Nadie más serio que Andrés Wood en el cine chileno. Pero a veces, eso no basta. Por Christián Ramirez

  • 8 agosto, 2008


Nadie más serio que Andrés Wood en el cine chileno. Pero a veces, eso no basta. Por Christián Ramirez

Nadie más serio que Andrés Wood en el cine chileno. Pero a veces, eso no basta. Por Christián Ramirez

Me gustaría que fuera distinto, pero en lo que va del año se ha hecho evidente el absoluto desinterés que los espectadores tienen por el cine chileno. No me extrañaría que a fines de año la taquilla de todos los filmes nacionales sumados no alcance a igualar lo recaudado por el nuevo Batman. Así de mal están las cosas: de poco importa cuántas películas se estrenen (las de este año superarán la media histórica) si la gente no está pagando por ver cine chileno. ¿Cambiará en algo este tenebroso marco la aparición de La buena vida, lo nuevo de Andrés Wood?

Considerando que el público prefiere marcharse hacia las fantasías paranoicas del Guasón o al mundo post atómico (pero digital) de WallE, diría que no. Más, considerando que Wood, Rodrigo Bazáes y su equipo tuvieron la valentía de contar historias grises ambientadas en un país gris: el Santiago de La buena vida es una urbe agotada, pálida, hastiada por el invierno, el Transantiago, el opio mediático y la imparable suma de los días. Tal vez desde los días de Largo viaje (1967) no se veía un esfuerzo tan intenso por retratar el aquí y ahora de la capital. Pero en esta ocasión el intento es aún más heroico, porque queda claro que hasta los personajes del filme se alimentan de escapismo, que prefi eren enchufarse a la TV, soñar con un auto nuevo/usado, subir el volumen al reggaeton o, por último, cerrar los ojos antes que ver ficcionadas sus angustias.

Estructurada al modo como González Iñarritu y Guillermo Arriaga crearon la trilogía Amores Perros / 21 gramos / Babel –es decir, con varias historias en torno a un tronco común, personajes que se entrelazan y un nivel creciente de dramatismo– la película llega algo tarde a esa tendencia, pero eso no importaría si el destino de sus personajes no fuese tan anunciado, si estos no aparecieran tan amarrados a la fórmula de presentación-desarrollo-desenlace. Al final eso opaca el extraordinario trabajo de Aline Kuppenheim, la rigurosa mirada de los realizadores sobre Santiago y también al gran hallazgo del filme: la historia de Mario, un clarinetista que ingresa al orfeón de Carabineros y, sin darse cuenta, comienza a mirar el mundo desde la perspectiva del uniforme. El argumento lloraba por un mejor desarrollo, tal como ocurre con los otros brazos de este filme hecho con seriedad, concentración y arrojo, pero que finalmente se acerca más a un diagnóstico de lo mal que estamos que a un trozo de nuestras propias vidas.