• 24 agosto, 2007

El proyecto garantista puede estar animado por causas muy nobles, pero no lleva al país muy lejos. Por Hector Soto
Tal como las personas se confunden y extravían cuando concentran todas sus energías en los dilemas más inmediatos del día a día, porque restan atención a sus proyectos más trascendentes, confundiendo lo urgente con lo importante, así también los países se enferman cuando no tienen otros temas que los de la contingencia diaria. Una contingencia inagotable, desgastadora y terriblemente improductiva.
Precisamente porque estamos apestados de cortoplacismo, es muy poca la gente que en Chile está mirando el futuro y quienes lo están haciendo apenas tienen peso en la escena política nacional. La presidenta y el gobierno –ella lo acaba de reafirmar en una entrevista reveladora– están empeñados en el gran desafío de las garantías, esto es, en garantizar a cada chileno cosas, derechos, bienes, pensiones y servicios elementales. Es un bonito objetivo. El problema está en que lo que el Estado y la sociedad pueden garantizarle de momento a los chilenos es poquísimo, si es que no francamente miserable, entre otras cosas porque todavía somos un país muy pobre, aparte de desigual. Poner entonces el acento en las puras garantías es comprarse hoy decepciones que serán muy duras mañana. El proyecto garantista puede estar animado por causas muy nobles, pero no lleva al país muy lejos. En rigor, más allá de corregir distintas desigualdades, lo cual está muy bien, lo deja donde mismo.
Se dirá que las cosas no están mal porque no tenemos ninguna crisis económica, social o institucional ad portas. Pero los países también naufragan cuando vegetan y desde este punto de vista tan peligrosas como las épocas de convulsión son las fases de sopor, de paja molida y modorra.
Así como vamos, lo que Chile vaya a ser en 20 ó 30 años será en lo menos un acto de voluntad de la actual generación y en lo más el resultado de los movimientos de distintas corrientes históricas y económicas que nos empujan en una dirección y en otra, simplemente porque nunca nos propusimos establecer una hoja nacional de ruta ni mucho cumplirla con pulso decidido y enérgico.
Tal como van las cosas, está casi al margen de dudas que en los próximos años difícilmente vamos a volver a crecer a tasas del 7% o superiores: entre nosotros, el desarrollo acelerado, sostenido y jugado a fondo, hace rato que dejó de ser una prioridad. Todo indica que tampoco vamos a tener como sociedad la fuerza necesaria para introducir grandes reformas al sistema político; tendremos entonces que arar con los bueyes que hay y quien aguarde una modernización profunda al aparato estatal puede desde ya tomarse unos cuantos años sabáticos y volver al país en bastante tiempo más a preguntar qué novedades podría haber en este frente.
La parte desalentadora de este cuento es que estamos menos blindados de lo que se ha dicho para lo que viene. Los recientes desencuentros que hemos vivido con Perú, por ejemplo, son lamentables no solo porque retrotraen el nivel de las relaciones a períodos muy críticos sino también porque terminan por derrumbar la última de las posibilidades que la cancillería estaba evaluando de convivencia civilizada con alguno de nuestros vecinos. Después de Kirchner y la crisis del gas esas perspectivas se malograron con Argentina. Con Evo Morales y la pretensión boliviana de mar “aquí y ahora” vienen por otra parte tiempos difíciles para las relaciones entre Santiago y La Paz. En cosa de pocos meses, el vecindario se complicó más allá de lo que cualquiera hubiera imaginado y en el largo plazo esta coyuntura va a tener costos que en Chile todavía nadie pareciera tomar en cuenta. Distintos estudios económicos señalan que los buenos países pero mal ubicados pagan un tributo de entre uno y dos puntos porcentuales en su tasa de crecimiento.
Tampoco corre a nuestro favor la creciente dificultad de las elites para ponerse de acuerdo en una agenda medianamente imaginativa de país para los próximos años. Hasta los propios consensos que se observaron en los 90 (democracia, mercado, apertura externa y Estado de Derecho) están al menos en alguna zona en entredicho. Dividido entre las dos inspiraciones o almas de la Concertación, el gobierno no se atreve a asumir riesgo alguno que por contentar a los de acá pueda crispar a los de allá. Y la oposición ha tenido serias dificultades en desplegar un proyecto de país articulado y confiable. El resultado es que hoy nadie está hablando de sueños ni de grandes proyectos, que la clase política se maneja bien en el discurso de la promesa pero extremadamente mal en el de los hechos y que está creciendo la brecha entre las expectativas sembradas y los rendimientos efectivos de la marcha del país. Esa brecha ha sido parte de los peores momentos de la historia de Chile y si de algo podemos estar seguros es que de ella nada bueno puede salir.