• 27 julio, 2007

Urge que los políticos se ubiquen. Literalmente, la gente lo pide. Por Gonzalo Rojas

Encontrar una posición en la vida, un nicho, como lo llaman los que tienen ojo para el negocio: eso es justamente lo que hoy no logran los políticos. Su problema más grave –y muchos ni siquiera lo intuyen– es saber qué lugar les corresponde, en qué consiste su actividad, con qué tareas sí deben matricularse y a cuáles deben negarse, en qué casa les corresponde habitar.

Son específicamente senadores, diputados o dirigentes partidistas, pero muchos se creen todoterreno; al mirar el afiche de TVN dedicado a la promoción de los Panamericanos, deben haberse sentido perfectamente representados: una cabeza de ciclista, unos brazos de levantador de pesas, unas piernas de patinadora, un tronco mitad atleta, mitad esgrimista; y de fondo, todos los escenarios posibles para la práctica del deporte: canchas, pistas, gimnasios, ríos, campo abierto… Porque los políticos no quieren definir su actividad. Todos los caminos de este mundo les parecen transitables una vez electos e incluso algunos consideran esas rutas parte de sus dominios (por eso, y dejemos entonces la imagen de lado para bajar a la cruda realidad, algunos violan las leyes del tránsito y otros golpean a los operadores de vuelo).

Precisamente por eso es que la opinión pública les reprocha su ineficacia y, en consecuencia, los descalifica. Quien abre los brazos ofreciendo redención, o es Dios o es un farsante. Respecto de nuestros políticos, las encuestas se están inclinando por la segunda opción. Urge, por lo tanto, que se ubiquen. Incluso desde dentro de su misma actividad, con gritos sordos pero claros, ellos mismos lo denuncian. Jorge Arrate se queja de que ahora los técnicos fijan el rumbo y los políticos lo siguen; Carlos Larraín le pide una vez más a Piñera que se desvincule de la actividad empresarial; Adolfo Zaldívar es cuestionado porque su jefa lo quiere hombre de partido y él pretende ser hombre del parlamento; Hernán Larraín levanta la voz para aclarar que a él no lo van a obligar a estar sentado en una sede, que lo suyo también es el terreno.

Dicotomías, disyuntivas, tironeos, falta de claridad sobre el auténtico ámbito de la actividad política.

Los políticos, ¿tienen que venir todos del mismo origen? No; por supuesto que pueden y deben surgir de todos los sectores y actividades sociales. A los políticos, ¿se les pide que sean todos clones de sí mismos en monocorde unidad? Obviamente que no, ya que la democracia exige diversidades múltiples.

Pero ¿una tierra común tendrá que existir, no? Cuando se habla del decaimiento de la actividad política en Chile, ¿es precisamente esa capa vegetal –casi inexistente hoy– la que echamos de menos, no? Por cierto: justamente ése es nuestro mayor problema político. Algunos han querido ser puramente técnicos; otros, operadores o activistas; el de más allá actor en los medios, el otro un científico de la actividad legislativa; muchos, insistamos, superindividuos omnipresentes.

¿Y cabe alguna duda de que necesitamos otra cosa? ¿Alguien pude negar –que lo haga por favor– que lo que se requiere (nada menos) son personas centradas en una posesión meditada y profunda de convicciones sobre el ser humano y sobre la vida social y que, solo a partir de esas coordenadas centrales, tiene sentido estar en terreno, buscar los mejores instrumentos legislativos, acudir a los medios o… todas las anteriores?

Que un senador chascón y chavista se apoye en Wikipedia para un proyecto de ley, es una pena; pero que un senador superventas carezca de claridad sobre la persona humana, eso sí que es grave; que un diputado prefiera el cine a las comisiones, es desalentador; pero que una colega califique los problemas sobre el origen de la vida como simples cuestiones de salud reproductiva, eso sí que es lamentable.

El lugar mental y cordial de la política está definido hace siglos y ha sido reactualizado una y otra vez: Platón, Aristóteles, Cicerón; Maquiavelo, Locke, Rousseau; Burke, Marx, Tocqueville; Churchill, Adenauer, De Gaulle; Gorbachov, Thatcher, Havel.

En esa tierra que es común por el empeño profundo de los autores y actores, en esa habitación construida con estilos y técnicas variadas –pero siempre pensando a fondo en la persona y en su vida social y trascendente–, en ese hogar común con espacios múltiples ¿cuántos políticos chilenos habitan hoy?

No está de más tocar el timbre de esa casa, preguntar quiénes hay dentro, hacer el censo y votar después en consecuencia. Y si no abre nadie, habrá que pensar desde ya cómo se enseña a otros a reconstruir la política en Chile.

Gonzalo Rojas es profesor universitario grojass@uc.cl