El que tal vez sea el mayor de los cineastas vivos sigue tan insoportable, demandante y vital como el joven director que debutó hace medio siglo. Es parte del personaje. Por Christian Ramírez

  • 30 noviembre, 2010

El que tal vez sea el mayor de los cineastas vivos sigue tan insoportable, demandante y vital como el joven director que debutó hace medio siglo. Es parte del personaje. Por Christian Ramírez

 

¿En qué momento el artista debe apagar la luz y cerrar la puerta tras él? Ingmar Bergman demostró que estaba lejos de ajustar cuentas a sus 85 años, cuando estrenó Saraband (2003). A los 88, Alain Resnais está preparándose para filmar la sucesora de la extraordinariamente fresca Las hierbas salvajes (2009) y a sus increíbles 101 años el portugués Manuel de Oliveira rodó no una sino dos películas este 2010. Oliveira cumple 102 el 11 de este mes, pero su aniversario tendrá un perfil más bajo que el de su colega Jean-Luc Godard.

El director de Pierrot le fou celebra su 80 cumpleaños este 3 de diciembre, y es difícil que se anime a apagar velitas. Por un asunto de carácter y también porque este ha sido un año atípico. Sin aliento, su cinta debut, celebró medio siglo; estrenó en Cannes Film socialisme, su primer largometraje en seis años; la misma prensa que ya lo tenía listo para el asilo volvió a la carga; la Academia hollywoodense se entusiasmó con la idea de darle un Oscar honorario; fue acusado de antisemitismo y presenció cómo buena parte de su legado cinematográfico volvía a estar accesible al público. Todo, sin salir de Rolle, la pequeña localidad suiza donde ha vivido desde fines de los años 70.

Godard nunca ha sido un sujeto fácil. Ni en sus días de crítico en los 50, cuando denunciaba la hipocresía del cine francés de la época (a la par que se jugaba por Alfred Hitchcock y Howard Hawks); ni en los 60, cuando rompió los moldes del relato clásico en una serie de películas que él mismo llegaría a odiar (Sin aliento, Vivir su vida, Los carabineros, El desprecio, Alphaville, La chinoise) , pero que influiría a más de una generación de cineastas –desde Scorsese a Almodóvar, de Wong Karwai a Tarantino- con su carga de pasión, sentido del color, del ridículo, de la historia, el lirismo y el pop.

Ampliamente estudiadas, hoy reeditadas en blu-ray, es como si esas películas no existieran en la mente de su creador. Rara vez se refiere a ellas, y cuando lo hace es como si hubieran sido hechas por otra persona. Y tiene razón: en adelante Godard se entusiasmaría sucesivamente con los radicalismos políticos, el video, la filmación de la naturaleza y el uso de la memoria cinematográfica en el formato de ensayo. El proceso lo obligó a aprender a editar, filmar y hacer audio por sí mismo (adelantándose a la generación actual de cineastas que graban en HD y luego trabajan en su Mac Book Pro). Y tuvo sus costos: es el primero en reconocer que se arrinconó y se aisló de modas, festivales y premios a la trayectoria (no fue a buscar su Oscar, obvio). Por lo mismo, ya sin la obligación de tener que “hablar fuerte”, su posición actual -que alguna vez fue central en el desarrollo del audiovisual contemporáneo- debería ser la del ermitaño o la del hombre invisible.

Lo irónico es que los signos apuestan a lo contrario: los tiempos se han ido acomodando a este enemigo jurado del copyright -hace unas semanas donó mil euros a la defensa de un compatriota enjuiciado por “bajar” material de la red- que en su momento usó miles de imágenes para sus notables Histoire(s) du cinéma sin pedirle permiso a nadie. Gran parte de sus ensayos y nuevas películas –que más que protagonistas poseen hablantes líricos- ahora puede rastrearse por youtube o en los sitios de descargas, y la buena noticia es que ese formato fragmentado y digital les sienta perfecto. Es interesante que Godard haya visto multiplicado su legado en bits, megas y gigas mientras la memoria de contemporáneos como Truffaut o Fellini permanece anclada al siglo XX, al cine arte y a la cultura de la nostalgia. La primera línea de ofensiva son sus clásicos sesenteros, pero el verdadero tesoro a descubrir son los trabajos de los años 80 y más allá (Pasión, Prénom Carmen, Cuide su derecha, Nouvelle vague, Nuestra música), filmes intensamente jóvenes, extraños, desconcertantes. ¿Por asunto de mirada, de belleza o lección de pragmatismo? Todos los anteriores.