Cada cierto tiempo recuerdo una película vieja: Mad Max. Se me vienen a la mente escenas cuando siento que habito un eriazo. Esas imágenes van acompañadas siempre por la canción de Tina Turner, We don’t need another hero. La metáfora parece obvia, hasta inocente, ya que Mad Max es una serie sobre una época terminal de la humanidad, donde los paisajes han sido arrasados y la tecnología se mezcla con la inmundicia y lo primitivo. La interpretan bandas de sujetos sin psicología ni mucho lenguaje que viven una perpetua guerra por el combustible. Para mí, sin embargo, se ha convertido en un estado psicológico, lejos del cine y más cerca de la intimidad. Me acuerdo que vi la película en VHS un día remoto que olvidé por completo, salvo porque me sentí incómodo ante la emoción que tuve con las aventuras de esos abyectos. Hombres y mujeres despiadados, en calidad de animales dispuestos a la locura con tal de sobrevivir. No tenían ni mapas ni dioses.

Meses después, en una librería abrí un breve libro y me di cuenta de que el ambiente apocalíptico de Mad Max estaba descrito en términos poéticos en Los Sea Harrier, de Diego Maquieira. El mundo que emana de los poemas del libro remite a una violencia desenfrenada cercana a la ciencia ficción, donde no hay bien ni mal y la extravagancia reina como ley. Tampoco hay una voz central que narre, sino que una variedad de estas y muy alteradas. Son tipos dispuestos a ir hasta el final, perdidos con una vanidad infinita, como Marlon Brando.

El título de la canción de Tina Turner lo encontré en un libro de arte contemporáneo. Barbara Kruger se apropia de la frase que titula la canción y la vincula a una pareja de niños que juegan. El niño le muestra sus músculos a la niña. La ridiculez se hace evidente cuando la imagen está cruzada por las palabras que componen la sentencia “We don’t need another hero”. Lo que hizo justamente Kruger, al descontextualizar esa frase pop, fue convertir la inocencia del dicho en una sentencia que interpela al observador las siguientes cuestiones: ¿necesitamos héroes? ¿Los buscamos? ¿Qué hacen los héroes cuando tienen poder?

Me caen mal los héroes. Son narcisos, es decir, poco dispuestos a escuchar y con un ego inconmensurable. Tienen claros sus propósitos, de modo que no suelen entrar en diálogo, sino que predican o relatan sus peripecias. Buscan admiración, pasar a la historia siguiendo sus pulsiones. Creen que la humanidad les debe. Hablan de sus empresas igual que los rapsodas de las leyendas. Qué gente más aburrida. ¿Quién les ha pedido que asuman la representación de los demás?
Sospecho que llegó la hora de la retirada de héroes, en especial de esferas poco apropiadas para demostrar valentía y orgullo. Los políticos no tienen nada que hacer. No hay causas por las cuales inmolarse en solitario. Funcionan mejor sin tanta épica, tras un par de ideas que los aglutinen, que les hagan trabajar sin estorbarse. Requieren acomodar sus egos a lo que de ellos piensan el resto. Pero no quieren, se cubren de fantasías sobre ellos mismos, juegan delante de nosotros a ser paladines de principios elementales.

La realidad de Mad Max –donde los sujetos se mueven por intereses con sus propios medios– es semejante al mercado. Son espacios en los que la competencia impera, la codicia está aceptada y la fuerza del poderoso es una virtud. En ese clima, por supuesto que no puede haber héroes. Hay ganadores y vencidos. Hay frialdad, números, estudios, pragmatismo. Por eso es inverosímil que los economistas intenten dárselas de redentores.

El heroísmo actual –si es que existe– no se sostiene en discursos, ni en doctrinas. Es físico y concreto. Corresponde a los deportistas que logran reales proezas y dan alegría a multitudes, a los que salvan vidas, y a los pocos que con su arte logran cautivar a muchos, dándoles un respiro, un aliento a existencias sumidas en la dura tarea de resistir. Cualquier otro que se muestre como héroe merece un severo escrutinio. Lo más probable es que sea un impostor, un fanático, un mitómano.