• 1 julio, 2011



En Chile hemos ido perdiendo virtudes como el esfuerzo, la austeridad, el respeto y también la vergüenza frente a algunas faltas. Existe un bajo sentido de responsabilidad y no hay un castigo social –o no lo había hasta ahorapara los involucrados en escándalos como el de La Polar.


Parlamentarios que no asisten a las votaciones, pasajeros que no pagan su boleto, directores de empresas que no ejercen su rol, propuestas de campaña que se posponen y se siguen posponiendo, profesores mal evaluados protestando por más recursos, empresas auditoras que no fiscalizan, economistas que opinan sobre la base de dogmas y no a partir de evidencia científica, leyes que prohiben el lucro y que nadie hace cumplir, políticas públicas mal diseñadas, eufemismos para no decir las cosas por su nombre, institucionalidad ambiental que no se respeta, noticiarios sin noticias, etc., etc.

¿Le resulta familiar esta situación? A mi parecer este escenario explica las masivas protestas ciudadanas, la baja significativa de todos los sectores políticos y el alto rechazo al gobierno. Y a la oposición.

Chile es en muchos aspectos un gran país. Se han hecho reformas innovadoras, se ha trabajado mirando el largo plazo, con responsabilidad fiscal, evitando el populismo y buscando soluciones pragmáticas. Pero también somos un país que ha ido perdiendo en virtudes como el esfuerzo, la austeridad, el respeto y también la vergüenza frente a algunas faltas.

Hay al menos tres factores comunes en las situaciones antes señaladas: alguien no ha hecho bien su trabajo, existe un bajo sentido de responsabilidad y no hay un castigo social asociado a las faltas anteriores. O no lo había hasta ahora.

Chile tiene que cambiar este rumbo. Los países serios se forman con trabajo, esfuerzo, responsabilidad, respeto por la institucionalidad e instituciones respetables. El desarrollo se alcanza con políticas públicas eficientes de largo plazo, no buscando aplausos de corto plazo o portadas en revistas.

¿Cómo es posible que una empresa del retail de vasta trayectoria, con una importante cartera de clientes, con ejecutivos bien educados y bien pagados, llegue a la situación en la que se encuentra La Polar? Un conjunto de personas altamente calificadas no hizo su trabajo. Una plana mayor de ejecutivos adiestrados en las mejores universidades del país (con sueldos del 5% superior de la distribución del ingreso), un directorio con reconocida experiencia en este tipo de responsabilidades y prestigiosas (aunque quizás ahora no tanto) empresas auditoras y clasificadoras de riesgo dejaron de hacer su trabajo, desconocieron su responsabilidad y, en muchos casos, lo hicieron sin vergüenza.

En otro nivel, cuando un trabajador saca la vuelta, no paga un pasaje de bus o hace una tarea a medias, la sociedad pierde. Cuando la elite política, económica y empresarial deja de hacer su trabajo el país también sufre las consecuencias. Cuando no pagar un pasaje del Transantiago o romper bienes públicos es celebrado por los pares, o cuando los empresarios estafan a sus clientes o maltratan a sus trabajadores y sus pares no los sancionan, el país pierde aún más.

Cuando se pretende calificar una estafa como “mala práctica”; cuando los directores y ejecutivos señalan haber sido “víctimas” de otros, tampoco estamos asumiendo la responsabilidad que corresponde. Aquellas clasificadoras de riesgo que asignaron las más altas calificaciones no hicieron bien su trabajo, aquellas empresas responsables de auditar lo hicieron mal. Si todas estas personas recibieron un buen pago por su trabajo, ¿por qué no hicieron su labor? ¿De qué manera las sancionará el mercado? Para que esto no vuelva a ocurrir debe haber un castigo social. Y para ello, hay que evitar los eufemismos, la omisión de nombres y las explicaciones que no explican nada. Por eso, se agradece cuando una ministra de Estado habla claro y llama las cosas por su nombre.

Y como reflexión final: de todas las cosas que estamos haciendo mal, la que estamos haciendo peor es la definición de política educativa. Y de todos nuestros errores, este es el que nos saldrá más caro.

En Chile, un país con alta desigualdad de ingresos y de oportunidades, la educación juega un rol central. No sólo por sus positivos efectos en productividad y crecimiento, sino también porque provee libertad a aquellos individuos de origen humilde, cuyo único instrumento de movilidad social es acceder a una educación de calidad y competitiva para el futuro. Un cambio de alta magnitud implica repensar todo el sistema educativo, desde el nivel preescolar al terciario. Esto requiere un compromiso país, un plan estratégico que reconozca la urgencia del problema y, no menos importante, que nuestros líderes estén dispuestos a sacrificar aplausos y popularidad por un trabajo bien hecho. Que la ciudadanía entienda que inevitablemente se necesitarán recursos de otras áreas. Y que la elite de nuestro país se dé cuenta de que la mejor política pro crecimiento, libertad, innovación y paz social es la misma: educación de calidad para todos.

Esto es un desafío mayor que sólo podremos alcanzar si todos hacemos bien la pega.