensalza–, pero fuera de eso estamos en presencia de una voz singular, de un escritor de puños cerrados, que golpea la mesa y desordena los platos, haciendo que la cena se convierta en parranda.

Su último libro, Llenos de vida, recién publicado en español, representa un momento clave en su trayectoria, pues luego de escribirlo, en 1958, abandonó la literatura y se dedicó al cine, aparentemente insatisfecho por las pobres ventas de sus novelas. Pero este dato estadístico es menor comparado con el giro valórico que se observa en el relato, donde el autor defi ende el matrimonio, rechaza el aborto y se abre al catolicismo. El protagonista, llamado John Fante, ha escrito tres novelas sin pena ni gloria y ahora trabaja como guionista en Los Angeles, mientras su mujer espera al primer hijo y se acerca a Dios.

Fante intenta rebelarse ante los buenos sentimientos de la paternidad y la religión, pero finalmente se deja arrastrar por la corriente. Si bien algún lector podría pensar que se trata de una parodia, no hay cinismo en esta doble conversión, que en el fondo es una sola. Particularmente notable es la segunda sección de la novela, donde el escritor se reencuentra con su progenitor, un albañil italiano desesperado por convertirse en abuelo. La descripción de Fante posee partes iguales de humor negro y sentimentalismo. El resultado es como beber un vaso de whisky de un tirón.

Quizá toda la obra de Fante –de quien hace poco se llevó al cine Pregúntenle al polvo– pueda resumirse en el siguiente episodio: el padre del protagonista le ha pedido que escriba la historia de un tío aventurero, para mostrársela al futuro nieto. Fante se niega y el viejo se echa a morir, ante lo cual el hijo se ve obligado a obedecer y pasa la noche llevando al papel las estrambóticas anécdotas familiares. Y así es el desenlace:

“Bajé a las doce del día siguiente. Lo llevaba bajo el brazo, veinte excelentes páginas sobre un bandolero italiano, un héroe de pelo rojo. Vi a mi padre en el comedor. Había extendido un papel de dibujo en la mesa y trabajaba con mucha atención con un lápiz y una regla.

-Aquí está, papá. La historia del tío Mingo.

La puse encima del papel de dibujo. Recogió las cuartillas y me las devolvió.

-Guárdala para el chico.

-¿No quieres leerla?

-¿Para qué quiero leerla? Por Dios, muchacho. La he vivido”.