Guillermo Lorca está a punto de inaugurar una nueva exposición titulada “Animales Nocturnos”. En sus cuadros, para algunos inquietantes, revive la técnica de los viejos maestros de la pintura, pero propone nuevos mundos donde nada es exactamente lo que parece.

  • 30 julio, 2018
Foto: Verónica Ortíz

Dos perros, Chopolina y Maggi, salen de la casa taller a recibir a las visitas mientras Guillermo Lorca (34) se asoma y las llama al orden. El artista es acelerado, piensa y habla rápido, y mantiene siempre un tono entusiasta. Inmensas telas se acumulan en lo que tradicionalmente sería el espacio del living, aquí invadido de pinturas, recortes, pinceles y atriles. Está contento porque pronto se cambia a una casa que se construyó en Chamisero pensando precisamente en los espacios que necesita para pintar. Cuenta que allá incluso podría armar una galería y montar exhibiciones de preventa para sus compradores habituales.

Lorca ha tenido una carrera precoz. Estudió arte en la Universidad Católica, pero antes de terminar partió a Noruega para convertirse en aprendiz del pintor Odd Nerdrum. Cuando tenía 20 años, Guillermo Luksic lo contrató para que pintara un mural de 40 metros en la Viña Tabalí de Ovalle. Allá se instaló unos seis meses y trabajó sin parar: “Estaba muerto de miedo, no sabía si iba a haber consecuencias porque según algunos el olor de la pintura podía afectar la producción de vinos. Fue duro, el nivel de soledad era extremo, pero aprendí a relacionarme conmigo mismo, eso fue muy mágico”.

En 2010 pintó seis retratos gigantes de chilenos en la estación Baquedano del metro de Santiago y, con 30 años, se transformó en uno de los pintores nacionales más jóvenes en montar una muestra individual en el Museo Nacional de Bellas Artes. “La Vida Eterna” (2014), con sus grandes cuadros oníricos, lo instaló en lo alto de la lista de artistas chilenos con más proyección internacional. “El éxito te desconcentra un poco, pero a mí me llegó en un momento en que no me perdí. La fama es como la droga; todo lo que sube tiene que bajar, y ahí puedes deprimirte porque necesitas más. Yo estoy bastante concientizado, vivo la emoción, pero al mismo tiempo la puedo observar y eso me da cierto nivel de control. Me conecté mejor con mi propia experiencia interna cerca de los 25 años, antes me costó porque andaba demasiado trastornado (ríe). Eso lo arreglé, fue mi gran lucha, domar mi mente que nació medio complicada”, reflexiona en su taller.

Ahora está afinando los detalles de “Animales Nocturnos”, la muestra que inaugura el próximo 31 de julio en el GAM y que estará abierta al público hasta el 24 de octubre. Son 14 cuadros de gran formato, recopilación de su trabajo de los últimos cuatro años, donde predominan escenas de naturaleza salvaje. La inspiración para Lorca proviene de los cuentos de hadas, aquellos relatos que involucran construcciones de mundos: “Estas historias no acontecen de manera racional, requieren conectarse con uno mismo porque hay mucho de inconsciente. Mis obras contienen capas que tocan distintas fibras, aunque nunca vas a poder controlar totalmente lo que le pase al espectador. Me gusta que mi trabajo sea accesible, pero sin caer en el cliché”.

La demanda por sus obras es alta, pero él prefiere no meterse en ese tipo de negociaciones y delega la misión a su hermana Rosario, que es también su representante. Al mismo tiempo, trabaja con la curadora Yael Rosenblut en Chile y con Alessia Autuori, de Glocal Project, fuera del país.

-¿El arte es para todos?

-El arte no tiene por qué ser democrático, de hecho, puede ser perfectamente elitista y no hay conflicto con eso. La gracia de los museos y centros culturales es que la gente tenga acceso a disfrutar del arte aunque no pueda comprarlo. La pintura figurativa tiene algo instintivo; la plasticidad de alguien que dibujó algo con sus manos y lo pintó es tan antiguo, que genera un interés atávico. Claro que hay distintos tipos de arte; más masivo o más críptico, como sucede a veces con las instalaciones más conceptuales.

-¿Te sientes parte de una generación de artistas?

-No mucho. Me llevo bien con varios artistas, pero no compartimos tanto. Más que nada por la pega, yo soy sociable, pero también tengo una parte que es bien ermitaña. Trabajo de noche, de hecho, eso inspiró el título de la exposición. Creo que antes, cuando la comunicación era más precaria, la gente tenía una necesidad imperiosa de juntarse. Yo ahora puedo sentirme más cercano a tipos que están en otras partes del mundo y que ni siquiera conozco. Antes era fácil armar escenas locales porque había una épica, y entiendo que eso se eche de menos porque es romántico. Es la conexión que uno tiene con su propio grupo de amigos: “las reinas de la noche” o “los cabros”, aunque sean puras estupideces, van a ser los recuerdos que uno tenga al momento de morir.

-¿Cómo es tu metodología de trabajo?

-Primero hago las composiciones de los cuadros y ahí sí uso la tecnología, no tengo ningún problema con eso. Me gusta rescatar los dos mundos más que quedarse pegado en una sola ideología, porque pasa a ser ideológico: “todo lo nuevo es bueno” versus “todo lo antiguo era mejor”. Luego, al pintar, oigo audiolibros o algún debate. Me gusta escuchar sobre el conocimiento que está en el aire: “Leamos a Freud que tanto se cita”. No es que Freud sea la gran verdad, pero es entretenido, escribe muy bien y me interesan las descripciones de su época, te habla del imaginario de un mundo. Cuando la mente está cansada escucho música. Socialmente soy más eufórico, pero cuando pinto entro en otro estado más tranquilo, aunque interiormente mantenga la hiperactividad.

-¿La figura del artista atormentado es real o mito?

-La idea del artista atormentado viene en gran medida de Vincent van Gogh, quítalo de la ecuación y eso se desarma. Creo que es un tema de discusión porque la locura improductiva, como la esquizofrenia o la bipolaridad, no te va a ayudar a crear nada. Muchas veces en las mentes creativas se da el subproducto del tormento, porque estás más solo y el trabajo te lleva a filosofar, a toparte con el tema de la muerte. Ese momento de reflexión, cuando Sísifo se da cuenta de que está empujando la piedra, yo lo tengo todos los días. Los artistas tenemos una relación muy sensible con la pintura, como si una parte de nuestra alma quedara impregnada en el cuadro. Uno puede racionalizar que eso no pasa efectivamente, pero a nivel simbólico se siente así.

-¿Se te aparece mucho la muerte?

-Sí, la trato en los cuadros, intento ver su parte bella. La muerte no me parece mala en sí misma, pero el problema de la trascendencia es la manifestación intelectual de un sentimiento que implica desaparecer. El animal no tiene ese sentimiento y vive de lo más tranquilo. Hay humanos que tampoco tienen ese problema, porque viven más en el presente o están más desconcentrados. Completar el sentido en tu vida, que sucede de muchas maneras, también anula bastante esa inquietud. A mí la poética del arte me ayuda con el nihilismo y la muerte.

La mano invisible

-¿Existe mercado del arte en Chile?

-Sí, y no debiera ser tan difícil vivir del arte. Lo que pasa es que generalmente los artistas son malos empresarios, y me incluyo, aunque tengo cierta visión económica. Cuesta ponerle precio a tu arte, porque es etéreo, volátil y subjetivo, pero finalmente funciona con oferta y demanda. Yo si pudiera me quedaría con todas mis obras, y no pienso producir más por el hecho de que haya más demanda, tendrá que valer más caro el cuadro no más. Produzco poco porque le doy demasiado duro a cada uno. Es harto trabajo previo; armo estas imágenes y las cambio mil veces mientras las estoy pintando. Entonces los cuadros son totalmente retroactivos, lo más ineficientes que hay.

-¿Qué sería lo máximo que te podría pasar como artista?

-Lo máximo sería estar en los lugares con legitimidad más potente. Si fuera un crucifijo, en qué iglesia esté, va a hacerme más sagrado. Ahora, mi sueño, si yo pudiera elegir mi destino y tuviese recursos ilimitados, sería tener mi propio museo. Dejar mi obra acumulada en Chile, en un súper gran mausoleo (ríe).

-¿Hay algún artista chileno que te interese particularmente?

-Me gusta lo que hace Víctor Castillo, encuentro que se conecta con el salvajismo y la fibra sensible de la infancia y la magia, en ese sentido tengo algo en común con él. También he estado viendo con interés la obra de Gonzalo Cienfuegos. Si fuera coleccionista posiblemente adquiriría cuadros de otros estilos, o esculturas, porque con el arte figurativo soy pesado y muy exigente, tiene que ser exactamente como a mí me gusta.

El Nuevo Mundo

-¿Usas redes sociales?

-No uso twitter porque no me gusta la opinión corta, prefiero la reflexión y la conversación larga. “Los usuarios de twitter están enojados”, dicen los medios, y resulta que pueden ser tres pelagatos borrachos descargándose, eso es más un perfil de personalidad. Hay que adaptarse a este mundo, yo tengo fe que va a surgir una tecnología tipo red social pero más palpable, donde funcione algo más parecido a la amistad real.

-Desde tu exposición en el MNBA, en 2014, se han planteado nuevas censuras y restricciones en el mundo del arte, tus imágenes de niños hoy podrían ser consideradas eróticas, ¿te esperas reacciones de ese tipo?

-Si eso pasara, la peleo a muerte, en esa batalla me meto sin asco. No me pondría políticamente correcto, saldría a cortar cabezas, pero con argumentos. Yo creo que el arte es el espacio para eso. Soy de la idea de que en una sociedad civilizada, el arte puede ser más extremo. Además, con una clase de historia del arte quedaría claro que mis cuadros son bastante sutiles, no son directamente eróticos.

-¿Qué piensas de esta erradicación de lo inapropiado?

-Creo que existen las normas y la libertad de expresión precisamente porque como sociedad nos vamos a molestar. Si todos estuviésemos de acuerdo, no necesitaríamos ni leyes. Se frena la libertad de expresión cuando afecta físicamente o en integridad emocional al otro. La represión a los discursos de odio me parece importante porque efectivamente traen como consecuencia violencia y muerte. Pero con la expresión artística es al revés, entre más libre funciona, mejor para la sociedad.

-¿Y cómo ves el feminismo?

-El feminismo de corrección política no lo encuentro muy denso intelectualmente. Limitar la libertad sexual es el mecanismo más bajo de control después de todo lo que las mujeres lucharon por obtenerla. Considero que el pensamiento de izquierda más duro es muy parecido al religioso. El comunismo y la teocracia son muy similares en estructura cerebral y en el ánimo que los mueve. Uno tiene que pelear por el libre pensamiento, porque no es imposible irnos a la mierda.

-¿Crees que tiene que haber políticas públicas que promuevan la cultura o tiene que funcionar con lógica de libre mercado?

-Como libre mercado. El instinto es pensar que se necesita un ente que controle, pero en la práctica, eso no funciona bien. Los países con más arte son los con más libre mercado, lejos.

-¿Te interesa la política?

-Sí, me entretiene. Leo libros de filosofía política, no tengo militancia, pero simpatizo con la ideología más liberal. Soy pragmático, me gusta lo que funciona y me interesa el pensamiento científico, pero también me importa que haya un espíritu y una visión detrás. La libertad es un significante vacío. Eso ocurre cuando los anhelos más complejos de una población se engloban en un término que sirve para todo. Lo mismo la igualdad, no significa nada porque significa todo (ríe).