• 19 octubre, 2010


Me parece muy vacuo que la vida gire en torno al consumo y que el trabajo se comprenda como un mero medio para pagar las cuotas de compras ya realizadas; todo, vacío de contenido ético y de servicio a los demás.


He estado observando con la mayor atención lo que se promueve a través de los medios de comunicación social. Un ítem importante es la comida. Se estimula el comer bien y no sólo por parte de los seres humanos, sino que también de los perros y los gatos. Se difunden las sustancias que permiten una buena digestión. Siempre, asociado todo a una cara feliz y saludable. También se promocionan con fuerza los artículos de belleza y los productos para adelgazar. Pareciera ser que mantenerse joven o aparentar serlo es un imperativo en la actualidad, lo que se traduce en una oferta de múltiples manufacturas que ha desencadenado un mercado altamente competitivo.

Otro producto que se promueve abundantemente es el de los créditos de consumo. Se ofrece obtener grandes sumas de dinero pagaderas en cómodas cuotas mensuales para gastar. Llevan la delantera los viajes, los autos. Pareciera ser que la sociedad se mueve en torno a la comida, la digestión y el uso de bienes y servicios. Pareciera ser que el lema es: aproveche la vida, páselo bien, coma, véase bien. Junto a ello, el nivel de endeudamiento es altísimo. El bicentenario nos sorprende más consumistas y, creo, más superficiales. Me pregunto: ¿se puede vivir así? ¿Puede sustentarse una vida en torno a la comida, a una buena digestión, a la entretención y a la belleza física? Creo que no. Y la razón es muy sencilla: la comida y la salud son bienes importantes pero instrumentales, que están al servicio de un bien mayor que
es el hombre, en su doble condición corporal y espiritual. Me parece muy vacuo que la vida gire en torno al consumo y que el trabajo se comprenda como un mero medio para pagar las cuotas de las compras ya realizadas; todo, vacío de contenido ético y de servicio a los demás. La vida así entendida no puede sino
llevar a la desesperación, y literalmente: a la falta de esperanza.

Sumado a este panorama apreciamos como la misma sexualidad humana, valor riquísimo en cuanto posibilidad privilegiada de entrega y apertura a la vida, se ha convertido en un producto más de consumo, vaciado de su dimensión amorosa y de compromiso. La llamada educación sexual en los colegios se limita prácticamente a enseñar a los adolescentes a usar preservativos y píldoras anticonceptivas para no sufrir las consecuencias de este nuevo producto que da placer: el sexo.

Banalizados el trabajo y la sexualidad humana, empobrecemos al hombre y lo propiamente humano, que es comprenderse como un ser para los demás. ¿No será esa la causa de los problemas sociales que nos aquejan, como la elevada tasa de divorcios y el alto nivel de violencia que observamos al interior de las familias, las escuelas, las calles y, en definitiva en toda la trama social? El golpe, la palabra hostil, la indiferencia son la manifestación de la rabia que se experimenta al no cumplir las expectativas que tengo de acuerdo a lo que yo creo que significa ser un ser humano. El hombre se ha convertido en referente de sí mismo y como valor absoluto. Los medios de comunicación son eco de aquello, promoviendo un estilo de vida hedonista que se ha filtrado en todo el tejido social. Los resultados no son muy alentadores. ¿Se puede vivir pensando qué se va a comer mañana, qué voy a comprar mañana, dónde puedo conseguir más dinero con el menor esfuerzo posible? No, no se puede vivir así, porque el hombre queda encerrado en sí mismo, atrapado en el tener, olvidando su dimensión trascendente y su anhelo de sentido y de verdad.

El hombre, en cuanto ser que se debe a los demás, que se debe a Dios y cuya búsqueda es una aventura que lo inunda todo, es lo más propio de su condición de creatura única, corporal y espiritual. La aventura que significa ser hombre conlleva comprenderse como misterio que se esclarece en la verdad de su ser. ¿Se puede vivir sin saber quién se es? Creo que no. A lo más se sobrevive, se vegeta. Pero no se vive con mayúscula porque, pensando sólo en comer y consumir y pasarlo bien, el horizonte de la vida se estrecha. Uno de los aportes importantes que realiza la Iglesia a la sociedad es darle a conocer la verdad acerca del hombre revelada por Jesucristo. Este hombre, imagen y semejanza de Dios, llamado a la vida eterna y cuya vida alcanza su zenit en la entrega sincera de sí mismo a los demás, es el corazón de su enseñanza. El hombre, amado por sí mismo, encuentra su razón de ser amando a los demás y se convierte en la ética que mueve su vida y le da sentido. Esta perspectiva de servicio es un llamado universal que se fundamenta en que los talentos recibidos son un don que está llamado a convertirse en un don para los demás. Un gran proyecto bicentenario será revisar si es el amor el motor del país que queremos construir… o no. Una muy buena estrategia sería dar a conocer personas virtuosas que, con su testimonio, nos muestren que es mejor dar que recibir. Y, créame, abundan en el más absoluto anonimato.