El autor de La ola muerta habla de su último libro, Basuras de Shangai y de cómo la ficción puede fundirse con la vida. Así, repasa algunos momentos de su trayectoria, que ha sido siempre la materia de su obra, como la noche en que bailó con Ava Gardner o la tarde que bebió champán y habló de libros con Augusto Pinochet.

  • 7 septiembre, 2007

El autor de La ola muerta habla de su último libro, Basuras de Shangai y de cómo la ficción puede fundirse con la vida. Así, repasa algunos momentos de su trayectoria, que ha sido siempre la materia de su obra, como la noche en que bailó con Ava Gardner o la tarde que bebió champán y habló de libros con Augusto Pinochet. Por Marcelo Soto; foto, Verónica Ortíz.

 

Cada cierto tiempo sobresale en el horizonte un escritor que parece contener y resumir las cimas y lagunas, las rabias y adhesiones de la narrativa local. Antes fue Roberto Bolaño, y antes de él José Donoso. Ahora no cabe duda de que Germán Marín es el hombre, el tipo que todos comentan o detestan o llevan a las alturas. Descontando a Jorge Edwards –que es el último de los consagrados– no hay otro autor que concentre tantos odios y alabanzas.

 

Marín no es un prosista fácil y seguramente nunca será un best seller, pero entre los lectores de verdad –que en Chile, como dice Gonzalo Contreras, no son más de 1.500– es una figura cenital, el centro de un nuevo canon, que desplaza de cierta forma a los narradores que fueron exitosos en los 90.

Sus tácticas narrativas son radicales. Pese a que abusa de las frases intercaladas, largas como una conversación de trasnoche, con párrafos extenuantes donde no hay un solo punto aparte, posee algo que en esencia es la marca de un escritor de estirpe: un estilo. Una manera de respirarescribir que finalmente captura. Su último libro, Basuras de Shangai, es una muestra de su oficio narrativo y ofrece algunos de los relatos más deslumbrantes que haya entregado la literatura chilena reciente.

 

Fuera de eso, el autor de La ola muerta –culminación de una trilogía que mezcla memoria, ficción y ensayo, donde las notas a pie de página forman una novela independiente– tiene una vida para contar. No solo fue contrabandista en su juventud bonaerense, sino que escribió textos firmados por Gabriel García Márquez, bailó con Ava Gardner y conoció a Borges antes de que el escritor argentino se convirtiera en Borges. Suficiente material para entretener a los nietos (tiene cuatro, a los que regalonea cada domingo en los almuerzos familiares que exige su herencia italiana).

 

Igualmente, ha tenido una larga trayectoria como editor, tanto en Chile como en México y España, y hoy trabaja en Random House Mondadori, donde no le tiembla la mano para rechazar textos que, por muy vendedores que puedan ser, no poseen según él la calidad literaria adecuada. Por lo mismo se ha ganado no pocos enemigos. “Estoy en la lista negra de todos los escritores chilenos”, me dice una tarde, la más fría del año, mientras tomamos café y él fuma un cigarro tras otro.

 

Por si no lo han escuchado, una de las cosas más singulares del novelista, imposible de esquivar si armamos el personaje, es su voz ronca y profunda que casi da miedo y con ese acento neutro, como el que tenía Bolaño, que otorga el haber pasado buena parte de la vida no en Santiago sino en Buenos Aires, el DF mexicano y Barcelona.

 

Por cierto, para ilustrar sus aciertos como editor, uno de los últimos libros en el que trabajó fue el exitoso Las armas de ayer, de Max Marambio, del que lanzará una tercera edición con prólogo de García Márquez. Las malas lenguas echaron a correr el rumor de que Marín era el responsable en gran medida de la buena factura del texto. “Eso es una injusticia tremenda. Apenas toqué el borrador”, dice con vehemencia. Y enciende otro cigarro.

 

 

 

1. La verdad de las mentiras

 

 

-En Basuras de Shangai hay un apartado que se llama “Lecciones de cosas”, donde rescata objetos como los pantalones de golf, los abanicos y maniquíes. Una lista de artículos discontinuados.

-Es una especie de museo del cual me gustaría ser su director. Debo aclarar que ese libro incluye algunas de las últimas cosas que escribí y otras de hace cinco años, pero que modifiqué mucho. Se transformó en algo distinto, autónomo.

 

 

-El relato Días perdidos, sobre un escritor que va a Isla Negra a escribir una novela que nunca escribe, tiene un divertido tono paródico. ¿Usted alguna vez hizo ese viaje que parece una tradición en la literatura chilena?

-No, para nada. ¡Nunca voy a la playa! Ese cuento tiene algo autobiográfico en el joven que intenta escribir, pero no en cuanto a los escenarios y sucesos. Yo siempre me he reído de la gente que va a escribir a Isla Negra. Es una tradición algo patética. Y en general se fracasa. Me acuerdo de Claudio Giaconi, pobre fi nado, cuando se vino a Chile, después de jubilar en Estados Unidos y me dijo con toda seriedad me voy a Isla Negra a escribir una novela. Qué tontería. Existe el mito de que ir a Isla Negra sirve para escribir mejores libros, como si Neruda pudiera ayudarte. Es bastante aldeano y ridículo. Lo mejor para escribir no es moverse de la pieza de uno, ahí tienes todo: tus libros, el teléfono…

 

 

-Es interesante esa mixtura que se hace entre ficción y autobiografía en la mayoría de sus libros. ¿Cómo llegó a esa fórmula?

-Es algo que se me va dando. Yo a veces modifico la realidad, porque me hubiese gustado que la realidad fuese distinta. Incorporo la ficción dentro de la línea de flotación de lo real. El libro es una suma de estos brotes, estas basuras que a uno le surgen en la mente a partir de lo vivido.

 

 

-La ola muerta, su anterior libro, es una mezcla de memorias y novela y comentarios sobe la escritura. ¿Qué hay de verdad y mentira?

-Hay verdad y hay mentira. Por ejemplo, lo que es verdad es que trabajé en la boite Rendez Vous, de Buenos Aires, en los años 50, que era de Oslvaldo Fresedo y estaba en la calle Maipú con Córdova. Fresedo era un director de orquesta, compositor, autor de Vida mía, de mucho prestigio, incorporado a la historia del tango. Eso es verdad, yo trabajé ahí y fui pinchadiscos. En esa época no era un trabajo con toda la parafernalia técnica actual, era una labor nada más. Bastaba seleccionar discos e ir poniéndolos durante una jornada, que empezaba como a las seis de la tarde y duraba hasta las diez. Entonces, hay una mixtura en esos relatos de la realidad, pero también de pronto el autor se va adonde le hubiese gustado ir y corrige esa realidad incorporando pequeños elementos de ficción de tal modo que el brazo del disco vuelve a su lugar y continúa la música.

 

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-¿Es cierto que estuvo ligado a un grupo de contrabandistas?

-En esa época era contrabando, pero no de droga. Sin embargo había que hacerlo, era inevitable y lo hacíamos con la aceptación de la policía. Era un período muy corrupto en Argentina, tras la caída de Perón, lo que no quiere decir que el régimen anterior fuera limpio, por el contrario. Déjame decirte una cosa: esa novela ha andado bien en Buenos Aires, esta mañana justamente me llamó por teléfono uno de los personajes, la muchacha que el protagonista conoce en la Facultad de Filosofía y con la que se pone de novios y después él se mete con la mamá.

 

 

-El personaje se transforma en el amante de la madre de su novia. Vaya enredo. ¿Fue un episodio real?

-Sí, fue real. Esta chica, que ahora es una señora, me llamó para decirme que este libro lo había encontrado en una librería. “Canalla, no me lo has enviado”, me dijo. “Y tú –le contesté– más rota que no me lo compras” . Y nos empezamos a reír. Su madre, que efectivamente fue mi amante, murió hace años. Estos personajes son de la realidad, pero se transfiguran a través del deseo, de lo que uno quisiera fuera la realidad, pero no lo fue, para bien y para mal. Esto también está presente en Basuras de Shangai.

 

 

-En otro pasaje relata que bailó con Ava Gardner.

-Eso es verdad. Mira, yo entré a trabajar en Rendez Vous gracias a un amigo que falleció, que era músico, muy conocido en su época que se llamaba Joaquín Prieto, tenía dos canciones que le dieron fama. Joaquín terminó siendo arreglista de Hollywood y ganó fortuna. Fue quien me consiguió la pega en Rendez Vous como pinchadiscos. Entonces, una noche ya me iba y me encuentro con Joaquín, eran las nueve y cuarto y me dice “yo que tú volvería más tarde”. “Por qué”, le pregunté. “Porque va a llegar alguien que te gusta tanto del cine, una actriz que has visto alguna vez”. “Quién es”, insistí. “No, no te voy a decir nada”. “¿Y a qué hora debería volver?”. “Mira, está invitada a cenar. Vuelve como a las 11 y media” Me fui a estudiar y a la hora señalada vuelvo. Había una cena como de 20 personas, cuando llego, miro y era ¡Ava Gardner! La miraba y la miraba, yo era el más pendejo de todos, tenía 18 años. Entonces, de repente uno de los señores, muy compuesto, muy poderoso, de la radio, la invita a bailar, y ella dice “yo voy a elegir con quién quiero bailar”, y de repente me pega la mirada: “yo voy a bailar con el más joven de esta mesa”. Y salí a bailar con ella. Y sentí que me moría. Hasta el día de hoy lo recuerdo.

 

 

-¿Un momento que perdura?

-Es un momento epifánico, el mejor momento de mi vida, de ahí empezó mi decadencia. Todo lo que viene después ha sido cuesta abajo. Nunca llegaré a vivir algo como eso. Yo olía su cuello, era una mujer alta, hermosa, muy bonita. Y todavía no estaba buena para el trago.

 

 

 

Borges, Pinochet, García Márquez

 

 

-¿Se fue a Buenos Aires en los 50, huyendo de Chile o de la relación con su padre?

-Las dos cosas. Estaba muy aburrido en Chile, todo me lateaba. La relación con mi padre era muy conflictiva. La verdad es que yo quería irme a Europa, pero no me atreví. Me faltó valor. Me fui quedando en Buenos Aires. En un momento Joaquín me consigue pega, ingreso a la Facultad de Filosofía y Letras. Y se enriela un poco mi vida.

 

 

-¿Allí conoce a Borges?

-Sí. Era un profesor magnífico, pero no enseñaba, tú dialogabas con él. Hacía el curso de literatura inglesa y norteamericana en la Facultad de Filosofía y Letras. Si querías estudiar tenías que seguir las clases con el ayudante de Borges. Con Borges eran conversaciones que muchas veces no eran de literatura inglesa ni norteamericana sino argentina. Y muchas veces eran pelambres porque Borges era muy pelador.

 

 

-Así queda claro en el libro de Bioy Casares.


-Era terrible, se mataba de la risa, le inventaba cosas a la gente, era muy intrigante, pero bueno, sus clases eran una delicia. Y al final del año te aprobaba sin examen. O sea, el examen era sentarse ahí y charlar, y él te ponía una nota de aprobación pero baja. Ahora si tú querías mejorar la nota tenías que pasar el examen con el ayudante. Y ahí sí que la cosa iba dura.

 

 

-Antes de escapar a Buenos Aires, conoció de cerca a Pinochet.


-Por supuesto. Pinochet había sido capitán de compañía mío en la Escuela Militar.

 

 

-¿Por qué alguien como usted decide vestir el uniforme?

-No me llevaba bien con mi padre. El no quería que yo entrara a la Escuela Militar. Fue porfía mía. Mi padre me decía mira Germán, por tu carácter no sirves para ser militar. La verdad es que yo era un cachito, había que darle un destino a este cabro. Y a mí se me ocurrió la Escuela Militar. Y por esas cosas que uno tiene en la adolescencia, yo estaba en busca de valores transparentes, rigurosos, ciertos y pensaba que en el ejército encontraba eso. Además, debo decir, había una suerte de atracción por el uniforme militar, me encantaba, la chaqueta azul, el pantalón negro…

 

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-¿Cierto fetichismo?

-Es una verdad que no habla bien de mí. Lo mismo me pasa con la ropa interior femenina.

 

 

-¿Cuándo conoce a Pinochet?

-Ingresé a la Escuela y el segundo año me toca como capitán de compañía Augusto Pinochet. Dura la cosa, muy jodida. No era más ni menos exigente que otros, pero era atrabiliario. Daba órdenes contradictorias. Se ponía nervioso, era permanentemente tenso. No inspiraba confianza.

 

 

-¿Era irresoluto?

-Yo creo que sí. Era muy desconfiado, siempre andaba tratando de pillar a la gente en algo. Siempre tratando de descubrir en el otro la equivocación, la maldad, qué sé yo. Eso lo hacía, para nosotros que éramos unos niños, un personaje temible.

 

 

-¿Qué piensa cuando Allende lo nombra comandante en jefe, lo reconoció?

-Por supuesto, lo tuve muy presente. Incluso antes que Allende lo nombra en un momento en que el general Prats viaja a Estados Unidos y la Unión Soviética, asume como comandante y ocupa la oficina de Prats en el Ministerio de Defensa y en ese momento el general Pinochet invita a sus ex cadetes a una copa de champán. Nos reunimos con él, esto te digo fue el año 72 y ahí conversamos, yo estaba metido en la cosa editorial, era escritor y hacía periodismo y él lo sabía perfectamente y entonces ahí me cuenta los dos o tres libros que tenía escritos, donde había recreado y estudiado el tema de distintos combates, ocurridos en la guerra del Pacífico. Sobre la historia de Chile desde el punto de vista militar, él presumía de erudito. “Bueno, me dice, por qué no editas estos libros, que no encuentro editorial, los militares con vocación de investigadores estamos en una situación desmedrada”. Ese era el Pinochet que conocía, hasta que aparece el otro Pinochet cuando vino el golpe. Y entonces dije la cosa viene dura.

 

 

-¿La publicación de Las cien águilas, donde relata su paso por la Escuela Militar, le provocó problemas con sus antiguos compañeros?


-No graves, pero se molestaron y a partir de eso no nos vemos más. Porque cuando yo volví a Chile después del exilio, ellos hicieron un gran esfuerzo de estar conmigo, de verme, de compartir cosas, de explicarme. Publiqué Círculo vicioso, y me dijeron “qué bien hombre”, pero cuando publiqué Las cien águilas, no les gustó nada.

 

 

-Allí cuenta que fue expulsado por emborracharse junto a unos compañeros vestidos de uniforme, a quienes sin embargo no delató. ¿Rompió un código al contar estas intimidades?


-Sí, rompí un código. Quiérase o no el que ha estado en la Escuela Militar pasa por un bautizo, no hay vuelta que darle. Uno queda bajo ese signo. Y yo rompí esa lealtad mínima que debía haber tenido con aquella gente, pero no podía, porque primó en mí el escritor antes que el ex cadete militar.

 

 

-¿Qué le dejó la Escuela Militar?

-Recuerdos nada más, el único patrimonio. Y luego me permite saber días antes que venía el golpe, porque me lo dijo un compañero.

 

 

-¿Qué hizo con esa información?


-La comenté con varias personas pero todo el mundo comentaba que venía el golpe. Era el lobo, el lobo. Todo el mundo diciendo viene el lobo. Y si yo decía lo mismo, “viene el lobo”, “ah, sí claro, viene el lobo, viejo”. Entonces nada. Llegó el 11 y bueno. Pasaron como dos meses, y me fui a México.

 

 

-Allí trabajó con García Márquez.

-Lo conocí a través de la viuda de Allende. García Márquez le dice un día “necesito que me presentes a alguien porque hay muchas cosas que yo tengo que hacer y que no me alcanza el tiempo, no es que quiera un secretario, pero alguien de confianza que por los menos dos o tres horas a la semana, se dedique a trabajar conmigo”. La Tencha consultó y salió mi nombre. La Tencha me digo “llámelo, acá esta el número”. “No, que me llame él”. Tampoco quería aparecer yo como el sirviente. Y fíjate que me llamó por teléfono y le dije juntémonos en mi casa, no vivía lejos de donde yo vivía, y nos quedamos de juntar un día a las 4 ó 5 de la tarde, les conté a mis hijos, que tenían once o doce años, García Marquez había publicado Cien años de soledad y acababa de publicar El otoño del patriarca. Fue muy amable, se conquistó a toda la casa y ahí empezamos a conversar de qué quería que yo hiciera, entonces llegamos a un acuerdo de que lo mejor era no tener sueldo sino que cada trabajo lo viéramos en sí.

 

 

-¿Qué tipo de cosas hacía?

-Por ejemplo recibía una entrevista con las preguntas escritas desde Italia. Y yo tenía que contestarlas. El se dio cuenta que yo conocía su obra, conocía lo que él decía en la prensa, en ese tiempo aceptaba muchas entrevistas y no me resultaba difícil darme cuenta qué cosas quería decir. Yo hacía el borrador, después él lo revisaba. Teníamos, digamos, una fórmula. Bien divertida. Me decía que yo ponía la letra y él la música. Siempre fueron textos secundarios dentro de su obra.

 

 

 

-¿Discursos?

 

-Sí.

 

 

-¿Se han recopilado esos textos?

-No tengo idea. Pero eran textos cotidianos dentro del ajetreo de una figura que en ese época estaba muy incorporada al mundo. Fue a fines de los 70 -cuenta Marín, dando por terminada la charla. Enciende un enésimo cigarro mientras pagamos la cuenta y agrega: “Empecé a fumar en la Escuela Militar. Una cajetilla al día”. “Eso al menos le dejó la Escuela”, le comento y el autor sonríe, antes de perderse, entre humos, en la fría tarde.