El Oscar a Scorsese no fue un asunto de justicia. En el mejor de los casos fue una elemental cuestión de gratitud. Bueno, más vale tarde que nunca. Por Héctor Soto Finalmente Martin Scorsese terminó subiendo al estrado de la Academia tras haber fracasado en cinco nominaciones anteriores. El Oscar al mejor director que se […]

  • 9 marzo, 2007

El Oscar a Scorsese no fue un asunto de justicia. En el mejor de los casos fue una elemental cuestión de gratitud. Bueno, más vale tarde que nunca.

Por Héctor Soto

Finalmente Martin Scorsese terminó subiendo al estrado de la Academia tras haber fracasado en cinco nominaciones anteriores. El Oscar al mejor director que se llevó a casa la noche del domingo 25 de febrero probablemente no le agrega un solo centímetro a su estatura como cineasta. Al final, el reconocimiento habla mejor de Hollywood que del autor de Taxi Driver y El toro salvaje. Debe haber sido además tremendamente emocionante para él recibir el premio de manos de tres portentosos cetáceos de la industria, Ford Coppola, George Lucas y Steven Spielberg. En un milagro que el proscenio del Kodak Theatre no se haya hundido con tanto peso. En ese trío tal vez había más épica, polvo de carretera, complicidades y millones de dólares que en todo el resto de la audiencia. El Oscar es la corona con la que la industria distingue a sus hijos predilectos y, sin haber sido jamás su lacayo, teniendo tras suyo –incluso– una trayectoria que durante años lo circunscribió a los márgenes y a la periferia del negocio, quizás costaría encontrar a un tipo que haya amado tanto y con tanta incondicionalidad a Hollywood como Scorsese.

No debiera extrañar que sea Los infiltrados la película que finalmente terminó sellando las paces de Scorsese con la Academia. Desde luego no es la más original de sus obras y bien podría ser la más próxima a las matrices en que se mueve la industria. Si es que se trataba de una suerte de transacción, el premio no puede ser más consecuente. La ecuación perfecta: no pierde Hollywood, tampoco gana tanto Scorsese y todos pueden volver satisfechos a casa.

Esa mirada entre paranoica y política tiene, eso sí, sus riesgos. El primero, el más evidente, es perder de vista lo fundamental y es que Scorsese, con todo lo excesivo, intenso y demencial que pueda ser, nunca fue un cineasta que vino al mundo a anunciar un nuevo testamento fílmico. Aun sus películas más enloquecidas y arriesgadas –digamos Taxi Driver, El rey de la comedia o, mejor, esa obra ferozmente incomprendida en su momento que fue El toro salvaje– se inscriben en una tradición de rechazo y malestar que no es ajena a las corrientes más subterráneas del cine de Hollywood.

A diferencia de un Godard, que se planteó como ángel exterminador del viejo cine, a Martin Scorsese nunca lo animó propósito demoledor alguno. No solo en esto su experiencia se parece un poco a la de François Truffaut (ambos compulsivos, ambos cinéfilos a tiempo completo, ambos infatigables, ambos torrentosos y frenéticos al hablar). El autor de Los 400 golpes repudió con una virulencia inaudita y misional el cine francés que él vio en los años 50. Lo maldijo y lo escupió. Pero no porque quisiese reinventarlo, sino porque quería devolverle la frescura, el misterio y la verdad que por entonces había perdido. Por eso Truffaut reivindicó a los viejos, a los maestros (Renoir, Bresson, Tati). Se diría que Scorsese también hizo otro tanto. A su modo, claro. Su disgusto con el cine dominante en los momentos en que él comenzó a filmar –a fines de los años 60– está en que Hollywood se había anquilosado en términos de temas y en términos de formas. Su programa prescribía que había que volver a la edad dorada. Y demostrar que aun tratándose de películas más o menos impersonales o de género, como es el caso seguramente de Los infiltrados, él las podía filmar mejor que cualquier otro, con más estilo, con más inteligencia y con más pasión. Lo hizo, la Academia se sacó las anteojeras y el Oscar que le estaban debiendo desde hace años, después de todo, fue para él. Ya era hora.