Un artista que quería unir arte, poesía y espacio. Que quería cambiar la propia cartografía de la humanidad. POR LUISA ULIBARRI Si Colón llegó a América convencido de estar en Asia, su equivocación fue, en este rincón del planeta, una sorpresa que devino en mito fundacional. Al menos así lo ve el soñador grupo de […]

  • 15 junio, 2007

Un artista que quería unir arte, poesía y espacio. Que quería cambiar la propia cartografía de la humanidad.
POR LUISA ULIBARRI

Si Colón llegó a América convencido de estar en Asia, su equivocación fue, en este rincón del planeta, una sorpresa que devino en mito fundacional. Al menos así lo ve el soñador grupo de arquitectos, artistas y poetas de los años 60, avecindados en Valparaíso bajo el nombre de Amereida. Claudio Girola (1923-1994) fue parte de este team de locos soñadores que trasladaron el arte de los museos y galerías a las montañas, dunas y al litoral de nuestro continente, creando una
porteña poética versión del emergente land art.

Nacido en Rosario (Argentina) y formado en la Academia de Bellas Artes de Buenos Aires, Girola no hacía jamás bocetos, pero ocupaba territorios. Decía que arte era “la pulsación que permite pasar de la vida a la existencia”. Y, al instalarse
en Chile en las vecindades de Ritoque, al crear el Instituto de Arquitectura de la Universidad Católica de Valparaíso –más la metafórica Ciudad Abierta y su serie de travesías o peregrinajes por el sur de América, donde siempre su huella quedó plasmada en un objeto de arte– construyó una poética indeleble que unía el cochayuyo, la Grecia antigua y Rimbaud.

Girola quería comprobar cómo se veía América desde Europa. Quería unir arte, poesía y territorio. Pero también cambiar la propia cartografía de la humanidad.

Inspirado en La Eneida de Virgilio –junto a Godofredo Iommi, Carlos Alberto y Fabio Cruz–, Girola recorrió calles, rutas y plazas dejando siempre trazos y horizontes capaces de hablar de cierta santidad de la obra, así fuera en la Patagonia, en Santa Cruz de la Sierra o en el mismo Pozo, escultura al aire libre con senderos rituales levantada junto a arquitectos en Ritoque y donde sus restos descansan hoy. Este utópico guía y hacedor es el que revive ahora en una muestra prolongada en un libro o edición de cámara llamada Claudio Girola, Tres Momentos de Arte, Invención y Travesía que se exhibirá hasta comienzos de julio en la sala Telefónica de Santiago.

Por primera vez su obra entera se reúne en una arquitectura blanca, transparente y de cristal soslayando sus aladas y musicales esculturas, así como los macizos bloques de aluminio o madera. Sus dibujos, bocetos, témperas y tenues esbozos de color, comparecen junto a registros con fotos murales de las travesías, los actos poéticos, y phalènes (mariposas que suelen quemarse con la propia luz que las atrae). Aquellos inolvidables talleres al aire libre en un Partenón figurado por este mítico grupo, también se exhiben en un todo tenue y silencioso, donde el blanco de los espacios, el negro, el marrón y el plateado del metal de sus esculturas, genera una conversación de sutilezas cuyo más decidido sonido es el del silencio.

No obstante, cierta estrechez de la nave central que acogió las obras que anteceden al interior de la galería genera el efecto justamente contrario al que siempre buscó Girola: expandir espacios, fronteras y horizontes. Quienes concibieron esta muestra de 39 esculturas, 48 dibujos más fotos antiguas y registros de las travesías alentadas por el autor (Cecilia Brunson, Tomás Browne, Sylvia Arriagada) saben de triangulaciones musicales, direcciones oblicuas abiertas, de ceremonias en el Agora, y del sereno desplazamiento de líneas, color y forma, en una obra donde el metal vibra en do sostenido mayor, mientras su autor atraviesa cerros forrado en una desnudez terrenal que hace recordar las cumbres de Padre Padrone y el entorno aislado y total creado para dicho filme por los hermanos Taviani.

Quizás les faltó ordenar el eje de la mirada, para evitar que las obras tan bellamente dispuestas –especialmente las grandes fotos seriadas del muro– a veces parezcan estar luchando para conseguir una más oxigenada distancia con el espectador, regalándonos esa necesidad de infinito que siempre Girola quiso reflejar y capturar.