• 13 julio, 2010


El problema principal de la estrategia derrotada por el resultado de la comisión mixta es no entender que solo un diálogo bien articulado con la oposición puede dar fluidez a la relación entre el gobierno y el parlamento.


Da la impresión de que el gobierno ha perdido la iniciativa política. El amplio manejo de la agenda pública que había alcanzado luego del mensaje presidencial del pasado 21 de mayo último hoy está en duda. A primera vista, esto resulta bien difícil de entender porque enfrenta a una oposición muy debilitada, con escaso rumbo, confuso discurso y cuyas fuerzas principales están enfrascadas en ásperas disputas directivas.

Autogoles y errores comunicacionales, la permanencia de los conflictos de interés, el fuego amigo que no amaina y, sobre todo, la elección de una errada estrategia de relación con el parlamento, han privado al Ejecutivo de la capacidad de mantener la iniciativa. A la espera de los efectos de la anunciada nueva gestión estatal y del crecimiento de la economía, el Congreso es un campo crucial de despliegue de un gobierno que se inicia.

La fracasada iniciativa, promovida por el ministro secretario general de la Presidencia, Cristian Larroulet, y el subsecretario de Hacienda, Rodrigo Alvarez, de aprobar por mayoría el proyecto de royalty en la comisión mixta constituida por miembros del Senado y de la Cámara, es un ejemplo del equivocado camino escogido por el gobierno.

Hay tres razones, que justifican mi argumento. La primera. El régimen binominal, por definición, es
un sistema que promueve al empate en el poder legislativo. Más aún, los altos quórums requeridos para casi todas las materias importantes enfatizan esa característica de nuestro sistema político.

La segunda. La falta de solidez de los bloques parlamentarios. El fenómeno de los díscolos se transformó en una realidad del parlamento actual por un conjunto de razones. La reducción del período presidencial, que elimina la influencia del gobernante de turno en la reelección del incumbente, la atención comunicacional al descolgado en un contexto de baja estima y negativa consideración publica de la labor legislativa, la debilidad de los partidos y la escasa densidad y solidez ideológica de las adhesiones a
los referentes, entre muchas otras razones, están en la base de la creciente dificultad del voto disciplinado.

La tercera. La consideración profundamente equivocada, de parte del gobierno, respecto a la naturaleza y alcance del acuerdo político administrativo que hizo posible la alianza entre la UDI-RN y los diputados del PRI y los parlamentarios regionalistas de distinto origen. Este permitió, con una obvia facilidad, la instalación de diputados de esos partidos en la mesa de la cámara baja, pero no exigió a
cambio ningún fundamento programático. Y es evidente que en muchos temas hay incluso más afinidad entre diputados de la antigua Alianza y de la Concertación que en el actual bloque que gobierna la Cámara
de Diputados.

Y este es el problema principal de la estrategia derrotada por el resultado de la citada comisión mixta. Es no entender que solo un diálogo bien articulado con la oposición puede darle fluidez a la relación
entre el gobierno y el parlamento. Además porque nominalmente la Concertación
tiene mayoría en el Senado. Subrayando también, por cuestión de consistencia analítica, el carácter virtual de esa mayoría concertacionista.

Porque lo que demostró el cuatrienio de gobierno de la presidenta Bachellet, que comenzó con mayoría oficialista en las dos cámaras y termino en minoría en ambas, es que la volatilidad es y será la tónica de este peculiar parlamento, donde los congresistas llegan a sus escaños no porque derroten a un adversario de otra coalición, sino a su propio compañero de lista.

Y hay que agregar que para el gobierno de Michelle Bachellet esta situación se transformó en un rompecabezas muy difícil, que concluyó con la división de partidos en medio de algunas tramitaciones legislativas dramáticas, como fue el debate del subsidio del Transantiago.

Buscar con convicción el diálogo con la oposición en este modelo político no es una opción para la fuerza gobernante. Es el único camino. ¿Objetivamente esta situación condiciona la agenda? Sí la condiciona, pero ni modo. Porque lo otro es la guerrilla permanente. Y obliga a una búsqueda perpetua del voto marginal que, por la vía del chantaje, condiciona y empobrece aun más la agenda.

Nótese que no me he referido a razones patrióticas para justificar una relación de cooperación entre oposición y gobierno. Ni tampoco he apelado al Bicentenario. Basta con los condicionamientos objetivos que nos impone este sistema político.