Hará cosa de unos meses estuvo en Chile uno de los directores más destacados del mundo y la noticia pasó casi callada. El español José Luis Guerín vino al Sanfic a mostrar dos obras maestras. Vino y se fue, sin ser notado. No le podría haber acomodado más. Guerín, tal como sus películas, se maneja […]

  • 3 noviembre, 2008

Hará cosa de unos meses estuvo en Chile uno de los directores más destacados del mundo y la noticia pasó casi callada. El español José Luis Guerín vino al Sanfic a mostrar dos obras maestras. Vino y se fue, sin ser notado. No le podría haber acomodado más. Guerín, tal como sus películas, se maneja mejor en silencio, poniendo su mirada en segundo plano, quedándose quieto. De su vida, apenas unos datos sueltos: nació en 1960, trabaja desde principios de los 80, pero en 25 años ha dirigido sólo cinco largometrajes; jamás se separa de su vestón y su boina, es profesor en la Universidad de Pompeu i Fabra y hace unas semanas salió por fin una caja compiladora de DVDs con buena parte de su obra.

Sus cintas deberían encargarse del resto, suele decir. Pero al mirarlas surgen más preguntas, porque aunque es profundamente hispano, más bien cabría hablar de su cine como paneuropeo: ha rodado filmes en inglés, francés y catalán, sólo uno parcialmente en español. No le interesa el drama –no como a Almodóvar, Amenábar o Medem–, sino que prefiere irse de cabeza contra la realidad. Y sin embargo, ninguna de sus películas podría calificarse de documental; en ellas, la ficción se abre camino por su cuenta, como en Innisfree (1990), su hermoso registro del pueblo donde John Ford filmó The Quiet man.

La primera vez que se supo de Guerín en Chile fue en 2001 cuando su filme En construcción perdió el primer premio del Festival de San Sebastián a manos de Taxi para tres. Mirado en retrospectiva, la decisión parece inconcebible. Con todo el respecto que merece Taxi, En construcción –que registra la demolición de unas cuadras del barrio chino de Barcelona y el levantamiento de edificios de departamentos en su lugar– es un clásico absoluto del cine moderno, probablemente una de las grandes películas que jamás se haya hecho sobre la vida en la ciudad.

Guerín no comenta. Agua pasada. Recién el año pasado emergió con En la ciudad de Sylvia, el sintético relato de un turista que al regresar a Estrasburgo después de varios años cree ver en la calle a una antigua enamorada. La película tiene aspecto de obra maestra, pero la verdadera guinda de la torta es Unas fotos en la ciudad de Sylvia, el diaporama mudo que originó el proyecto y que Guerín incluyó en su cajita de DVD. Verlo quita el aliento. Habla por sí solo, aunque no se pronuncie la palabra, al estilo de su creador.