“Nací y viví hasta los ocho años en un pueblo muy chiquitito que se llama Coya, que queda de Rancagua para la cordillera. Vivía en un sector que quedaba en la parte alta del cerro Supervisores. Tengo recuerdos jugando con alacranes, con amigos yendo al cerro a ver las mariposas. Éramos una comunidad que se […]

  • 28 marzo, 2019

“Nací y viví hasta los ocho años en un pueblo muy chiquitito que se llama Coya, que queda de Rancagua para la cordillera. Vivía en un sector que quedaba en la parte alta del cerro Supervisores. Tengo recuerdos jugando con alacranes, con amigos yendo al cerro a ver las mariposas. Éramos una comunidad que se protegía mucho. Eso me marcó; soñar con infancias idílicas para todos. Después nos fuimos a Rancagua. Y fue como quien se va a Nueva York, imagínate el cambio de pasar de un cerro en la mitad de la cordillera a la ciudad.

Mi último año de la universidad en Ingeniería hice mi práctica en una petroquímica en Houston, Texas. Me cargó el trabajo, pero quedé fascinado porque había gente de todas partes del mundo, pero cuando me sentaba en el computador, pensaba ‘voy a ser el tipo más frustrado del mundo si me dedico a esta cuestión’.

Los últimos meses de universidad empecé a ir de voluntario al Hogar de Cristo y se abrieron unos cupos para trabajar un año en alguna región. Partí a Copiapó un año, no conocía a nadie, me pagaban el sueldo mínimo, pero ahí me enamoré de lo social. Los niños de la calle fueron mis primeros amigos, vivían en el río y me empecé a vincular con ellos y a descubrir el otro lado humano de mi país. Hay dos cabros que me marcaron para siempre: el Chucky y el Epi, Jonathan Muños y Luis Calderón. Uno tenía 10 y el otro 15 años. Se contraponen las infancias, el cerro, los alacranes, jugar a la pelota, no hay rejas, sin drogas, y después me encuentro con niños que tienen la misma magia, la misma energía, los mismos sueños y que viven en un río… Y no po. Eso te rebela, te pega. Duele. Yo a estos cabros  los sentí como mis hijos-no hijos, como mis hermanos. Cuando me fui seguimos en contacto, venían a dormir a mi casa o yo los iba a ver. Murieron al poco tiempo. Las muertes son asociadas a todas estas cosas, a la precarización del ser humano. Y traté de llevar ese dolor a cosas positivas a través de proyectos, aunque de verdad lo que te mueve son las penas.

Creo que cuando los seres humanos se vinculan, cuando uno rompe el prejuicio, algo pasa, te comienza a importar el otro. Cuando te enfrentas a los dolores humanos de otros, te marcan y te influyen, y es inevitable que en tu soledad no te vuelvan a aparecer.

Hay un hito que me pega fuerte. Un grupo de periodistas y camarógrafos estaban haciendo una serie documental sobre mi vida. Me estuvieron siguiendo por un año, y en una de estas filmaciones en un país de América Insular  tuvimos un error de logística. Nos asaltaron. Éramos siete y a todos nos pusieron una pistola en la cabeza por varios minutos, yo me sentía muy responsable. Ahí pensé ¿cuánto arriesgo? Yo, ninguna de estas pegas las tomo para cuidarme, si el tema de fondo es construir infancias. Si las infancias se acercan a lo idílico, estoy convencido de que esto te marca en tu desarrollo.

Trabajé en el algún minuto en este ministerio, me desempeñé en varios gobiernos. Pero ser subsecretario no me lo esperaba. Cuando me llama el presidente, ¡imagínate!, fue un honor enorme. Hoy, el 100% de mi energía está en mi querido Chilito mientras dure en este cargo”.