• 21 septiembre, 2007

No es cuestión de paranoia, pero lo que ocurre de verdad en Chile no está en las parrillas noticiosas.

Creemos saberlo todo y estar muy informados. Dominamos detalles y pormenores de episodios de actualidad que en otra época apenas hubieran merecido un suelto de página al lado del horóscopo. Sin embargo, bien podría estar escapándosenos lo importante. Como ahora nos manejamos dentro del concepto de agenda –y hablamos como si nada de agendas informativas o legislativas, de gobierno o de la que está prevista para tal o cual encuentro– nos engañamos dando por hecho que lo que no está en ellas simplemente no tiene cabida en la realidad. No califica ni existe. Después, por supuesto, con los años, venimos a reparar sin mucha sorpresa, curiosamente, que lo importante en rigor no estaba libreteado, que las agendas pasaron, envejecieron y hoy ni siquiera son reciclables como chatarra y que, en fin, no obstante haber estado ahí, fuimos entre inconscientes y miopes para darnos cuenta de fenómenos que ocurrieron delante de nuestras propias narices y que sí fueron verdaderamente decisivos para la sociedad chilena o para nosotros mismos.
No hay que ser ningún mago para advertir que eso también está ocurriendo aquí y ahora. Aunque a los sesgos del pasado y a las inercias mentales les encanta creer que las cosas verdaderamente importantes ocurren entre La Moneda, el Congreso y la sede de tres o cuatro partidos políticos, lo cierto es que en el Chile de hoy mayor gravitación que esas hojarascas están teniendo fenómenos asociados a la evolución de los mercados, a la curva descrita por los ingresos desde que la economía recuperó un ritmo decente aunque nada espectacular de crecimiento, a la forma en que se están organizando las empresas o las dinámicas de autonomía personal inducidas por la expansión del mercado interno, cosa que dejó sin gran repertorio, sin mayor magisterio y sin ningún instrumento de control a las antiguas dirigencias políticas, sociales, religiosas y culturales del país. Lo mejor es que muchas de ellas ni siquiera se han dado cuenta que en especial la llamada nueva clase media se les sublevó. Por eso es frecuente ver a parlamentarios, a obispos, a dirigentes sindicales, a señorones de viejo cuño todos, pasearse orondos y muy seguros del terreno que pisan, con una dignidad similar a la de esas estrellas extinguidas pero que todavía brillan en el firmamento.
¿Quién se dio cuenta oportunamente, a mediados de los 90, del tremendo cambio cultural que estaba en curso a raíz de la incorporación de amplios sectores hasta entonces excluidos de la economía del consumo? Sobre el particular las multitiendas y los malls podrían, con seguridad, hablar durante horas. Difícilmente, sin embargo, los dirigentes políticos o la cúpula de la CUT articularían algo más que dos o tres lugares comunes.
Los datos recogidos para la preparación del tema de portada de esta edición indican que una segunda fase de ese proceso se advierte con mayor intensidad incluso en los dos últimos años. Ahora es mucha más la gente que se está subiendo al tren del crédito, de la modernidad básica, del desarrollo. El proceso, salta a la vista, tiene mucho de apuesta competitiva y está lejos de haberse consolidado. Una crisis externa fuerte, una contracción financiera inesperada, podría dejar a maltraer a muchas empresas y sumir en la frustración a inmensos sectores de la población. Pero el fenómeno está ahí y día que pasa es día que se profundiza. Sin embargo, la noticia no está ahí. De eso se habla poco. La noticia está en lo que dijo o no dijo este o aquel senador, en las declaraciones de la presidenta, en los focos de violencia descontrolada que se tomaron los noticiarios la noche del 11 de septiembre último, los cuales a su vez –expurgados del fuego de las barricadas y de la desfachatez con que delincuentes armados se paseaban delante de las cámaras– también son parte de una trama disociadora que se ha ido extendiendo por distintos barrios periféricos y que ya impuso sus reglas del juego no solo en los días de protesta, como tendemos a creer. ¿En qué va a devenir esto? Seamos sinceros: con la capacidad de gestión que tiene en la actualidad el Estado chileno, con los énfasis autoflagelantes que arrastra la Concertación y que recoge en parte no menor el actual gobierno, ¿alguien cree que existe alguna posibilidad concreta de control sobre esta realidad ya desbandada? Si la hay, ¿en qué momento se comenzará ver algo parecido a un proyecto de rescate? Y si no hay, ¿qué es lo que viene después?
No es fácil saber qué está ocurriendo en lo profundo en el Chile de hoy. Pero démoslo por hecho: lo que está pasando no figura en ninguna agenda.