El cierre de la tradicional sala Tobalaba en Providencia señala el fin de un capítulo en la historia cultural de Santiago. Pero otros recintos, como el Normandie, El Biógrafo y el Alameda, demuestran que la fórmula aún no tiene fecha de extinción. ¿Qué los mantiene vivos en estos tiempos de multicines, súper producciones y pop corn?

  • 17 noviembre, 2011

 

El cierre de la tradicional sala Tobalaba en Providencia señala el fin de un capítulo en la historia cultural de Santiago. Pero otros recintos, como el Normandie, El Biógrafo y el Alameda, demuestran que la fórmula aún no tiene fecha de extinción. ¿Qué los mantiene vivos en estos tiempos de multicines, súper producciones y pop corn? Por María José Salas; fotos, Verónica Ortíz.

 

Los Prisioneros le dedicaron una canción. Vives amando el cine arte del Normandie, lanzaba un sarcástico Jorge González para burlarse de intelectuales, cinéfilos y todo aquel mundillo que hizo de esa sala en plena Alameda un icono de la cultura santiaguina. Un lugar que en sus mejores tiempos –fines de los 80 y principios de los 90– podía congregar a filas de gente esperando entrar, por ejemplo, a una función nocturna de Bird, de Clint Eastwood, con tocata de jazz incluida, o mantener durante semanas a tablero vuelto Perros de la calle, de Tarantino o El joven manos de tijeras, de Tim Burton.

Si el Normandie era el mejor lugar para ser visto, un sitio al que llegaban por igual posmodernos, “progres” y otras tribus urbanas, el Espaciocal en Vitacura o el Tobalaba en Providencia tenían ambientes más tranquilos, más adultos y menos dependientes de las modas cinéfilas. Venciendo los constantes pronósticos de cierre, estos cines de barrio se negaban a morir cada año, pese al arribo de los complejos modernos, con múltiples salas dedicadas a las superproducciones de Hollywood y una amplia oferta de combos de comida rápida, cabritas y hot dogs.

Todavía muchos de estos locales –remozados o trasladados a otros sectores de la ciudad– siguen sin bajar el telón, manteniendo en alto la bandera del cine arte, pese a lo confusa que puede ser la etiqueta. ¿Cómo han logrado sobrevivir durante tanto tiempo? ¿Quiénes conforman su público, escaso pero, al parecer, cautivo? ¿De qué material están hechos sus pequeños éxitos y rituales? Son preguntas que intentamos pesquisar, justo cuando uno de sus establecimientos más recordados, el Tobalaba, acaba de anunciar su defunción.

Pese al gusto amargo que deja el cierre de este lugar, ubicado en una vieja y hermosa galería de Providencia, el futuro para otros, como El Biógrafo, Alameda y Normandie, no se ve tan oscuro, aun cuando las cifras de público de este tipo de lugares no se compara con las que logran las cadenas masivas. Si Hoyts vende en Chile seis millones de entradas al año, las mencionadas expenden ciento cincuenta mil, aproximadamente. Para los encargados de estas salas, que se ven a sí mismos como obreros del séptimo arte, aún está la idea de que el negocio puede mantenerse, siempre y cuando no se descuide el nivel de las cintas exhibidas y se aprovechen las nuevas tecnologías para abaratar costos.

Tobalaba: the end

“Cine y Arte Tobalaba deja de funcionar en este recinto. Agradecemos su presencia durante este periodo. Esperamos muy pronto estar de nuevo con ustedes presentando el Road Movie Tobalaba, un nuevo concepto cinematográfico. Hasta pronto”. Esa es la breve despedida que está pegada, desde hace un par de semanas en el vidrio de la boletería del cine, que silenciosamente se despide de su barrio y de la Galería Providencia, donde se ubicaba desde hace cuatro décadas. El Tobalaba tuvo su época de oro entre los 80 y principios de los 90, cuando era una alternativa familiar más del sector, junto a los cines Pedro de Valdivia y Las Lilas, también desaparecidos. De a poco se fue transformando en una meca de cinéfilos, que hasta sus últimos días lo visitaban.

Una de ellas es la periodista Paola Doberti, quien lo define como una especie de “gueto, un lugar donde los que estaban ahí estaban en la misma que tú. Sabías a lo que ibas y la gente se repetía”. Por eso, valora el concepto de un cine de barrio. “Poder salir y caminar por la calle comentando la película es distinto a salir a un patio de comidas de un mall. Aquí te evitabas todo eso. Una sanidad mental que está unida al tipo de películas que proyectaban”. Sin embargo, no todo era positivo. La periodista recuerda que “tenías que buscar un asiento que no se cayera. Era una sala fría, donde ponían estufas a gas para que no te congelaras”.

Para Paulina Paulsen, gerente de Inversiones de El Roble, empresa encargada hasta la semana pasada de administrar el recinto, el cierre pudo haberse evitado. “Cuando nosotros tomamos el cine, hace siete años, avanzamos de menos a más. El problema económico fue un tema que se arrastró por muchos años, en los que nunca se logró un acuerdo con el antiguo dueño”. Según la versión de Paulsen, ellos compraron la sala hace siete años, pero el anterior propietario se quedó con una parte e instaló un bar. Las deudas de este último se acumularon y fue imposible llegar a un acuerdo para salvar el lugar.

Es por eso que quieren dar vuelta la página y emprender un nuevo proyecto: Road Movie Tobalaba. Un cine itinerante que recorrerá Chile. “La idea es comenzar en Santiago con funciones en la mañana para los colegios y en la tarde para todo público. Tenemos muchas películas con contenido que queremos mostrar, ciudad tras ciudad, pero no hemos logrado empezar por el conflicto estudiantil. Esperamos debutar en marzo de 2012”.

El Biógrafo: alma de barrio

Ubicado en el corazón de Lastarria, El Biógrafo tiene un estilo de cine francés que enorgullece a sus dueños, la empresa TransEuropa Films. Fue construido en los 80 por un grupo de publicistas que buscaba un espacio para las buenas películas, especialmente europeas e independientes.

TransEuropa adquirió el inmueble en 1994. Su actual gerente, Daniel Scrigna, cuenta que “el cine estaba en pésimas condiciones, pero cuando estudiamos los planos, nos dimos cuenta de que era un trabajo arquitectónico formidable, muy bien pensado. Entonces optamos por remodelar la sala, transparentarla hacía la calle, actualizar la imagen y el sonido. Hacerla más confortable”.

Para ellos El Biógrafo no es una inversión más. “No hay un espíritu de maximizar las ganancias, aunque te parezca increíble. Somos una distribuidora de cine de origen argentino, con muchos años en Chile. Trabajamos con todas las cadenas del país, pero El Biógrafo es algo especial, quizás el más pequeño de nuestros negocios”. Y aunque es un enorme esfuerzo mantenerlo y darle continuidad, no da pérdidas y tiene una rentabilidad razonable para lo que es. Recibe un promedio mensual de tres mil quinientos espectadores, con un valor de entrada general de tres mil pesos”.

Pedro Villarroel es el administrador que se encarga de que el cine ande. Cambia las ampolletas que ya no funcionan y pone en marcha la máquina de proyecciones a la hora exacta. Él cree que la razón por la que El Biógrafo aún existe es la ubicación: “nuestra sala está en la calle y no en una calle cualquiera, sino que en Lastarria, que es muy turística y siempre está repleta de gente”. Un barrio, sin ir más lejos, por el que se ha visto pasear a la cantante islandesa Björk o al actor Michael Cera, de Juno y Supercool.

Lorenzo López, acomodador del cine por ya doce años, cuenta que “aquí llegan personas de todos lados, desde Sebastián Piñera, cuando no era presidente, hasta Nicole y Sergio Lagos, que vivían al lado. La periodista Consuelo Saavedra, el ex general del Ejército,Juan Emilio Cheyre son otros habituales”.

Para Scrigna, la selección de películas es fundamental: “la programación se hace con más de un año de anticipación. Conocemos a nuestro público, porque tiene un denominador común, cualquiera sea su edad o nivel socioeconómico, que es un interés intelectual. A veces exhibimos películas que no son rentables, pero que nuestros clientes quieren ver”. Agrega que están a poco de inaugurar el Café del Biógrafo, “que espero tenga sinergia con el cine. Está casi listo, después de cinco años de remodelación”.

Y por ese público es que son tajantes a la hora de poner las reglas. “No se puede masticar en un film de Eric Rohmer, no se puede ser irrespetuoso con los silencios de Kiéslovsky o Wong Kar Wai. No queremos mayonesa en las butacas. Nuestro público se molesta si se desenvuelven dulces o suenan celulares. Tuvimos que sacar la máquina de bebidas, por el ruido de las botellas al caer”, enfatiza Scrigna.

Alameda: epicentro multicultural

A pocas cuadras del obelisco de Plaza Italia, las puertas del Cine Arte Alameda son reconocibles por los variados carteles que siempre anuncian alguna película o el recital de una banda. Música, ferias de diseño, clases de circo y un café son las alternativas que le permiten seguir andando. Roser Fort, directora del espacio, explica que para mantener al cine como negocio crearon la distribuidora Gitano Films. “Este proyecto nos permite comprar películas y no tener que pagarle un peso a nadie por exhibirlas. Ahora tenemos Behind the wall, que es un documental sobre el disco de Pink Floyd”. Asegura que ha aumentado su audiencia, recibiendo en promedio tres mil quinientas personas al mes.

Fort agrega: “no nos interesa competir con el Hoyts. Sin embargo, hemos logrado un acuerdo con Movieland y con CineMundo para que a través de Gitano Films muestren nuestras películas. Ellos se han dado cuenta que su público exige algo más que estrenos masivos o para niños”.

Una buena noticia para el Alameda y los otros locales de este tipo, según adelanta Fort, es que se creará la Cámara Chilena Cinematográfica de Salas de Arte. “De esta manera se generará una entidad que trabaje por los derechos de estos cines, porque la Cámara Chilena Cinematográfica incluye sólo a las multisalas. Esto nos va a permitir postular a fondos y tener una presencia más potente como institución”, señala.

Normandie: el sobreviviente

Bajar en el metro Universidad de Chile y distraerse caminando por San Diego, que está llena de tiendas de libros viejos, apura la llegada a la calle Tarapacá, donde sus ferreterías y boliches aún mantienen la tipografía de los 80. A la distancia se reconoce el clásico cartel del Normandie, alargado y vertical.

Tarapacá 1181 es el lugar que desde hace dos décadas ocupa este cine y que en 2012 cumple 30 años de existencia. Antes estuvo donde hoy se encuentra el Alameda y allí fue un lugar clave de la movida ochentera. Su fachada, con puertas altas y marcos dorados, es la antesala de un espacio en el que películas como Nostalgia de la luz, de Patricio Guzmán, o Misterios de Lisboa, de Raúl Ruiz, fácilmente pasan cuatro semanas en cartelera. Reciben unos cuatro mil espectadores mensuales.

Para la directora del lugar, Mildred Doll, “el foco es llegar a un espectador que pueda sentarse en una butaca y tener todos sus sentidos puestos en la película. Acá privilegiamos cintas que nada tienen que ver con las de Hollywood, que están llenas de bombas y gritos. Porque si tu ves la película de Ruiz es pura imagen. Y como no vendemos cabritas, los sentidos del espectador están en la pantalla, no en lo que comen ni en los ruidos y olores”.

Justamente ese ambiente cinéfilo es el que atrae a muchos turistas. Brasileños, franceses y estadounidenses son llevados por agencias de viaje para visitar los rincones del Normandie, donde están apilados más de dos mil films en latas de 35 mm. Un lugar con historia. Las plateas alta y baja, recién remodeladas, con más de 700 butacas, han visto pasar a clientes como Hortensia Bussi de Allende, quien iba a ver películas hasta sus últimos días, y Patricio Aylwin, quien aún va con sus nietos y bisnietos. Una tradición que se niega a morir.

 

El infiltrado
Un proyecto que promete ampliar la oferta de séptimo arte en la capital es el de BF Cine Huérfanos, de los socios Matias Lira, Matias Cardone, Carlos Hensen y Steve Ashmore. “Nace con la idea de ser una multisala tradicional, pero con la visión de negocio que considera que una de sus salas sea para exhibir cine chileno”, cuenta Lira, director también de la película Drama.
Entre las novedades del lugar destaca una cápsula para dos personas donde se podrán ver cortometrajes nacionales. Totalmente gratis y único en el país. También habrá una suerte de museo de objetos del cine local. “Tenemos la bicicleta de Machuca, los monos de 31 Minutos, Tulio Triviño y Juan Carlos Bodoque, la guitarra que se usó en Violeta se fue a los cielos, de Andrés Wood, y varios objetos más”, cuenta Lira.
Los otros
Si en los 80, la oferta de buen cine se limitaba a unos pocos lugares, como el Francés de Cultura, hoy el panorama se ha ampliado, con nuevos y viejos conocidos.
Cineteca Nacional. Instalada desde 2006 en el Centro Cultural Palacio La Moneda, aporta con conservación, investigación y difusión. En estos días exhibirán cines indígena e italiano de los últimos tres años, como Vincere de Marco Bellocchio o La Pasione, de Carlo Mazzacurati. Plaza de la Ciudadanía 26, Santiago.
Matucana 100. Ofrece ciclos de directores como Woody Allen y Hitchcock. De septiembre a diciembre mostrará la filmografía completa de Akira Kurosawa, además del Festival de Cine B y Ciclos de TVN. Av. Matucana 100, Estación Central.
Cine UC. Funciona desde 1988 en el Centro de Extensión de la PUC. Su foco ha sido un cine que genere reflexión, junto a seminarios, mesas redondas y cursos. Av. Libertador Bernardo O`Higgins 390, Santiago.
L90. Desde 2009 Lastarria 90 tiene una sala de alta tecnología. Un proyecto es L90 Cine Digital, con el que produce y distribuye a nuevos cineastas. José Victorino Lastarria 90, Santiago.
Goethe Institut. Su cinemateca tiene más de 250 películas alemanas, desde filmes mudos de principio de siglo, hasta obras de Werner Herzog y los nuevos cineastas. Holanda 100, Providencia.