Nunca he sido un gran amante de la cebolla, y los revivals de canciones AM me producen más de una sospecha. Pero bastó que me encontrara con una melodía en la radio de un auto para que el mundo se me viniera encima. POR ANDRES VALDIVIA España, creo, es mucho más plástica que musical. Es […]

  • 30 noviembre, 2007

Nunca he sido un gran amante de la cebolla, y los revivals de canciones AM me producen más de una sospecha. Pero bastó que me encontrara con una melodía en la radio de un auto para que el mundo se me viniera encima.
POR ANDRES VALDIVIA

España, creo, es mucho más plástica que musical. Es cierto que algunas de sus manifestaciones más locales como el flamenco y la rumba tienen carácter, peso y pasión, pero al compararlos con colegas geográficos como Inglaterra, claramente España destaca más por sus pintores, poetas y cineastas que por sus aportes al pop (la global “Macarena” de Los Del Río y el miserable “Aserejé” de las Ketchup podemos dejarlos para una parodia de columna en meses venideros, ¿sí?). Pero hace algunas semanas me encontré por azar con un disco en un auto ajeno que me partió como un rayo, retrotrayéndome a la infancia y –valga la redundancia– a largos viajes en auto al son de las canciones del gran José Luis Perales.

El catálogo de Perales es notable: comenzó escribiendo para estrellas como Isabel Pantoja, Raphael, Julio Iglesias, Miguel Bosé y muchos otros, y hoy ostenta nada menos que 27 discos como solista y más de 30 millones de placas vendidas en 35 años de carrera. Todos logros impactantes para un tipo de a pie que por mucho tiempo se negó a ser una estrella y que finalmente cedió, tomó el micrófono y se metió directo en el inconsciente colectivo de Hispanoamérica. Y es que cuando hablamos de Perales hablamos de uno de los músicos más atípicos y domésticos del habla hispana. Uno que representa mucho más el no-glamour de la canción romántica más seria y adolorida que la moral Miami Vice a la que hemos estado acostumbrados los latinos en las últimas décadas. Pausado, feo, normal y casi aburrido, Perales es un hombre de casa que tiene el don de la melodía y del verso arrastrado. Epico en su concepción del amor, notable al transformar los dramas de la gente común en batallas internas de envergadura, creíble por donde se le mire y por sobre todo, sin ese sentido del humor algo perturbador y molesto que suelen cultivar los cantantes de la noche española (léase Joaquín Sabina, entre otros). Perales habitó en nuestras vidas de una manera mucho más profunda de lo que pensamos.

No sólo fueron sus melodías inolvidables, sino también fue él el primer macho con su lado femenino bien desarrollado. Sí, porque al preguntar “¿y cómo es él?” en vez de embestir con puños, disparos y rabietas contra su adúltera mujer, Perales se erguía como el único hombre nacido antes de 1950 con esa capacidad. El hombre ideal para mi madre, un pobre idiota arrastrado para mi padre. Mirando en perspectiva, un visionario para nosotros.