Director Revista Capital

A no ser por el feroz costalazo de entidades como Carabineros, la PDI y las FFAA, que por años fueron anclas en cuanto a confianza en la sociedad, muy probablemente esa lámina de la última encuesta CEP habría pasado inadvertida. Tal vez el comentario sobre ese punto en la conferencia de prensa habría sido algo así como que la mayoría de las instituciones y conceptos medidos siguen registrando niveles de confianza bajísimos e inferiores a 30%, con los partidos políticos, el Congreso y el gobierno con 10 y menos por ciento.

Es decir, esta vez esa lámina que históricamente ha sido portadora de malas noticias logró llamar la atención porque, como alguien dijo hace unos años, las cosas podían ser peor.

Como sea, muy bien asentadas en el ignominioso territorio de los peor evaluados siguen estando (e incluso bajan unos puntos) las empresas privadas, cuestión que entre las innumerables lecturas que permite, se cuenta permitir dimensionar el calado de la tarea que tienen por delante las directivas gremiales empresariales, incluido el flamante nuevo presidente de Sofofa, Bernardo Larraín.

Dejando atrás las polémicas propias de la competencia electoral, Larraín Matte ha cumplido en sus primeros días la promesa de entrar de lleno en el pantanoso territorio de las confianzas y los prejuicios al señalar que las empresas privadas no deben avergonzarse de su esencia ni de las fuerzas que movilizan su actuar. Y lo ha hecho en forma clara y sin pudor, al afirmar, por ejemplo, que el lucro es lo que mueve el capital, en tanto legítima retribución al esfuerzo y trabajo bien hechos, todo ello en una dinámica ética, ya que esas energías bien aplicadas producen emprendimiento, empleo y valor.

La empresa, se percibe en este nuevo discurso, no tiene de qué avergonzarse, en especial si para operar ha cumplido con los permisos (muchas veces abrumadores y burocráticos) que le impone la licencia social; si está sometida como todos los actores sociales al escrutinio del Estado y la penetrante mirada de la sociedad; y si, como ocurre en muchos casos, va incluso más allá de las leyes.

Ese mensaje es el que debe enfatizarse en estos tiempos de desconfianza rampante, sobre todo si se tiene la convicción de que la empresa es en esencia un colectivo de personas que trabaja colaborativamente en la producción de bienes y servicios que la sociedad valora libremente con sus preferencias de consumo. Y, además, si se tiene la claridad de que esa ecuación ha producido el periodo de mayor bienestar de la humanidad en la historia.

Y si, además de claro, el mensaje es honesto, en el sentido de hacerse cargo de que no todo ha sido miel sobre hojuelas, tanto mejor. Eso supone no ocultar que la empresa está consciente de su obligación de abordar, con el apoyo de leyes y controles inteligentes de la sociedad, de los problemas y los desafíos del futuro, para así proyectarse en el tiempo y extender a más personas esos beneficios.