• 29 junio, 2010


Hoy, en el descampado en que está la renovación de la política, el ministro del Interior surge con un aplomo y un peso específicos que bien pueden asegurarle la ampliación de su campo de influencia.


Si Piñera es el inspirador, el dueño de la empresa –esto es, la persona con una visión capaz de movilizar a su gente para cumplirla de manera ubicua, a un ritmo sin pausa–, la figura que supo colocar a un grupo de especialistas dispuestos a bajar la línea, empoderados para imprimirle gestión e ideas al proyecto; entonces, Rodrigo Hinzpeter es el controller de la compañía, esa figura tan odiada, pero a la vez tan necesaria en las grandes corporaciones.

Trabajar para el dueño, esa es su misión, pero con el cuidado de mantener a todos los accionistas contentos. Actúa como un paraguas e impone los límites.

Pero en este caso, Hinzpeter, el controller, es quien privilegia la lógica de la representación amplia y pluralista de la ciudadanía. Si Piñera apela a sus orígenes DC para correr el cerco del centro, Hinzpeter va un poco más allá, y se abre espacio en el terreno de la legitimidad democrática.

A diferencia del presidente, su cargo no surge de la voluntad de las personas y, por tanto, no tiene una línea directa de representación. Pero su juego sí se inscribe en esa lógica, lo que se expresa en su esmero por alejarse de los tecnócratas puros. Su apuesta es resolver la orfandad “de políticos” que se le atribuye al gobierno –entre otros, lo hace Allamand– y superar el conflicto entre tecnócratas y políticos que se ha desatado en la Concertación. No es raro, entonces, que sus modelos sean Portales o la dupla Montt- Varas, y no sería aventurado decir que también lo es Insulza.

Su discurso frente a los desórdenes públicos o conflictos sociales va más allá de la tolerancia cero. Se entrevé una ideología más compleja, que él sabe desplegar cada vez que puede. En pocas palabras, su norte es evitar que grupos minoritarios alteren el orden que beneficia a las mayorías; evitar que los intereses corporativos prevalezcan sobre los de todos.

Muestra de este privilegio de la lógica de la mayoría es la frialdad con la que se peleó con el hermano del presidente cuando éste comparó a Allende con Hitler. Una demostración adicional de su pluralismo y desparpajo es su gusto por fotografiarse con el retrato del gobernante de la Unidad Popular. Tampoco ha tenido problemas para contradecir al presidente, su jefe, como ocurrió cuando dijo que el diario La Nación debía mantenerse, no para tener un diario de gobierno, sino para favorecer la diversidad de la oferta periodística.

Hoy, en el descampado en que está la renovación de la política, terreno en el que se pasean pingos de dudosa monta y que a la menor brisa son llevados por sus egos a praderas prestadas, Hinzpeter surge con un aplomo y un peso específicos que bien pueden asegurarle la ampliación de su campo de influencia.

Su sorpresivo talento político se lee bajo una matriz evidente: instalar a la centroderecha en la renovación y hacer un corte con el pasado. Así, su discurso político difiere claramente de la tesis del desalojo, de Allamand. Lo suyo no es sólo el acceso al poder –asunto que a la ciudadanía no le dice nada–, sino la legitimidad de la conducción del gobierno y, sobre todo, su proyección futura.

La nueva forma de gobernar: proyectar no sólo gestión, sino corte con las prácticas políticas del pasado. Es su forma de conectarse con la voluntad de las personas y es su fórmula para asegurar gobernabilidad.

Pero detrás de este mecanismo está la convicción de que no puede haber hegemonía ni de lo tecnocrático ni de lo político. Su apuesta es mostrar equilibrio entre las dos fuentes de legitimidad para la conducción de la vida colectiva del país: la eficiencia tecnocrática exigida por el dueño y la necesidad de representación de los intereses y demandas de todos y cada uno de los stakeholders, sean importantes o no. El sabe que no puede influir sin esta plataforma de representación y su impronta es una inflexión entre los políticos de antes y los de ahora.

Hoy por hoy, la Concertación no tiene un personaje de su perfil, y por tanto no es de extrañar que tecnócratas y políticos de la oposición, renovados y no renovados, queden un buen rato empantanados en las nubes; mientras Bachelet, con la favorabilidad a pleno, sigue cerca de la gente.

Y por eso Hinzpeter, con su transparente soberbia, se enorgullece de ser el responsable de quitarle a la Concertación durante la campaña símbolos de gran significado social y cultural. Nada pareciera gustarle más que la alteración de la representatividad y afirmar el derecho de legitimidad política que se ha ganado.

Sin duda, Hinzpeter es un personaje que quiere recorrer nuevos territorios y poner su estaca. La foto de portada de Qué Pasa lo muestra en la soledad del poder y en la ambición de representar el poder ganado. Dice que realiza el trabajo con angustia, siempre temiendo lo peor. Dice que necesita algunos caramelos para dormir; con el temor no sólo de equivocarse, sino de llevar su poder más allá de los volúmenes de representatividad que hasta ahora ha ganado. Lo demuestra su googleada en el Congreso con el diputado Espinoza; o cuando dijo que el ministro del Interior era más importante que el de Hacienda. Pide perdón y empieza de nuevo. Sabe que va a volver a equivocarse, pero no está dispuesto a detenerse. Hasta ganarse la voluntad de los chilenos.