Las naciones desarrolladas están privilegiando la recuperación de sus economías postergando sus compromisos ambientales.

 

  • 12 noviembre, 2008

 

 

 
La verdad más incomoda
la postergación de los negocios verdes en el mundo
Lagos y la definición “verde”
entrevista a Ricardo Lagos
Groenlandia hot
Las leyes del hielo

cuatro chilenos y el cambio climático

 

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La verdad más incomoda

 

Fue en 2007 cuando hicimos contacto pleno y masivo con la idea de que el mundo se estaba calentando más rápido de lo conveniente. También fue el año en que Al Gore se ganó el Nobel y los líderes de todo el mundo se comprometieron a salvar el planeta. Pero sobrevivieron la crisis financiera y una estrechez económica que tienen a la temperatura de la Tierra perdiendo terreno en las prioridades mundiales. ¿Será que se acabo el minuto verde. Por Federico Willoughby Olivos.

 

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Corría septiembre de 2007. Un emocionado Ban Ki-Moon agradecía, en su calidad de secretario general de las Naciones Unidas, la visita de más de 80 jefes de Estado a la sede del organismo en Nueva York. El diplomático coreano había logrado, después de largas y trabadas negociaciones, el compromiso tácito de una buena cantidad de autoridades mundiales en orden a luchar contra el calentamiento global y, más importante todavía, empezar la elaboración del denominado Protocolo de Kioto II (documento que reemplazará, a partir de 2012, la norma que hoy regula las emisiones de Co2 en el mundo).

La reunión, aunque no contó con la presencia de Bush (que al igual que sus predecesores se negó a firmar el acuerdo por considerarlo perjudicial para la economía norteamericana), sí tuvo entre sus invitados a Al Gore y a Arnold Schwarzenegger (Gobernator ha librado una dura batalla por bajar las emisiones de carbono en California, al punto que a principios de año demandó a la Agencia de Protección Ambiental Norteamericana por no permitirle un control más agresivo de las emisión de gases invernadero). La presencia de ambos no sólo contrapesó la ausencia del mandatario estadounidense, sino que –sumada a la gran cantidad de presidentes en el evento– confirmó al calentamiento global como un tema prioritario para la mayor parte de los gobiernos del mundo.

Pero eso ocurría en 2007, cuando Lehman Brothers era todavía un banco de prestigio, cuando los gigantes hipotecarios Fannie Mae y Freddie Mac prestaban sin contratiempos y cuando las más importantes economías del orbe todavía no tenían que gastar millones de dólares en urgentes salvatajes financieros.

Ahora, la verdad es otra. Y si bien sigue siendo incómoda, lo cierto es que para los gobiernos del mundo todo indica que el planeta tendrá, por ahora, que esperar.


Cuestión de prioridades

La primera señal en este cambio de prioridades vino nada menos que de Europa, un jugador históricamente clave en los esfuerzos por reducir las emisiones de Co2. Considere, por ejemplo, que fueron los primeros en firmar el Protocolo de Kioto, que tienen en Londres el mercado más importante de permisos de emisión de carbono, que han presionado agresivamente a cada uno de sus miembros para que logren las cifras acordadas en el documento medioambiental y, por último, que han sido sumamente críticos de la negativa de Estados Unidos a suscribirlo.

Pero el mes pasado se reunieron sus 27 miembros en Bruselas para discutir y ratificar el triple 20, un esfuerzo que supone a los miembros de la Comunidad Económica una reducción de 20% en las emisiones de Co2, llegar a 20% en la producción de energía de origen renovable y aumentar en 20% la efi ciencia en su uso; todo, para el 2020. Y lo que el año pasado probablemente hubiera sido un trámite, esta vez se encontró con enconados opositores. Partiendo por el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, que en vista de la crisis económica señaló que “el esfuerzo para alcanzar estos objetivos supone un costo para la industria italiana de 18 millones de euros al año (unos 24,3 millones de dólares), algo que no es posible asumir en estos momentos. Además, no estamos para hacer de Quijote: ni China ni Estados Unidos limitan sus emisiones”.

Angela Merkel, la popular primera ministra alemana, también se quejó públicamente del enorme costo que significaría para la industria de su país asumir las exigencias de la Unión Europea. Como si fuera poco, Polonia –de la mano de su primer ministro, Donald Tusk– aprovechó la coyuntura, tomó la vocería de un grupo de disidentes vinculados al antiguo bloque de países de la órbita comunista (Bulgaria, Estonia, Hungría, Latvia, Lituania, Rumania, Eslovaquia y la misma Polonia) y amenazó con vetar las medidas, ya que “perjudicarían la economía de los países más pobres de la comunidad Económica Europa, muchos de los cuales generan electricidad principalmente a través del carbón”.

Así la cosas, y pese a los esfuerzos de Nicolas Sarkozy, en su calidad de presidente de la UE, el encuentro de Bruselas terminó con un tibio documento en el cual los líderes se comprometieron a buscar “soluciones apropiadas que atiendan a la situación específica de los países”. Eso sí, al cerrar el encuentro y en conferencia de prensa, el presidente francés se dio unos minutos para responder a su colega italiano: “¿cómo vamos a pedir a países como China que reduzcan las emisiones si nosotros mismos no rebajamos las previsiones? Si Europa quiere ser un líder en la lucha contra el cambio climático, no puede renunciar a sus objetivos. No seríamos creíbles”.

El argumento de Sarkozy es coherente con las políticas medioambientales históricas del Viejo Continente, pero para nadie es un secreto que después de la crisis financiera, el juego cambió. Si antes –y gracias a la bonanza económica– mejorar el medio ambiente era una obligación inherente de cada gobierno europeo, en el nuevo escenario primero está la economía y, más atrás, la salud del planeta. En ese sentido, Václav Klaus, presidente de la República Checa (país que presidirá la Unión Europea el próximo año), es el perfecto ejemplo del nuevo pragmatismo que se instaló en la cúpula de la unión.

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Porque Klaus es, ni más ni menos, un declarado enemigo de Al Gore y de su marketing. “Combato este nuevo alarmismo sobre el calentamiento global, que se ha convertido en ideología. Es un intento de reprimir la libertad individual y el desarrollo de la prosperidad en el mundo. En un principio, el calentamiento era una teoría respecto a la cual había partidarios y opositores. Encuentro amenazador que ahora se haya convertido en una ideología mundial que nos limita a todos. No olvidemos que las víctimas reales de Al Gore y su histeria global serán los países más pobres, forzados por los ricos que sí pueden tolerar los costos de esta política, aunque sus economías no crezcan igual”, señaló ofuscado al diario español ABC.

Yes we can?

Mientras la Comunidad Económica hace lo imposible para mantener vivos sus compromisos medioambientales, Estados Unidos aparece como el encargado de devolverle la fe al mundo. Más allá del triunfo de Obama, ya los especialistas auguraban que, sin importar quién hubiera salido ganador, nadie podría haberlo hecho peor que la actual administración. A Bush no sólo le tomó años reconocer públicamente que el calentamiento global era causado por los seres humanos sino que, en su esfuerzo por fomentar la producción industrial a toda costa, debilitó de manera sistemática las leyes y reglamentos que protegían el medio ambiente en Estados Unidos.

Por lo que sabemos de sus promesas de campaña, Obama tendría la firme intención de limpiar el aire. De partida, se comprometió a despertar tres áreas que hasta ahora estaban ignoradas: legislación climática, expansión y desarrollo de energías limpias y liderazgo diplomático para lograr acuerdos medioambientales a nivel mundial. No por nada, en el discurso que dio el martes pasado en el Grant Park de Chicago –el primero como presidente electo– puso dentro de sus prioridades primero el calentamiento global y después la crisis financiera.

La primera de sus metas consiste en lograr que a 2020 las emisiones de carbón de Estados Unidos se reduzcan a los mismos niveles que en 1990. La segunda fase, que se lograría por medio del fomento al mercado de emisión de carbono, es alcanzar para 2050 una disminución del 80% respecto a las emisiones del país en los 90.

Paralelamente, Obama prometió el retorno de Estados Unidos a la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, y propuso la creación de un Foro Global de la Energía, integrado por las potencias del G8 y los países emergentes.

El nuevo presidente también apuesta por incentivar la investigación de combustibles alternativos, incrementando –en los próximos 10 años– en 150 millones de dólares la inversión federal en energías limpias. Y respecto a la energía nuclear, no la descarta como una manera limpia de generar electricidad. Si bien son noticias alentadoras, lo cierto es que con la profunda crisis económica que hereda, las buenas intenciones del nuevo presidente pueden ser insuficientes a la hora de enfrentar al parlamento. Los cambios a la política energética deben pasar por el Congreso y es ahí donde pueden surgir los problemas.

Sin importar que el nuevo presidente tenga mayoría parlamentaria, la aprobación del fomento al mercado de emisiones de carbono (clave en su política medioambiental-energética) puede convertirse en un problema. Pues si bien es una medida efectiva y que fomenta la economía, implica, al menos en sus primeros años, un costo extra para las empresas que, nos guste o no, termina siendo traspasado a los consumidores. Y a menos que ocurra un milagro, pasará un par de años antes de que las autoridades quieran estresar los bolsillos del electorado.


El camino a Copenhague

El 30 de noviembre de 2009 –sí, el próximo año por estas mismas fechas– más de 170 líderes de todo el mundo se reunirán en Dinamarca. El encuentro tiene como objetivo cerrar el acuerdo que debe reemplazar al Protocolo de Kioto una vez que éste quede obsoleto en 2012.

El asunto no se ve fácil. Si el propio Protocolo de Kyoto fue un fracaso en la medida en que no logró que Estados Unidos lo adoptara (que es la nación que más gases de Co2 libera a la atmósfera), cuesta pensar que el próximo año, con una crisis financiera en pleno desarrollo, exista mayor voluntad política para hacerlo.

Es cierto, la elección de Obama puede ser clave en cuanto a que el presidente recién proclamado ha señalado que tiene la firme intención de liderar los esfuerzos mundiales por reducir las emisiones de carbono. Pero esos cambios no son gratis y queda la duda de si tendrá el sufi ciente apoyo político para lograr que su ley de reducción de emisiones de carbono se apruebe antes de la reunión deCopenhague. Sin una ley promulgada que le permita negociar y demostrar la voluntad que Bush no tuvo, se ve bastante difícil que China (que acusa a Estados Unidos y al resto de los países desarrollados de ser responsables del al menos el 24% de sus misiones de carbono ya que, de acuerdo a la autoridad oriental, ellos son los que finalmente consumen los productos que causan esas emisiones) quiera participar en el nuevo protocolo.

De hecho, hace muy pocos días el gobierno chino presentó su primer Libro Blanco en política ambiental. Allí reconocen que el nivel de sus emisiones es casi el mismo de Estados Unidos y asume que el cambio climático está afectando duramente a sus recursos hídricos y a su agricultura, por lo que están “muy preocupados”. Pero también advierte que es muy poco probable que pueda recortar sus emisiones contaminantes ya que –como señala el texto– “el consumo energético, basado en el carbón, no puede cambiarse de forma sustancial en el futuro próximo sin afectar a la economía”.

En caso de que China no quiera aprobar el documento de Copenhague, lo más probable es que el resto de los G5 (grupo de países emergentes que reúne a Brasil, China, India, México y Sudáfrica) tampoco lo ratifi que. Basta recordar que el mes pasado –en Nueva Delhi– Brasil, India y Sudáfrica golpearon la mesa y advirtieron que “bajo ningún punto de vista estamos dispuestos a pagar la crisis de los países ricos”.

No sería la primera vez que un acuerdo medioambiental con pretensiones de salvar el mundo no llegue a buen puerto, dirá usted… pero el problema es que no sabemos si el planeta nos dará tiempo para redactar otro.

 

 

Lehman Brothers, el banco que salvaría al mundo
A futuro, existe la posibilidad de que la quiebra de Lehman Brothers no sólo sea sindicada como el momento exacto en que la crisis subprime mutó a una crisis financiera de alcances inéditos, sino que también se le recuerde como el momento en que la humanidad perdió la última posibilidad de revertir el calentamiento global.

Sucede que, cuando el 16 de septiembre pasado Lehman Brothers se acogió al capitulo 11 de la Ley de Quiebras norteamericana para salirse del mercado, no sólo facilitó el peor escenario económico mundial desde la crisis del 29, sino que también dejó trunco uno de sus proyectos más ambiciosos: salvar el planeta.

Tal cual.

El plan de Lehman Brothers era convertirse en uno de los agentes líderes en la colocación de permisos para la emisión de carbono. Para tal efecto llevaba varios años investigando el desarrollo del mercado y ya habían publicado dos papers titulados El negocio del cambio climático (ambos sobre las 100 páginas y disponibles en Internet). Todo indicaba que estaba listo para invertir una fuerte suma de capital en el desarrollo de este mercado. Pero, claro, nada de eso ocurrió. Lehman Brothers quebró antes de poder realizar cualquier iniciativa al respecto.

 

Cómo andamos por casa

Chile suscribió el Protocolo de Kyoto, a pesar de que –por su condición de nación emergente- no está obligado a reducir su emisión de gases de efecto invernadero. Pero no han faltado las empresas que han visto el potencial de negocio que representa la posibilidad de colocar bonos que se transan a nivel internacional.

En todo caso, independiente de la discusión internacional, nosotros tenemos una versión propia y que se manifiesta en el proyecto de ley que crea la nueva institucionalidad ambiental, ministerio ad hoc incluido. “En días pasados, la ministra de Medio Ambiente afirmó que el actual Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental, opera y funciona. Nosotros compartimos plenamente esta opinión y por eso nos ha sorprendido mucho el nuevo proyecto de ley”, fue el mensaje del presidente de Sofofa, Bruno Philippi, en la reciente cena anual del gremio. Y a propósito de la crisis financiera, dijo que era mejor no hacerlo ahora “justamente en un momento donde lo que requerimos inyectar es unidad y certidumbres”.

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Lagos y la definición “verde”

Para el ex gobernante y enviado especial de la ONU para el cambio climático, la prioridad del Protocolo de Kyoto II es incuestionable. No concibe que el camino sea la inacción. Esta convencido de que en el siglo XXI los países serán medidos por sus emisiones. “Y mas vale que empecemos a prepararnos para ese momento!”, advierte. Por Elena Martínez. Fotos, Verónica Ortiz.

La condición para la entrevista es tajante: sólo hablaremos de medioambiente. No hay problema, respondemos, es –precisamente– lo que nos preocupa. Es obvio que Ricardo Lagos está entusiasmado con su rol de enviado especial de Naciones Unidas para el Cambio Climático, una tarea que lo obliga a recorrer el planeta a un ritmo vertiginoso y que, a la hora de redactar esta entrevista, lo tenía participando en un encuentro mundial sobre la materia en Beijing.

Hablamos con el ex presidente de la República antes de que la crisis financiera pusiera en jaque los posibles acuerdos ambientales del siglo XXI. Pero el Protocolo de Kyoto, su término en 2011 y la necesidad de contar con un marco regulatorio para un mundo ambientalmente sustentable, estaban en plena efervescencia y ya enfrentaba duros desafíos. Lo vimos convencido de que el tema no puede ser dejado de lado, cueste lo que cueste. “Debemos tener, como un post Kyoto, un conjunto de instituciones y normas respecto del financiamiento. Vamos a tener mañana que reparar la inacción de hoy”, nos dijo.

Bajo ningún concepto concuerda con dejar atrás la preocupación por el calentamiento global para priorizar las soluciones financieras. Su propuesta es que la Cumbre G-20, que se reunirá en Washington a mediados de este mes, trate simultáneamente ambos temas. “Si se siguen las voces de algunos que piden olvidarse del cambio climático dada la crisis, sería un profundo error”, fue su mensaje hace algunos días desde la capital china.

Una interrogante a aclarar: el destino de los bonos europeos emitidos una vez que caduque el actual protocolo. Ahí hay un tema concreto, indica, que no puede ser dejado al azar: “estamos hablando de cifras de 50 mil millones de dólares al año, ¡ubiquémosnos!”

Alineando criterios

Su misión, extendida tras una etapa inicial por el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-Moon, ha hecho a Lagos impregnarse del debate que tiene enfrentados a los países desarrollados con las naciones emergentes: cuáles serán los máximos de emisión de dióxido de carbono a partir del 2012. Un ejemplo claro es la postura de China, que ha enfatizado que las naciones industrializadas deben asumir el liderazgo en la lucha contra el cambio climático, apoyar financieramente las medidas para bajar las cuotas de gases efecto invernadero y contribuir con transferencia tecnológica.

La labor del ex mandatario durante los últimos meses ha sido justamente conocer e intentar aunar las posturas de los protagonistas, con miras a las definiciones que se tendrán necesariamente que adoptar en los encuentros de Potsdam, en diciembre, y luego en Copenhague, en noviembre de 2009.

Horas antes de un viaje, nos recibió en su oficina de la Fundación Democracia y Desarrollo. Y ahí supimos de sus encuentros en México, Brasil, Arabia Saudita, Sudáfrica, Inglaterra y Francia, una carrera que también lo llevó a Bonn y Accra y que tiene el propósito de avanzar a zancadas en los cuatro grandes capítulos que hoy el mundo enfrenta respecto del Protocolo de Kyoto. Estos son –explica– cómo se logra la mitigación, es decir, la disminución de emisiones. Segundo, cómo se produce la adaptación de los países dada la variedad internacional. Tercero, cómo somos capaces de hacer transferencia tecnológica, ya sea para mitigar o adaptar. Y, cuarto, cómo se respalda financieramente a aquellos países más pobres.

“Cada uno de estos temas es enorme… Y entonces el problema que hay es que se optó por decir: este año 2008 concentrémonos en transferencia tecnológica y financiamiento y en 2009, en mitigación y adaptación”, señala. Pero aquí, apunta, surge un conflicto adicional: queda la obligación de avanzar mucho más en el segundo aspecto. A la luz de los últimos acontecimientos en la economía mundial, queda clara la dificultad para concretar este objetivo.

La emisión per cápita

Lagos recuerda, en primer lugar, que la convención suscrita en 1992, tras la Conferencia de Río, dejó establecido que todos los países se ponían de acuerdo para combatir el cambio climático y “hacer grandes esfuerzos”. Todos, principios que, enfatiza, tienen que ver con la responsabilidad y la capacidad de cada país.

“Todos dijeron somos comúnmente responsables, y se estableció el principio de responsabilidades comunes, pero diferenciadas. Eso quiere decir que los que más emiten son más responsables, y los que menos emiten, lo son menos”.

El acuerdo de Kyoto, que culminó en 1998, surge con requisitos precisos: los países ricos deben reducir en un 5% sus emisiones a 2012 respecto de las que tenían en 1990, mientras que a las naciones en desarrollo se les urge a trabajar en tal sentido. Dado que Estados Unidos no lo ratificó y China e India se niegan terminantemente a suscribirlo, surgió el conflicto. “Entonces, en 2012 se extingue Kyoto y hay que ver qué lo reemplazará”. Para Lagos, la clave no está en las cifras totales de emisiones, sino en la emisión per cápita: “si hoy los 6 mil millones de seres humanos emitimos lo que emite el americano medio, se acaba la tierra”.

Otro factor que está sobre la mesa es que la emisión global no es solamente energía. “Y muy poca gente se da cuenta de esto”, indica, planteando que los estudios por sectores económicos demuestran que hay también responsabilidad de la industria, el transporte y la agricultura, a lo que suma el impacto de la deforestación.

Frente a un escenario de múltiples fuentes, argumenta, “el problema que tenemos es cómo se hace un nuevo tratado con estos antecedentes”, y ese es –comenta sonriendo– el trabajo que les toca efectuar a los enviados especiales de Ki-Moon.

-Pero en lo que sí hay consenso es en que es necesario un nuevo protocolo, no?

-Muere Kyoto en 2012 y hay que hacer algo. El criterio que primará todavía no se sabe…

Y más adelante, indica:

-Una forma de destrabar es que tenemos que reconocer que han pasado 10 años desde Kyoto y en 10 años China e India son grandes economías y también grandes emisores. También en estos 10 años México, Brasil o Argentina no son comparables –con el mayor respeto– con Bostwana, Haití o países más pobres… Entonces, como una manera de destrabar, algunos hemos sugerido que en los países que no son del anexo I del protocolo, o sea todos los en desarrollo, deberíamos ser capaces de distinguir los países de rápido crecimiento, como Chile o Corea, o aquellos que ya son de ingreso medio. Esa distinción apunta establecer distintos parámetros de emisión por el tema del crecimiento.

Como presidente del Club de Madrid, en 2006 Lagos propuso a un grupo de ex gobernantes que elaboraran un marco de trabajo para un acuerdo post 2012 sobre el cambio climático. Parte del trabajo aborda puntos como los mecanismos de mercado y cuáles son su papel y escala apropiados; cómo fomentar los aportes financieros de países desarrolladas y el sector privado; y cómo diseñar una base justa y equitativa en objetivos y cronogramas para naciones desarrolladas y en desarrollo. Cuando presentó la propuesta en Berlín ante el G-8, “los europeos la aprobaron al tiro y, a partir de ese momento, fui el hombre más querido de Europa y mirado con algún recelo por China e India…”.

En síntesis, la propuesta consistió en bajar en un 20% las emisiones el año 2020 respecto de lo que había en 1990, con un alza de 5% a 20%; a lo que Europa respondió que si Estados Unidos aceptaba el 20%, ellos bajaban sus gases invernadero en 30%. La dificultad persistía en el camino para las naciones en desarrollo, y allí se sugirió compensar con compras de bonos, en una acción claramente simbólica más que efectiva.

-¿Qué análisis hace respecto del vínculo que tiene producir limpio con el impulso al desarrollo productivo? Porque significa nuevas tecnologías y no todos los países están en condiciones de hacer esas inversiones.

-Ahí lo que te dicen es: mire, hablemos en futuro. Somos 6 mil millones de seres humanos; en 2050 vamos a ser 9.500 millones y, de éstos, 8 mil millones van a estar en lo que hoy es el mundo en desarrollo. O te dicen: usted va a invertir en energía 30 trillones de dólares, no billones, de aquí al 2030. Si va a tener esa tremenda inversión, si se hace con nuevas tecnologías, entonces será un gran negocio, porque tendrá costos menores y emisiones menores. Aquí viene la segunda discusión. No necesariamente porque usted va a crecer, emitirá más, porque se puede beneficiar de haber crecido después del avance tecnológico.

-¿Se está apostando a que será un buen negocio la inversión inicial para, a futuro, disminuir las emisiones?

-Así es.

-¿Y cómo se da el impulso inicial?

-Financial Times publicó un artículo muy entretenido titulado “Mercados solos no van a conducir a un futuro verde”, del presidente del Bank of America. Aborda el meollo del asunto. Hay que crear instituciones y normas que premien cuando se está reduciendo las emisiones. Y crear derechos de emisión, como el propuesto por una senadora demócrata de California, que consiste en que no se puede emitir sin este derecho.


-Se ve posible en Europa, donde hay una fuerte conciencia ambiental…

-Por eso es que en América latina estamos hablando sólo de un menú, no más. Estamos a años luz de eso.


-También está en juego el concepto de desarrollo productivo del mundo, y cómo se concilian los proyectos y planes individuales.

-Una reflexión más: no me cabe duda de que en el siglo XXI te van a medir por dos parámetros: cuánto crece el producto y cuánto emitiste con motivo del crecimiento de ese producto, y esos dos parámetros van a ser igual que ahora. Es un concepto en la historia de a humanidad relativamente reciente. La verdad es que tenemos que crecer porque si crecemos, estamos mejor. Te van a medir también por cuánto emites. ¡Y más vale que empecemos a prepararnos para ese momento!

Energía nuclear: “Chile no tiene por qué negarse a explorar”
-¿Cómo ve a Chile en todo este debate con miras a Kyoto y su reformulación?

-A algunos les gusta hablar del poder duro y del poder blando a nivel internacional. Se supone que detrás del primero están los cañones, el poderío económico, la gran población; y detrás del segundo, básicamente cuando se trata de influir con las ideas, que también es muy importante. Se dice que Chile siempre ha sido poder blando, tiene cierta influencia. Y Chile ha estado participando activamente en el tema, y con Brasil, que coordinan las reuniones entre Potsdman y Copenhague.

-¿Tiene una postura definida respecto de Kyoto?

– Chile está consciente de que hay que hacer un tipo de apertura pero claro, también tiene que ver qué es lo que significa para el país. Muy importante es saber cuál será el año base del nuevo protocolo… Veo a Chile como un país que, en primer lugar, tendrá que buscar una mayor autonomía energética. En consecuencia, con todos los resguardos medioambientales, hay que desarrollar los recursos hídricos. No solamente es renovable sino que es barato. Más represas y centrales de pasada.

-¿Y energía nuclear también?

-Chile no tiene por qué negarse a explorar energías que en determinados países son el 70% de la energía eléctrica, como Francia. Allí hay que tener visión. Pero si tenemos algún excedente podemos pensar también en crear condiciones para energías renovables. ¿Qué son en el norte de Chile 500 hectáreas para producir 500 megas de energía solar? Lo que estoy diciendo es que Chile tiene que avanzar y entrar a las energías renovables con mucha fuerza. Tenemos que imitar a otros países que dan ventajas tributarias importantes respecto de las energías renovables.


-¿Qué opina de la falta de defnición del gobierno respecto de la energía nuclear?

-Creo que sería útil tener una definición lo más pronto posible sobre ese y otros temas. Lo que los países están reclamando hoy es cuál es el tipo de matriz energética que van a tener, y no es menor. Tiene que ver con costos, y hoy Chile tiene costos energéticos demasiado altos.

 

 

El negocio “verde”
Para el ex gobernante está claro que la idea de que la inversión ambiental es gasto forma parte del pasado. “Es negocio, de todas maneras”, argumenta, indicando que todos los informes de accionistas hoy tocan conceptos como efi ciencia energética o energías renovables. “Que ese es el futuro no está en discusión”, dice, rotundo.

Es posible pensar en un mercado ambientalmente sustentable y que, además, sea un buen negocio empresarial, sostiene. Y agrega: “nuestro mundo de empresarios tiene que mirar ese escenario porque ahí están las perspectivas reales de negocio del futuro y nos van a medir por eso. Si ahora Chile está bien calificado, en el futuro van a medir esto otro. Si Chile dice que se va a posicionar como el país número uno de América latina en energía renovable, te da un sello. Lo ideal es que Chile se posicione. Tenemos los recursos.

La mirada de la ONU

• “La temperatura media de la superficie terrestre ha subido más de 0,6ºC desde los últimos años del siglo XIX. Se prevé que aumente de nuevo entre 1,4ºC y 5,8ºC para el año 2100, lo que representa un cambio rápido y profundo. Aun cuando el aumento real sea el mínimo previsto, será mayor que en cualquier siglo de los últimos 10.000 años.

• El nivel del mar subió por término medio entre 10 y 20 centímetros durante el siglo XX, y para el año 2100 se prevé una subida adicional de 9 a 88 cm.

• Entre 1990 y 2000, el total de las emisiones de gases de efecto invernadero de los países industrializados disminuyó de hecho ligeramente (un 5,6%), pero ello fue fruto de circunstancias excepcionales: la caída de la producción económica en los países de Europa oriental y de la antigua Unión Soviética, los mismos que ahora se expanden y critican las restricciones que impone la normativa ambiental.

• Dinamarca estabilizó las emisiones entre 1990 y 2000 introduciendo métodos más eficientes de generación
eléctrica y sustituyendo la utilización del carbón en la industria por energía renovable y gas natural. El producto Interno bruto del país aumentó un 27% durante el decenio.

• El problema es que la puesta en marcha de esta tecnología –instalación y pago de procedimientos más eficientes para la quema de combustibles fósiles y para utilizar fuentes de energía renovable, como la energía solar y eólica– es política y económicamente difícil.

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Groenlandia hot
Las leyes del hielo

A mediados de año, y a lo largo de todo un mes, cuatro chilenos con Rodrigo Jordán a la cabeza, se adentraron por los fiordos y valles de esta escarchada isla. ¿El objetivo? Documentar el impacto que el cambio climático esta teniendo en sus glaciares, sus comunidades y la costra terrestre. ¿La conclusión? No todo es blanco y negro, ya que en la gama de los grises hay quienes incluso han salido ganado con el calentamiento global. Por Roberto Sapag; fotos, gentileza de Kiko Guzmán.

Biosfera –esa suerte de fluido en donde física, química y biología se funden–, es la palabra que la lleva entre quienes están haciendo estudios en la frontera del cambio climático. Más allá de las consignas o las creencias religioso-ambientales, dichos estudios hoy parten del supuesto de que el aumento de la temperatura planetaria es, a estas alturas del partido, un hecho bastante documentado y que, ante él, lo que hay que hacer es ver cómo la humanidad –que es parte de esa biosfera– se apea frente a esta nueva realidad.

Con jirones de esta palabra en su cabeza y mientras en enero pasado integraba una travesía en kayak por los contornos de los hielos antárticos, a Rodrigo Jordan le cuajó la idea de replicar en Groenlandia un esfuerzo documental equivalente al que estaba haciendo en el continente blanco junto a investigadores de National Geographic. La meta de su nueva travesía sería levantar material que le permitiera cerrar el círculo sobre los síntomas y alcances del cambio climático.

Una vez de vuelta en sus cuarteles generales, y como el Grupo Vertical que encabeza tiene pantalones largos, decidió empujar el proyecto aun sin tener amarrado el financiamiento, el cual finalmente se levantó sin problemas, con el concurso de empresas como Recalcine, Transelec y Essbío.

Hoy su aventura está por completarse. “Sí, porque hasta que no esté impreso el libro y liberado el documental que grabamos, nuestra expedición no ha terminado”, dice muy serio. Una noche de noviembre, en su casa, mientras daba los toques finales al libro que saldrá en diciembre, y junto a Kiko Guzmán, conversó con Capital. Tras masticar recuerdos de la expedición, ambos nos confesaron que este viaje fue determinante en su noción del cambio climático: “de alguna manera partimos con la idea de confirmar una opinión que ya teníamos formada y terminamos por descubrir que en esto, como en otros temas, hay infinidad de matices”.


Una aventura atípica

Lo primero que hizo Jordan fue montar un equipo expedicionario liviano y funcionalmente complementario. De ahí que desde un principio el team se pensó sólo con cuatro integrantes: un científico con dotes de computín (Camilo Rada); un jefe logístico que a la vez fuera responsable de la fotografía (el más que probado Eugenio Kiko Guzmán); un camarógrafo con buen ojo y experiencia (Pablo Gutiérrez); y el propio Jordan.

Julio fue el mes elegido porque las condiciones climáticas de esas fechas son inmejorables para un periplo de esta naturaleza por latitudes boreales. Tras una escala en Dinamarca, nación de la cual depende Groenlandia (pese a ser una región autónoma y distante), el puñado de expedicionarios arribó a principios de mes a esta gigantesca isla cubierta en más de 80% con hielo y a la cual se llega principalmente por vía aérea en enormes Boeing, los cuales pueden aterrizar sin problemas gracias a las portentosas pistas que les heredó la Segunda Guerra Mundial.

Tras tocar tierra en Nuuk, la capital que tiene 15.000 habitantes, un solo semáforo y hamburgueserías de carne de foca, rápidamente se desplazaron al punto de partida de la excursión. Allí se agenciaron tres kayak y se lanzaron al mar en un formato de expedición dramáticamente distinto al de la típica excursión montañista. Esta vez el grupo no iba tras una cumbre, sino que en busca de información y registros: “a diferencia de lo que es ir a un cerro, en donde el proyecto termina con el cerro, acá podríamos decir que este proyecto aún está en curso, porque terminará una vez que estén el libro y el documental”, dice Jordan.

De aventura extrema el viaje no tuvo mucho, aunque para ellos sí resultó desafiante el nuevo esquema de trabajo: cámaras dispuestas para grabar cuadro a cuadro el flujo de los icebergs a lo largo de días enteros, entrevistas a los habitantes, recorridos a remo por los fiordos y avanzadas pedestres por los glaciares. En fin, un mix nuevo.

Jordan dice que también fue especial en este viaje la presencia de Camilo Rada, un montañista amigo que en sus pergaminos tiene el grado de geofísico. Sus observaciones y el material de apoyo que llevaban les permitió establecer que efectivamente “todos los modelos de predicción sobre el derretimiento de hielos en esa zona se quedaron cortos”.

Tan así fue, que incluso vieron frustrado uno de sus intentos por adentrarse por los recovecos de un fiordo. Era tal la cantidad de trozos de hielo flotando, tal la densidad de la costra helada que manaba de los glaciares, que debieron recalar los kayak y atacar a pie uno de sus primeros objetivos.

Pero más allá de esa evidencia, hubo otra que levantaron para integrarla al conjunto: el diálogo con las comunidades. Hablaron con pescadores, cazadores y personas que ofrecen servicios y producen bienes. De hecho un emprendedor de la zona les aportó un punto de vista nuevo: sin tapujos les dijo que es evidente que hay un retroceso de los hielos y un cambio en las temperaturas, pero que para él eso sólo ha traído cosas buenas. Más barcos, más actividad, más turistas, más ventas. Era que no, si su negocio es elaborar cerveza con lo que dice es el agua más pura de la tierra, procedente de icebergs de más de 2.000 años que funde en su fábrica.

A gran parte de estos habitantes, el aumento de las temperaturas les ha reportado jugosas ganancias: el regreso del bacalao ha vuelto a llenar de presas las redes; las temperaturas más agra- dables han hecho repuntar el turismo y con ello, el consumo de bienes; y el retroceso del hielo ha elevado la superficie de tierra disponible… Una superficie que por lo demás no se sumergirá con el aumento del nivel del mar, como dicen los más agoreros, ya que la isla, al descargarse del peso del hielo, debería emerger aún más sobre el nivel del mar. Así su superficie actual libre, equivalente a la de todo Japón, aumentará, multiplicando las posibilidades de sus 55.000 habitantes.

 

 

 

Moralejas en gris

Ahora bien, y más allá de lo que para muchos es el icono del calentamiento global: la dramática imagen de un oso polar acorralado sobre un trozo de hielo que se derrite bajo sus patas, para Jordan lo que corresponde es poner toda la información que levantaron en un contexto, para acercarse aunque sea un poco al alcance que tendrá para el planeta todo este proceso.

“Lo que sabemos hasta ahora –dice Guzmán– es que la biodiversidad es seguridad para la humanidad”. Por eso es que hay que estudiar el proceso, ver todas sus aristas y, por qué no, hacer lo que esté al alcance de la mano del hombre para asegurar esa biodiversidad.

“No todo es bueno o malo per se –remata Jordan–. Esto está lleno de matices. Mira por ejemplo el caso de Chile y verás que para distintas personas y grupos todo esto tiene distintos alcances. Para unos será bueno que se pueda cultivar frutales y uvas hasta la X Región. Para otros, por ejemplo quienes tienen centros de ski, será una tragedia que la nieve caiga 300 metros más arriba y deje descubiertas sus pistas.

Sin catastrofismo ni mesianismo, Jordan está consciente de que el esfuerzo realizado proveerá sólo un grano de arena a ese diagnóstico, pero dice que no aspiraban a tanto más: “fuimos a confirmar una opinión que ya teníamos formada, y descubrimos que hay matices, y eso… ¡vaya que es importante!”.