• 7 septiembre, 2007

Chile y el neoliberalismo: los secretos y las mistificaciones, las verdades y las mentiras.por Hector Soto

El modelo vuelve al centro del debate y nuevamente se escuchan disquisiciones puntillosas tanto sobre la persistencia como sobre el fracaso y la erradicación del neoliberalismo en Chile. El tema se presta igual para un barrido que para un fregado y da literalmente para todo. Da para que el ministro de Hacienda diga que el neoliberalismo fue desterrado hace 17 años. Da para que la CUT convoque a una movilización nacional de protesta y rechazo a lo que supuestamente fue derrotado y dejó de existir hace 17 años. Da para que distintos comentaristas señalen –con lógica no necesariamente aristotélica– que está claro como el agua que el modelo actual no tiene nada que ver con el que dejó Pinochet el año 90, “porque es cosa de verlo no más”, y da, en fi n, para que más de alguien invoque como prueba definitiva e irrefutable de que el país está en otro esquema de desarrollo la reforma previsional impulsada por la presidenta Bachelet, que establece una pensión mínima solidaria en realidad no demasiado diferente a la que consultó el DL 3500, solo que ahora, cuando estamos en tiempos de bonanza, tendrá alcance universal.

Ciertamente, no es mucho lo que se puede sacar en limpio de un debate así. Hoy por hoy, más que una estrategia concreta de desarrollo, más que una determinada manera de alinear los incentivos en la economía, el neoliberalismo designa un fetiche elaborado a partir de consignas ideológicas y asociado a un sistema donde la actividad productiva está organizada de tal modo que los ricos sean cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. El neoliberalismo entonces pasa a ser una construcción intelectual donde la izquierda pone todo lo que odia y en rigor merece ser odiado: la injusticia social, el autoritarismo, las relaciones sociales de dominio y sumisión, la explotación abusiva de los que son más y tienen menos por parte de los que son menos y tienen más.

La pregunta es si fue este el neoliberalismo que se aplicó en Chile cuando se abrió la economía, cuando se abolieron los controles de precios, cuando se terminaron los aranceles y los impuestos diferenciados, cuando se reconocieron los derechos de propiedad como antesala para el funcionamiento de los distintos mercados y cuando el Estado, junto con desregular la actividad en diversos sectores económicos, se deshizo de una enorme cantidad de empresas que por motivos políticos o por rebotes económicos había caído en sus manos. La respuesta, por supuesto, es que no. El efecto de esos procesos no fue hacer más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. Fue potenciar la generación de riquezas y acelerar el ritmo del crecimiento de la economía. El efecto fue generar más empleos, reducir significativamente la pobreza, generar mayores oportunidades de superación a las personas, renovar un poco las elites con recambios meritocráticos y configurar una sociedad que, junto con cubrir los atávicos déficits de consumo del viejo Chile, terminó siendo bastante más autónoma que la anterior en sus percepciones y conductas y que de hecho está replanteando –ahora sobre bases que no tienen nada que ver con el clientelismo o el temor– su relación con los partidos, los patrones, las iglesias, los medios de comunicación y con el propio aparato estatal.

En buena hora si los gobiernos concertacionistas sienten que por el hecho de haber podido incrementar el gasto social el modelo cambió. Si pudieron aumentarlo, en todo caso, no fue por puro voluntarismo político. Fue porque la dinámica del crecimiento inducida por el propio modelo generó mayores recursos al Estado. Que el énfasis social haya generado un cambio de tal magnitud que convirtió el modelo original en otro diferente es una discusión que se debate entre el tartufismo político y la esterilidad.

Dado que la Concertación nunca reconoció el mérito de las políticas liberales y de mercado que adoptó Chile en los años 70 y 80, no obstante haber gobernado con ellas cuando llegó al poder y no obstante haberlas profundizado en muchos casos (por ejemplo, reduciendo aranceles o desarrollando la profundidad del mercado de capitales, entre otros aportes), la relación del oficialismo con el modelo es equívoca y está llena de imposturas y cinismos. Ni Aylwin ni Frei ni Lagos tuvieron el coraje político de reconocer que éste era el camino que acercaba el país al desarrollo; tampoco el de advertir que el populismo o el intervencionismo eran derroteros que lo alejaban. Tal ambivalencia, que ha sido parte de la escena política chilena de los últimos años y que ahora está adquiriendo caracteres esquizofrénicos, volvió a generar equívocos a fines del mes pasado y puede haber llegado a su paroxismo cuando tanto el partido eje de la actual administración, el PS, como algunos ministros hablaron incluso de plegarse a una protesta que –no había que ser muy listo para advertirlo– iba dirigida contra el propio gobierno. ¿Quién entiende este enredo? La presidenta Bachelet lamentó la decisión de su partido y dijo que no se podía apoyar al gobierno día por medio. Claro que tampoco es muy razonable suscribir el actual modelo un día, cualquiera sea el apellido que se le ponga, y exhortar a lincharlo al otro.