En su loca carrera antes del retiro, Steven Soderbergh respira hondo y filma lo que su cuerpo le ordena: Haywire, una película de acción. Pura y simple

  • 26 abril, 2012

 

En su loca carrera antes del retiro, Steven Soderbergh respira hondo y filma lo que su cuerpo le ordena: Haywire, una película de acción. Pura y simple. Por Christian Ramirez

 

 

 

 

Steven Soderbergh ya nos tiene avisados. Su última película antes de retirarse del cine será Behind the candelabra, un melodrama sobre la vida privada del pianista Liberace (con Michael Douglas en el rol estelar) y para cuando ésta se estrene tendrá apenas 50 años, una edad en la que muchos directores recién comienzan a dar pruebas de madurez. Hace un par de temporadas la noticia fue recibida con alarma –talentos como el suyo no aparecen en el mapa todos los días-, pero hoy los críticos miran la advertencia con algo de distancia, ya que ha ido posponiendo juguetonamente esa decisión, colocando un rodaje tras otro en su agenda antes de que se cumpla el plazo fatal y creando la sensación de que es capaz de filmar con la misma velocidad con la que piensa. En forma práctica, urgente e inminente.

 

Las exactas características que transmite Haywire, su quinto trabajo en poco más de tres años y justo el tipo de producto que tenía pendiente: una cinta de acción. Lo que no deja de extrañar porque, en poco más de veinte años, Soderbergh había hecho casi de todo. Filmes indie (Sexo mentiras y video), melodramas (King of the hill), remakes (Solaris), superproducciones (la trilogía Ocean’s 11), mini proyectos (Schizopolis), biografías (Che), documentales (Grey’s anatomy) y hasta historias de desastre (Contagio). ¿Agrega algo Haywire –recién aparecida en blu ray- a su abultado currículum? En el papel, no: sólo narra la huida de Mallory Kane, una ex marine que realiza misiones privadas para un contratista del gobierno y que repentinamente es traicionada por alguien de su cadena de mando.

 

En adelante, su tarea es sobrevivir. A lo Bruce Willis. A lo Angelina Jolie. A lo Matt Damon. El detalle de los nombres es importante porque esta clase de cuentitos suele resultar más creíble cuando hay una estrella de cine dando la cara (así lo probó Hitchcock en el 58 cuando contrató a Cary Grant en Intriga internacional, la cinta madre del género); pero Soderbergh se planteó el asunto con su pragmatismo habitual: la mayoría de estas producciones te dejan mal sabor de boca porque no son creíbles, porque sabemos que los actores están doblados por profesionales en las escenas peligrosas y el resultado ya no es ficción sino algo equivalente a la comida rápida. Entonces, ¿por qué no hacer una película de acción con alguien capaz de soportar ese desgaste? Tarantino ya había hecho algo similar en la fascinante segunda mitad de Death proof (2007), dándole el papel principal a Zoë Bell, la neozelandesa que dobló a Uma Thurman en Kill Bill. Pero el director de Traffic fue un paso más allá.

 

Se olvidó de la gente del medio y contrató a Gina Carano, una especialista en artes marciales mixtas que sólo había aparecido en TV para el revival de la serie Gladiadores americanos. Más allá de que su apariencia recuerde al de alguna guardiana de la bahía, es el cuerpo de Carano –fuerte, plástico y compacto, el total opuesto de una ángel de Charlie- el que rinde examen en Haywire. Sin dobles de por medio, Mallory soporta fuertes caídas y palizas que las estrellas leen en sus guiones, pero en las que rara vez participan. A su manera, Haywire es el anti Jason Bourne.

 

Las secuencias extremas están resueltas en largas tomas, dejando que los sujetos se apaleen, luchen y se extenúen en tiempo real. Nada de esos cortes frenéticos que disfrazan el uso de extras, aceleran todo y acaban por confundir al espectador. Nada de efectos digitales o explosiones marca Michael Bay. Tal vez por lo mismo, algunos han calificado a Soderbergh de nostálgico, por tratar de regresar a los días en que coreografiar acción equivalía a filmar un musical (un ballet con explosivos, al clásico estilo James Bond). Algo de eso hay: la película no puede sino recordar a ciertas joyitas gringas o hongkonesas en las que los cuerpos bajo tensión importaban tanto o más que las balas disparadas. El hierático rostro de Carano es testigo: paso a paso la película va salpicándolo de cicatrices (algunas visibles, otras tapadas coquetamente con maquillaje), hasta que el espectador se va dando cuenta de que varias son reales, antiguas heridas de lucha de la propia Gina. De pronto estamos mirando a una persona, no a una máscara.

 

Sin criticar ni reírse del género que la cobija, Haywire parte afirmando que hay algo en el enmascaramiento, en ese asumir roles, que estandariza tramas, personajes y trabajo invertido. El filme se asume infectado desde el inicio, ya que la mayoría de los sujetos desafiados, vapuleados o humillados por Mallory tienen cara conocida (Antonio Banderas, Ewan McGregor, Michael Douglas, Michael Fassbender y Matthieu Kassovitz). Todos ellos tienden a tratarla como al hermoso objeto que suele aparecer en esta clase de productos. “Te equivocarás si comienzas a pensar en ella como si fuera una mujer”, dice uno por ahí. Hacia el final ella misma parece presa de este vértigo, de esa suerte de cosificación, pero a esas alturas la ilusión provocada por los golpes dados y recibidos es tal, que lo único lógico es seguir. No parar.