En febrero de 2001 fue promulgada la Ley 19.712, bajo el pomposo título de “Ley del Deporte”. Un viejo anhelo de la institucionalidad deportiva, que brindaba el reconocimiento de la legislación chilena a la profesionalización de la actividad física, complementado luego con la Ley de Sociedades Anónimas Deportivas, de 2002.

El nuevo cuerpo legal, entre otras disposiciones, cambió el nombre de la apolillada y maltrecha Dirección General de Deportes (Digeder) por el de Instituto Nacional de Deportes, o Chiledeportes. Pero detrás de la nueva placa en Fidel Oteíza 1956 no hubo mucho movimiento: la “nueva” orgánica siguió siendo un multimillonario Titanic de difícil conducción, lleno de marineros anclados con tornillos políticos y tradicional resumidero de la administración pública.

Sucesivos escándalos durante las administraciones concertacionistas ensuciaron rápidamente el nuevo nombre y, con ello, el primer esbozo serio de una Política Nacional de Deportes, que proyectaba el fomento de la actividad con la vista puesta en cuatro o cinco olimpíadas (16 a 20 años). Los telefonazos en época de campaña electoral, el politizado sindicato de trabajadores y el jabonoso manejo de los recursos cansaron hasta a los más esforzados conductores de este tanque a pedales, Arturo Salah y Jaime Pizarro.

El cambio de color del gobierno trajo a Gabriel Ruiz-Tagle a hacerse cargo del entuerto. Atleta aficionado, por entonces accionista mayoritario de Colo Colo y reconocido empresario, su nombramiento buscó optimizar la gestión interna y potenciar las herramientas que la misma Ley del Deporte otorga para que los privados participen en el desarrollo deportivo del país. Si lo ha logrado o no, habrá que juzgarlo al término de su administración…

El problema, el gran problema de todo el proceso, fue que nadie ha hecho la pregunta del millón. O mejor dicho, sí se ha hecho, pero ha quedado sin respuesta: ¿cuál es el deporte que queremos para Chile?

 

Masividad o alto rendimiento

El modelo deportivo implementado en Chile encuentra su raíz en España, en los primeros gobiernos post-franquistas. La búsqueda de un aumento en la actividad física de base, sobre todo en la etapa escolar, y el uso de franquicias tributarias para favorecer la inversión de privados son herramientas tomadas de la península. Incluso en el apoyo al alto rendimiento, la Asociación de Deportistas Olímpicos (ADO), de administración conjunta entre el Estado y el Comité Olímpico, fue calcada hasta en el nombre por esta importación no tradicional.

Pintaba atractivo el modelo, la verdad. El boom del deporte hispano y su alta visibilidad después de los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992 mostraban cómo un país que estaba tradicionalmente en segundo plano, saltaba al liderazgo continental e incluso mundial, mientras sus competencias internas crecían, resurgían los clubes deportivos y las masas se volcaban a los campos a emular las hazañas de sus héroes.

Pero a los administradores deportivos chilenos se les rompió el espejo en el trayecto, se les abrió el saco roto y cayeron en la enervante retórica de los santos desvestidos: ¿hay que apoyar al deporte masivo o apostar por las medallas en el alto rendimiento? Peor aún, la respuesta dependía del subsecretario de paso y del momento de la consulta: en época de elecciones, vamos inaugurando multicanchas en los barrios; en temporada olímpica, vamos entregando plata a los pocos representantes con alguna opción internacional. Sin mirada de largo plazo, nadie vio la evidente retroalimentación: la ampliación de la base de deportistas mejora naturalmente la selección para la elite; y, paralelamente, el éxito de las figuras genera un modelo de rol a seguir por las nuevas generaciones.

Así, no hay política ni plan ni objetivos ni metas que aguanten. Hasta hoy.
Con más de 190 millones de dólares destinados a la administración de Chiledeportes en el presupuesto 2012, imposible sostener que el problema sea la escasez de recursos. Con 15 mil dólares de PIB per cápita, tampoco es un tema de falta de mercado potencial para la inversión privada. Entonces quizás, sólo quizás, el problema estuvo en dónde se puso la mirilla al asentar la escopeta.

 

Menos bife y más arepas

Argentina también se fijó en España al montar sus políticas deportivas a mediados de los noventa. Sin embargo, los argentinos, de amplia cultura deportiva y pasión por la competencia, no copiaron, sino que interpretaron: el principal énfasis estuvo puesto en la protección de los clubes, íconos de la integración social del país, y el fomento de las ligas nacionales. El resultado está a la vista: a la vuelta de una década, Argentina se convirtió en potencia mundial en básquetbol, vóleibol, hockey sobre hierba y rugby, además de su tradicional poderío en el fútbol.

¿Y en Chile? Además de la incombustible “política” de la multicancha barrial y la gimnasia entretenida como esfuerzo por “masificar el deporte”, el Estado decidió entregar más dinero, pero a menos deportistas, casi todos de disciplinas individuales, porque éstos son mucho más baratos de preparar para la alta competencia que los equipos. El resultado: muerte de los clubes, agonía de las ligas (el fútbol sobrevive con severos problemas a la columna) y abandono de los deportes colectivos, motor de la actividad física de la población.

Catastrófico, sí; definitivo, de ninguna manera. Pero se necesita un buen café para entenderlo.
Fresca de obtener ocho medallas (un oro, tres platas y cuatro bronces), cuatro más que Argentina, Colombia fue la vedette sudamericana en Londres 2012. Y duele decirlo acá, pero esos lauros no fueron obra de fuegos de artificio, como los de Chile en los tres Juegos Olímpicos antes de Londres, sino fruto de 15 años de trabajo planificado y sostenido más allá de las veleidades políticas.

Como España, Argentina y Chile, creó su plan de estímulo al alto rendimiento de financiamiento mixto, el Altius, pero tuvo el acierto de dotarlo desde 2002 con el 3% de un impuesto específico a la telefonía móvil, lo que garantizó una inyección directa e ineludible de recursos privados. Adicionalmente, propició el avance de los deportes según las características de cada zona geográfica y grupo racial, estudiando sus ventajas comparativas.

A nivel de base, Colombia potenció sus competencias regionales, aprovechando la existencia de polos de desarrollo y población en todo el país. Y, finalmente, entendió el significado de los procesos y el cumplimiento de las metas para llegar al éxito deportivo: organizó sucesivamente lo Juegos Bolivarianos 2005, los Centroamericanos y del Caribe 2006, los Suramericanos 2010 y ahora va por los Panamericanos 2019.

¿Juegos Suramericanos? Sí, los mismos que Chile albergará dentro de ¡18 meses!

 

El milagro australiano

Australia es uno de los países más hermosos y estimulantes, que vibra con su multiculturalidad y el empuje de una sociedad joven. Para hacerse una idea, vivir en Sydney, Melbourne, Brisbane o Perth permite disfrutar estándares de vida europeos, pero con el clima de la zona central de Chile y la gente más amable del mundo.

¿Algunos rankings? Con 4,6 millones de habitantes, Sydney es la 11a ciudad con mejor calidad de vida, según el respetado estudio anual de Mercer (2011). Como nación, Australia es la novena donde la población se reconoce más feliz, según Naciones Unidas (Chile, 43°); la sexta en la evaluación de índices educacionales PISA, liderada por la OCDE (Chile, 33° y penúltimo); y la tercera en el escalafón de las naciones más sanas de Bloomberg, que contrasta índices de salud con factores de riesgo (Chile, 27°).
Detrás de todos estos números, un engranaje común: el deporte.

País heredero del culto británico por la actividad física y la sana competencia, los australianos siempre han tenido devoción por los deportes y son exponentes de primer orden en casi todas las disciplinas. Por eso, que sus representantes volvieran a casa sin medallas de oro de los Juegos Olímpicos de Montreal 1976, veinte años después de ser anfitriones en Melbourne, fue una afrenta.
Impulsado por la opinión pública, el gobierno decidió que antes de abrir la billetera, había que sentarse a pensar. En 1981 instaló el Australian Institute of Sports (AIS), puente entre el Estado y el deporte organizado del país, con un precepto fundacional: los deportistas debían desarrollarse en la isla. En 1987, el AIS se fusionó con la Australian Sports Commission (ASC), de carácter técnico y federal, y presentó una política integrada que trazó las líneas de acción tanto en la base masiva como en la élite selectiva.

Se transformó en un tema de Estado, entonces, y así fue explicitado en los documentos que siguen vigentes hasta hoy. “Todos los australianos deben estar involucrados activamente en el deporte, la recreación de la comunidad, el ejercicio, el esparcimiento al aire libre y otras actividades físicas”, dice la misión de Active Australia, la revisión del plan que la nación realizó en 1997. Hoy está nuevamente en el proceso de actualización de los programas, renovándose en el éxito y con índices de liderazgo mundial.
Cuatro pilares sostienen este modelo australiano: aumentar la participación entre los jóvenes, con especial atención en los más desposeídos, las comunidades aborígenes, los discapacitados y las mujeres; generar comunidad en torno de la actividad física, involucrando a padres, entrenadores, voluntarios y deportistas consagrados; evitar la fuga de talento, potenciando a entrenadores, competencias e infraestructura locales; y combatir el consumo de sustancias ilegales. Para cumplir estas obligaciones, el Estado invierte 1.200 millones de dólares anuales… que recupera tranquilamente en salud.

Evidentemente, esta estrategia tiene relación directa con el éxito en las máximas competencias: Australia es el décimo país en el medallero histórico de los Juegos Olímpicos. Los números son aún más impresionantes al contrastarlos con su población: una medalla cada 48.994 habitantes, sólo superada por naciones con menos de 10 millones de habitantes. Tanto metal incluso brilla a contraluz de su alto producto interno, pues se mantiene entre las cuarenta mejores relaciones.

¿Es traspasable la experiencia australiana a Chile? Vistos los resultados de la copia a España, no es recomendable usar el calco, pero la estadística es buena consejera: cuando la isla-nación propició la política deportiva que la ha regido por 25 años, en 1987, tenía índices (16,2 millones de habitantes y USD 12 mil dólares de PIB per cápita) muy similares a los chilenos de hoy. Y a la inversa, Chile alcanzará los actuales estándares australianos en unos ocho a diez años.
No hay más tiempo: On your marks, get set… •••