Sus primeros años de formación en el hogar, el colegio y la universidad; sus primeros negocios, su visión de los personajes históricos y su enfoque del momento actual. En fin, muchas hojas del libro de su vida fueron las que el empresario Ricardo Claro estuvo dispuesto a exhibir en esta entrevista; probablemente, una de las más memorables que me ha tocado realizar. Por Patricia Arancibia Clavel.

  • 30 abril, 2008

Sus primeros años de formación en el hogar, el colegio y la universidad; sus primeros negocios, su visión de los personajes históricos y su enfoque del momento actual. En fin, muchas hojas del libro de su vida fueron las que el empresario Ricardo Claro estuvo dispuesto a exhibir en esta entrevista; probablemente, una de las más memorables que me ha tocado realizar. Por Patricia Arancibia Clavel.

 

 

Cuando niño, su abuela le decía que tenía cara de juez del crimen. Y algo de cierto hay en ello. Pero detrás de su imperturbable seriedad se esconde un hombre mucho más cálido, abierto y entretenido que lo que la gente cree. Satisfecho de la vida, activo y siempre pensando en nuevos proyectos, Ricardo Claro Valdés tiene mucho “cuento”. Este exitoso abogado, profesor universitario y agudo empresario tiene fama de ser una de las personas mejor informadas y relacionadas de Chile. Ha sido testigo y protagonista de acontecimientos decisivos de nuestra historia reciente y ha tenido la oportunidad de tratar con personalidades de la talla de Benedicto XVI cuando todavía era el cardenal Ratzinger; de Henry Kissinger en la plenitud de su influencia y de Deng Xiao Ping en los años en que estaba dando un giro copernicano a la economía china. Sus Memorias –si decidiera escribirlas– no sólo serían un éxito editorial, sino un aporte significativo para el conocimiento y la comprensión de muchos hechos inéditos y desconocidos. Todavía no he logrado convencerlo. Sin embargo, aceptó esta entrevista sin cuestionario previo y me sorprendió la naturalidad con que a través de un hablar lento y pausado fue desgranando sus recuerdos, permitiéndome hurgar en algunos aspectos de su vida personal que pueden ayudar a develar el aura de misterio que rodea su figura.

 


-Don Ricardo, no es desconocido el aporte que varias de sus empresas realizan para apoyar el desarrollo cultural del país. ¿Cuándo y cómo surgió su interés por el mundo del arte, de la historia y de la cultura en general…?

-Fue durante mi infancia y gracias a mi abuelo materno, Ricardo Valdés Bustamante quien, entre otras cosas, fue senador y ministro de Hacienda. Cuando yo era chico, él era corredor de la Bolsa y llegaba a nuestra casa para ayudarme –al igual que a mis otros dos hermanos– a hacer las tareas y a ser un buen alumno. Fue él quien me enseñó a leer el diario cuando yo tenía siete u ocho años. Recuerdo que leía El Imparcial y –ya en ese tiempo– La Segunda. Fue mi abuelo también quien me incentivó el gusto por la historia, tanto de Chile como universal, y me abrió al mundo del arte y la pintura. Era un gran admirador de Velázquez y El Greco, así como de los impresionistas, en una época en que pocos se interesaban en ellos.

 


-Ud. proviene de una familia tradicional, pero de raigambre más bien liberal. ¿Cómo fue que forjó su tan acendrado catolicismo?

-Es cierto. La verdad es que en mi casa existía una religiosidad un tanto fría. Pero yo me eduqué en el Saint George’s, que primero dependió del Arzobispado y luego pasó a ser dirigido por sacerdotes norteamericanos de la congregación Holy Cross. Allí recibí una formación religiosa muy ortodoxa, dentro de un ambiente de libertad y de mucha apertura en lo social. Sin embargo, quien verdaderamente me dio a conocer otra dimensión de la fe fue Jaime Eyzaguirre cuando yo ya estaba en la Universidad. Fue él quien infl uyó en hacerme cambiar una fe superficial por una más profunda, cooperando con ello a que mi vida fuera adquiriendo otro sentido.

 


-Cuénteme un poco de su adolescencia, de sus amigos del colegio, sus pololas, sus hobbies…

-Bueno, el período en que comenzó a bajar un poco mi rendimiento escolar coincidió con la época en que empezaron a interesarme las niñas. La verdad es que no tuve el éxito que yo esperaba. Si bien tuve buenas amigas, no fui muy pololo porque las que me gustaban no me hicieron caso. Yo era bastante tímido. Por otra parte, mis amigos de entonces eran Gustavo Vicuña, hoy en la Fundación Las Rosas, un hombre muy inteligente; Marcial Parada, que luego se convertiría en sacerdote y Carlos López Urrutia, que vive en Estados Unidos y es autor de varios libros históricos. También estaban en el colegio Javier Vial y Fernando Larraín, con los cuales con el tiempo me asocié para hacer negocios. Por último, entre mis entretenciones estaban jugar fútbol –lo hacía harto mal– e ir al estadio. Desde los ocho años fui socio e hincha de la Católica. Con todo, mi gran hobby siempre fue la lectura, especialmente libros de historia.

 


-¿Cuándo y por qué entró a estudiar Derecho a la Universidad de Chile?

-En 1952 y a pesar que mi corazón estaba con la Católica por mi club deportivo, lo pensé mucho y llegué a la conclusión de que irme a la Católica iba a ser la prolongación del colegio y yo quería conocer el Chile real: masones, comunistas, socialistas, de todo. No me arrepiento para nada de esa decisión.

 


-Y, ¿conoció a ese Chile real?

-Claro que sí. Tuve la suerte de tener excelentes profesores y un grupo de compañeros muy notables y capaces, de distintas tendencias políticas y posiciones sociales. Me vienen a la memoria Eugenio Valenzuela Somarriva, que fue miembro del Tribunal Constitucional; Julio Luna, que era comunista y al cual le perdí la pista; Luis Ortiz Quiroga, el galán del curso y al cual todas las mujeres le coqueteaban; Alfredo Nazar y Raúl Brañes que, siendo radical, se hizo luego comunista; Juan Bambach, muy buen alumno y que había sido compañero mío en el colegio al igual que Juan Colombo. En la escuela me relacioné también con Juan Agustín Figueroa, ex ministro de Agricultura y presidente de la Fundación Neruda, a quien conocí peleando…

 


-¿Cómo fue eso?

-Peleando por materias de fe. Es que Juan Agustín era masón y yo católico, lo que nos hacía discutir mucho. Eramos distintos, pero nos hicimos muy amigos, hasta el punto que cuando él se casó y tuvo a su último hijo me pidió que yo fuera su padrino. Le dije que sí, pero con la condición que fuera bautizado. El aceptó y lo hicimos bautizar por el padre Gabriel Guarda.

 


-Es interesante lo que me cuenta, porque Ud. tiene fama de intolerante… ¿lo es?

-Puede ser que en alguna época yo haya sido muy intolerante. Pero, después aprendí que había que ser intolerante con el error, pero no con las personas. Tengo amigos que piensan muy diferente a mí, tengo varios amigos socialistas, tengo amigos de todos los partidos, salvo el Comunista…

 


-Quizás la intolerancia surge de ellos…

-Puede ser, quién sabe…

 


-Ud. me habló de que tuvo buenos profesores en la Universidad. ¿Hubo alguno que lo influyó de manera especial?

-Sin duda alguna, Jaime Eyzaguirre, quien fue mi profesor de Derecho Constitucional e Historia del Derecho. Junto con mi abuelo, fue el hombre que más influyó en mi formación. Aparte de haber sido un gran historiador –hispanista hasta la médula– era también un excelente profesor, lo que no siempre va de la mano. Yo había leído en el colegio su biografía de O’Higgins, la cual me impresionó mucho. Debo admitir que me encantó desde que escuché su primera clase y así le ocurrió a mucha gente del curso. Fue una persona muy querida por moros y cristianos y dedicó gran parte de su vida a educar. Era un católico muy fervoroso, un gran modelo de coherencia y consecuencia. Me encantaba ir a verlo a la librería “El Arbol”, que dirigía. Allí mantuvimos innumerables conversaciones sobre lo humano y lo divino.
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-Generalmente es en la época universitaria cuando surgen las vocaciones políticas. ¿Qué pasó en ese plano con Ud.?

-Yo milité en la Juventud Conservadora y mi padre –liberal de tomo y lomo– casi me mató… En primer año fui candidato a delegado de curso. Los conservadores no sacaban delegados hacía diez años, pero logré una alta votación que me permitió participar en el Centro de Derecho y compartir con políticos que luego fueron importantes en la actividad nacional como Anselmo Sule, Orlando Cantuarias y Fernando Coloma. Con todo, a poco andar me frustré. Hubo muchas peleas dentro del partido entre los colomistas y los no colomistas y yo no pertenecía a ninguno de esos bandos. Entonces, me harté de las rencillas y dejé de participar…

 

“Una de las cosas
importantes que
aprendí de mi abuelo
fue que para poder
surgir en la vida
había que ahorrar. El
ahorro –me insistió
muchas veces– es
fundamental”

-Parece que las rencillas en la derecha nunca terminan… ¿Cuál cree Ud. que es la causa?

-Eso da para un comentario largo, pero en síntesis lo que pasa, lo que ha pasado muchas veces, es que no se lucha por ideas, sino por ambiciones personales. Al parecer, interesan más los cargos y la figuración que el realizar acciones tendientes a solucionar los grandes problemas que tiene el país. Muchos olvidan que la política es una actividad noble, destinada a servir al bien común. Este fenómeno se da también en la izquierda y en todos los partidos. En estos momentos, el cuadro es desolador. Yo lo caracterizo como un período pre-anárquico…

 


-¿Tan así?

-Sí. Soy pesimista del futuro inmediato. Lo que caracteriza a la anarquía es la confusión y hoy existe una gran confusión, fuera de toda lógica. Los partidos están muy divididos y en algunos la división es acentuada. Mucha gente se ha retirado. Me parece que esto no contribuye a que al país le vaya mejor.

 


-Hablemos un poco de su espíritu de emprendimiento y del origen de sus negocios. ¿Cómo fue que ganó sus primeros pesos?

-Una de las cosas importantes que aprendí de mi abuelo fue que para poder surgir en la vida había que ahorrar. El ahorro –me insistió muchas veces– es fundamental. Le cuento, por ejemplo, que cuando yo estaba en el colegio, mi padre me daba una mesada de $50 mientras que a otros compañeros les daban $100. Pero llegaba el jueves y todos me pedían prestado. Por otra parte, ya a los 15 años había aprendido de los mercados bursátiles. Me acuerdo de que con mis primeros ahorros compré bonos hipotecarios pero rápidamente me di cuenta de que conla inflación que había en Chile eran un desastre. Cambié entonces mis inversiones a la moneda dura de entonces, el dólar, lo que hoy me hubiera significado la ruina, y compré unas pocas acciones en la salitrera Iquique y en Lautaro Nitrate, que daban en esa época buenos dividendos en dólares. También puse unos pocos pesos en la Sudamericana de Vapores. Todo esto lo hice estando en el colegio y antes de ponerme a trabajar con mi padre en la Bolsa, lo que hice durante dos años estando ya en la Universidad.

 


-Ahí en la Bolsa siguió aprendiendo…

-Al comenzar a trabajar con mi padre, él me dio una participación en la sociedad. Yo fui miembro de la Bolsa a los 17 años. Ahí ya ganaba bastante dinero en comparación con mis compañeros. Además, también ahorré y me fue bien. Luego, estando en quinto año de Derecho, entré a trabajar en el estudio de Claro y Cía. Al principio me pagaron bastante mal como procurador: $5.000. Me acuerdo que Benjamín Claro –quien me contrató y se convirtió en un verdadero padre para mí– me dijo: “en Inglaterra son los padres los que pagan a los estudios para que contraten a sus hijos”. Bueno, después me recibí de abogado y comencé a ganar mejor.

 

-Pero fue a mediados de la década del 60 cuando Ud. empezó a hacer su fortuna…

-Yo me mantuve ejerciendo como abogado por muchos años, aunque no dejé de hacer negocios. Por esa época seguí comprando acciones y con mi hermano Jaime y dos amigos más, Javier Vial y Fernando Larraín, adquirimos una compañía de seguros y acciones del Banco Hipotecario. Bueno, y de repente tomamos el control del banco, porque yo produje un terremoto, ¿Se acuerda?

 


-Fue cuando nació el grupo de los pirañas, ¿no?

-Claro. De un golpe y por sorpresa derribé al directorio del Banco Hipotecario. Es que en aquel entonces se hacían elecciones parciales de directorio, no se elegían en una totalidad y resultó que había que elegir tres directores. Vial y Larraín estaban juntando poderes para elegirlos cuando, de repente, me di cuenta de que teníamos más de la mitad de las acciones del banco. Entonces les dije: “aquí se puede revocar el directorio por sorpresa y podemos elegir la mayoría de éste”. No me creyeron. Entonces les insistí: “aquí se puede revocar el directorio por sorpresa y podemos elegir la mayoría de los directores”. Volvieron a no creerme, pero yo estaba 100% seguro. “Hay un artículo en el Código de Comercio –les reafi rmé– que es clarísimo, pero para mayor seguridad voy a consultar al superintendente de Bancos”. El superintendente era don Raúl Varela, un gran profesor de Derecho Comercial en la Universidad de Chile, a quien yo conocía mucho. Le fui a consultar y me dijo que tenía toda la razón. Mandó entonces a un delegado con instrucciones de aceptar su predicamento, y así fue, pues. Le di aviso previo a dos personas que eran parte del directorio: don Francisco Bulnes Correa, muy amigo de mi familia, y a don Arturo Matte Larraín, primo hermano de mi abuela y al cual yo conocía mucho. Los reelegimos a los dos en la junta un día sábado, pero don Pancho no aceptó y renunció el lunes diciendo que esto era algo que pasaba por primera vez en América latina. Don Arturo se quedó con nosotros.

 

-¿Por qué fueron bautizados como “pirañas”?

-Porque el lunes en la Bolsa, todos comentaron la “movida” y se dijo: “son los pescaditos chicos que se comen a los grandes”.

 


-Y de ahí usted no paró… ¿Cuánto apego le tenía en esa época al dinero?

-Le tenía más apego de lo que le tengo hoy día. Si bien yo diría que no soy un hombre demasiado rico, sí soy un hombre con fortuna, lo que me permite hacer cosas que sin dinero no podría hacer. Además, en general, hay que tener buena voluntad. Considero que es una obligación del católico que tiene un buen pasar ayudar a ciertas personas y a ciertas obras.

 


-Ud. mostró desde joven una gran capacidad para los negocios y por muchos años, desde 1961 hasta 1990, fue profesor de Política Económica en la escuela de Derecho de la Universidad de Chile. Es curioso que haya preferido ser abogado y no economista…

-Creo que a los abogados se les forma con una cultura más amplia y completa que a los economistas. Estos últimos tienen, a mi juicio, vacíos importantes en su formación. Por ejemplo, en la Universidad Católica no les enseñaban historia económica y gran parte de los economistas que estuvieron en el gobierno militar mostraron esa falencia. En la escuela de Leyes mi profesor fue un socialista de apellido Gacitúa, hombre muy inteligente, y luego yo estudié por mi cuenta Economía y mucha historia económica, tanto chilena como universal.
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-En 1970, el escenario político no era muy auspicioso. Tengo entendido que trabajó por la candidatura de Jorge Alessandri…

-Sí. El año 70 me fui a trabajar con don Jorge porque veía que Allende tenía muchas probabilidades de ganar. Entonces dejé los negocios. Después de la elección y con la llegada de Allende, el banco pasó por muy malos momentos pero, gracias al talento de Javier Vial, se salvó. Me fui a Madrid por unos meses, trabajé en un gran estudio de abogados y volví en junio de 1971.

 


-Debe haber sido una decisión difícil…

-En España medité mi vida y resolví que los motivos que llevaron a la creación del grupo Piraña no se cumplían enteramente y que la preocupación social que yo tenía no se reflejaba en la forma que yo quería. Decidí entonces salirme del grupo al volver a Chile. Por razones que no es del caso explicar, me quedé pasivamente en el grupo hasta el año 1972, fecha en que me retiré.

 

 

“Un día me mandaron a detener. Fue porque cuestioné el nombramiento de Rolf Lüders como ministro de Hacienda, ya que pese a ser un buen economista, era un hombre que al estar vinculado al Banco de Chile era a la vez deudor solidario de los grandes accionistas de ese banco”

 


-Durante el período de la UP estuvo en la trinchera, ¿no?

-Puede decirse que sí. Fui, por ejemplo, abogado de León Vilarín y de varios otros opositores al gobierno de Allende. Entre tantas cosas que viví en ese período, recuerdo que un día, estando yo en la Corte, me avisaron que estaban tomando preso a un procurador de la ofi cina Claroy Cía. Bajé con dos personas más y logramos rescatarlo cuando la Policía Política lo estaba metiendo a una station wagon. Se nos tiraron encima unos guatones como de 110 kilos, pero logramos entrar a los tribunales, que rápidamente fueron rodeados por Investigaciones. Me fui a hablar con el presidente de la Corte Suprema, don Enrique Urrutia Manzano, quien, dadas las circunstancias, me ofreció llevarme en su auto a la casa. “¿Y qué hago en la noche?”, le dije… Es que el ambiente era de miedo y, por esos días, cualquier cosa podía pasar. Decidí entonces quedarme en la Corte y con el procurador y otras personas dormimos en el suelo de una de las ofi cinas. La secretaria de un juzgado nos llevó comida y, al día siguiente, llegó el ministro de Justicia a pedirme que saliera con él, bajo su garantía. “Mejore la garantía”, le contesté y me negué a hacerlo hasta que se acogiera el recurso de amparo que había presentado… Así eran las cosas en ese tiempo…

 

-¿Fue amigo del general Pinochet?

-Yo no diría que fui amigo del general. Tuve con él una relación de altos y bajos. Fui partidario de su gobierno y no lo oculto. Trabajé como asesor en el ministerio de Relaciones Exteriores entre octubre de 1973 y junio de 1975, entre paréntesis, sin cobrar sueldo. Me tocó organizar la reunión de la OEA y estuve con él en el encuentro que sostuvo con Kissinger. Pero también fui públicamente crítico de algunas medidas. Durante un tiempo estuvo enojado conmigo, hasta que un día Pablo Rodríguez me llamó para que fuéramos a tomar desayuno con él. Como no soy rencoroso, fui y le dije: “sé que usted está sentido conmigo porque yo le he criticado algunas cosas, pero lo que es mi señora, ella lo quiere más que doña Lucía”. Con esto, se distendió el ambiente.

 

-Sus reproches se centraron sobre todo en el modelo económico implementado por los Chicago boys, ¿no es así?

-Le voy a contestar en la forma más clara y concisa posible. Es cierto que fui muy crítico de los llamados Chicago boys, aunque fui cambiando con el tiempo. Esa crítica se basaba en el hecho que yo los consideraba muy dogmáticos, con poca preocupación por lo social y, en tercer lugar, desconocedores de la historia económica de Chile, lo que los hacía cometer errores que ya se habían cometido en el pasado. Hoy día, con la visión que da el tiempo, pienso que ellos hicieron una labor muy importante en Chile: introducir la economía de mercado y quebrar esquemas proteccionistas que estaban bastante obsoletos. Sin embargo, la economía en la cual yo creo es la economía social de mercado, que no es lo mismo. Me siento más cercano a la mirada económica de un Erhard, con todos sus talentos. Fue esa economía social de mercado la que dio su prueba de fuego con la reconstrucción de Alemania después de la guerra. Además, quisiera agregarle que esa posición está más cerca de la postura de la Iglesia. Si uno lee las encíclicas sociales, especialmente las de Juan Pablo II, que son magníficas, uno encuentra que a los empresarios y a su labor se les da un justo tratamiento, pero también se insiste en crear empresas para satisfacer necesidades de toda la población y, especialmente, para poder dar empleos y oportunidades a la gente de escasos recursos.

 

-¿Vivió momentos difíciles durante el gobierno militar?

-Bueno, un día me mandaron a detener. Fue porque cuestioné el nombramiento de Rolf Lüders como ministro de Hacienda, ya que pese a ser un buen economista, era un hombre que al estar vinculado al Banco de Chile era a la vez deudor solidario de los grandes accionistas de ese banco. Consideré entonces que tenía incompatibilidad e iba a tener muchas dificultades para renegociar la deuda con Estados Unidos. Eso lo dije en una asamblea de la SOFOFA y después lo quise decir en una de mis columnas de La Tercera.

 

-¿Y pudo decirlo?

-Yo escribía los martes y el director me llamó el lunes a las 7 de la tarde para decirme que me censuraba, que no podía escribir eso. Renuncié de inmediato. Al día siguiente, estando yo en mi oficina de abogado con un cliente francés que era presidente de la Cámara Chilena- Francesa, apareció mi secretaria y, pálida, me dice: “lo busca un inspector de Investigaciones. Hay policías por todas partes, en las escaleras, ascensores y si se asoma por la ventana, verá varias patrulleras”. Estamos hablando del año 83. Yo esa mañana me había echado 60 dólares al bolsillo, porque intuía que algo iba a pasar, que me podían expulsar de Chile y que con esa plata tendría para tomar un taxi en cualquier parte. El inspector fue muy amable y me dijo que el director del servicio me invitaba a su ofi cina. Yo le contesté que no estaba acostumbrado a ese tipo de invitaciones y que iría por mis propios medios, previo retiro de los agentes. Llamé al director y aceptó. Llegué allá y el propio director me ofreció un whisky y me dijo que numerosas personas habían llamado para interceder por mí. Lo que había pasado era que mi cliente francés llamó a su embajador y éste, a su vez a los embajadores de la Comunidad Económica Europea. Estos llamaron durante todo el día al ministerio de Relaciones Exteriores. Al final todo quedó en nada. Salí libre, aunque el director me solicitó que moderara mi crítica para no afectar la renegociación.
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-Sus altos y bajos con Pinochet,¿afectaron a sus negocios?

-Cuando se produjo la licitación de Mega en 1989, mis relaciones con el general Pinochet no eran las mejores. Sabiendo que tendría difi cultades, pedí a mi abogado Manuel Correa que buscara a una persona que yo no conociera y de su confi anza para que se presentara a la licitación. Esa persona fue Ernesto Pinto Claude. Tengo entendido que los favoritos para ganar eran los Matte, asociados con Pedro Ibáñez, aunque también se presentaron los Luksic…

 


-¿Recibió con agrado la llegada de la democracia?

-Yo le diría que sí, pero con gusto y temor. Porque si bien había gente muy razonable, había también otras personas a las cuales les tenía desconfianza. El gobierno militar se había desgastado mucho, el período había sido muy largo y tenía que venir el término.

 

“Ya llevo seis artículos publicados en El
Mercurio referente a este tema (crisis
subprime). Desgraciadamente, todas las
predicciones que he hecho se han dado
y, aun más, creo hoy que la situación
puede empeorar”
 

-Todos los gobiernos de la Concertación han tenido ministros de Hacienda que de una u otra manera han seguido la línea económica del gobierno militar. ¿Con cuál de ellos se queda?

-Soy amigo de Foxley y creo que fue un buen ministro. A Eyzaguirre lo conocí el año pasado, cuando la FACH nos invitó a la Antártica. Es un hombre muy agradable e inteligente. Pienso que Andrés Velasco, al cual también conozco, es un muy buen economista. Es un hombre que estudia, cosa que normalmente no hacen los economistas chilenos, que creen que el estudio quedó en la universidad no más. Velasco está al tanto de lo que pasa en el mundo y además tiene carácter, gran virtud en un ministro de Hacienda.

 

-Ud. ha probado ser un hombre capaz de pronosticar acertadamente varios fenómenos económicos como por ejemplo la crisis bancaria de los 80, la crisis asiática y últimamente la crisis subprime, mucho antes que los propios economistas. ¿Cómo lo hace? ¿Estudio o intuición?

-Las dos cosas. Siempre fui estudioso. De hecho, de los once años que estuve en el colegio, siete fui el primero del curso. Aprendí desde chico a llevar una vida muy ordenada. Desde entonces tengo disciplina. Yo dedico sistemáticamente al menos una hora todos los días –con la comprensión y paciencia de mi señora– y, entre cuatro y seis horas los sábados, a estudiar y analizar la información que me llega. Al resto, llámelo si quiere intuición…

 

-Pero, ¿donde está la clave?

-En que no todos tienen la misma información o, los que la tienen, no saben usarla. Yo la uso y gracias a eso he podido prever algunos acontecimientos fuera y dentro del país. Como bien dice, me he adelantado a algunas situaciones. Recuerdo haberle advertido al general Pinochet en diciembre de 1981 del peligro de una recesión y de la posible quiebra de varios bancos. No me creyó y todos sabemos lo que pasó. Luego, yo estaba en Europa en mayo de 1997 cuando cayó Tailandia. Estando fuera de Chile, me tomo las cosas con mucho más calma, medito y saco conclusiones. Volví a Europa en octubre de ese año y observé la caída de otros países asiáticos. Regresé a Chile muy preocupado y les advertí a los ejecutivos de mi grupo que había que ser muy prudentes en los gastos y tener mucha liquidez. En una palabra, ser cautelosos. Invité a almorzar dos veces al ministro de Hacienda de la época y tres veces al presidente del Banco Central, explicándoles lo que venía. Desgraciadamente, o no me creyeron o no se percataron de que la cosa era tan seria. El hecho fue que Chile quedó en una situación muy difícil y solamente en el gobierno del presidente Lagos se pudo superar el problema. Ricardo Lagos es un hombre con mucha visión y entendió perfectamente lo que estaba pasando con el precio del dólar y tomó las medidas necesarias del caso.

 


-Y ¿qué ha pasado con la crisis subprime?

-Ya en la junta de accionistas de la Sudamericana de Vapores, en abril del año pasado, cuando casi nadie hablaba de la crisis en Estados Unidos, yo dije que había que tener cierta cautela en el 2007 porque iba a venir un grave problema con los créditos hipotecarios subprime. A fines de julio, Libertad y Desarrollo me invitó a hablar sobre la economía mundial y ahí manifesté nuevamente mi preocupación por el tema de estas hipotecas en Estados Unidos. Seguí alertando de la situación y ya llevo seis artículos publicados en El Mercurio referentes a este tema. Desgraciadamente, todas las predicciones que he hecho se han dado y, aun más, creo hoy que la situación puede empeorar.

 

-¿Qué está faltando para que Chile mejore sus niveles de desarrollo?

-Lo he sostenido siempre: el factor más importante es la educación y lamentablemente los gobiernos de la Concertación no le han dado prioridad. Hace varios años, cuando se hablaba que los chilenos eran los jaguares de América latina, sostuve que no nos alcanzaba ni para ser gatos de campo. La situación ha variado poco, y mientras no se tome verdaderamente en serio este tema, no avanzaremos al ritmo deseado.