El debate sobre los precios de alimentos, su vinculación con la producción de energía alternativa y los subsidios a estas industrias son de presencia permanente en Washington y en los principales medios de comunicación.


Desde la teoría de Malthus en el año 1798, enunciada en su Ensayo sobre el principio de la población, hasta La bomba de la población de Paul Ehrlich en 1968, y la publicación de Los límites del crecimiento se estimó que la población del mundo crecería más rápido que la producción de alimentos. Pero si bien esto no ha sucedido, ni parece que fuera a pasar, el aumento de los precios está generando enormes transferencias de riquezas y pérdidas de ingresos, y está empujando a comunidades enteras a la pobreza: 44 millones de personas el año pasado, de acuerdo al Banco Mundial.

A nadie se le escapa que la demanda de alimentos está creciendo a nivel global, siendo tal vez China el principal generador de nuevo consumo. La población mundial se estima en más de 9 mil millones de personas para 2050: un crecimiento de aproximadamente 40% del nivel actual, de acuerdo al Population Reference Bureau. Pero la demanda por alimentos se duplicará, tanto por el crecimiento de la población como también por el incremento de la clase media, que exigirá una mejor y más balanceada alimentación. Según el Banco Mundial, para 2030, de 352 millones de individuos con ingresos medios de 16 mil dólares anuales se pasará a 2.100 millones.

La acción de los gobiernos no parece estar generando soluciones, sino más bien lo contrario, de acuerdo a analistas y empresarios del sector. Greg Page, presidente de la empresa Cargill, una de las más grandes productoras de alimentos del mundo, señalaba a su audiencia en la Asociación Americana de Grain and Feed que las principales causas del aumento de los precios de los alimentos son las intervenciones de los gobiernos y el subsidio a otras industrias, como la energía; que no sólo generan incrementos de precios, sino que disuaden a las personas de llevar a cabo nuevas inversiones e innovaciones.

Existe una estrecha conexión entre ambos sectores. Los enormes montos de los subsidios del gobierno estadounidense a la producción de etanol basada en maíz están generando la reasignación de campos, anteriormente utilizados para el cultivo de alimentos, al cultivo de productos para energía. La energía almacenada en el maíz puede ser utilizada para alimentar una persona o para mover un coche. Pero de acuerdo a Peter Brabeck-Letmathe, presidente de Nestlé, la compañía suiza, “los políticos no entienden que entre el mercado de alimentos y el de energía hay un fuerte vínculo”.

“El mercado de energía, continúa Brabeck-Letmathe, es 20 veces más grande en consumo de calorías que el de alimentos. Cuando los políticos dicen que quieren reemplazar el 20% del mercado de energía a través de la utilización de alimentos, esto quiere decir que tenemos que triplicar la producción de alimentos para llegar a la meta”.

También la producción de comestibles presenta estrecha relación con el petróleo. El aumento del precio de éste en Medio Oriente impacta directamente en la producción de alimentos, que traslada ese mayor costo de la energía al consumidor. Pero también tiene implicaciones geopolíticas.

Los principales exportadores de alimentos en el mundo son Estados Unidos, Canadá, Australia, Argentina y la Unión Europea. Todos ellos, importadores de petróleo. Mayores precios de energía resultan en mayores precios de alimentos, que repercuten en esos mismos exportadores de energía. Paradojas de la globalización.

Estos factores, más el crecimiento de las clases medias en los países emergentes y la falta de interés en los países desarrollados por desregular su producción de alimentos, seguirán generando tensiones entre la producción y el precio.

“Las necesidades de alimento y energía se han convertido en fundamentales fuerzas en el orden geopolítico”, dice Niels Jensen, analista del fondo de inversion Absolute Return Partners. Ojalá los líderes políticos lo entiendan también.