¿Por qué el cine suele ser tan torpe al retratar a los compositores clásicos como individuos de carne y hueso? “La pasión de Beethoven” es el más reciente ejemplo.

  • 14 diciembre, 2007

¿Por qué el cine suele ser tan torpe al retratar a los compositores clásicos como individuos de carne y hueso? “La pasión de Beethoven” es el más reciente ejemplo.Por Joel Poblete.

 

Es curioso cómo el séptimo arte suele optar por una de las dos únicas alternativas que parecen existir al describir las vidas de compositores de música selecta. O se los respeta demasiado mostrándolos como verdaderos santos, aburridas y severas estatuas vivientes, o se los retrata como excéntricos irreverentes e incomprendidos. Un buen ejemplo de esto último está presente en la cartelera local: La pasión de Beethoven, de Agnieszka Holland, en la que se fantasea sobre una estudiante de música que ayuda al genio de Bonn a componer y estrenar su Novena Sinfonía. Esta anécdota es totalmente ficticia, lo que no tiene nada de reprobable, porque la cineasta está en su total derecho a reinterpretar la realidad, por lo que los melómanos deberían pasar por alto inexactitudes históricas como las que rodean el concierto con el que debutó la pieza.

Pero al margen de esos detalles, sorprende la cantidad de estereotipos y frases cliché que ofrece el guión de la cinta. Desde la forma en la que definen al compositor quienes lo rodean –“Es como si su alma se hubiera quedado sorda” o “Es una fuerza de la naturaleza”– hasta las afirmaciones para el bronce que arroja en distintos momentos el propio Beethoven: “La soledad es mi religión”, “La música es el lenguaje de Dios”, “¿Debo encontrar el silencio para poder escuchar la música?”, o la mejor de todas, ese solemne y profético “Ahora la música cambiará para siempre” que musita antes de empezar a dirigir el estreno de la Coral. Todo indica que en verdad el artista era huraño y difícil de tratar, y es loable el esfuerzo por bajarlo del pedestal al humanizarlo mostrando sus defectos y virtudes, pero eso no evita que de todos modos sea una lástima ver a uno de los mejores actores de su generación, Ed Harris, encarnando a un Beethoven exagerado y superficial, que escandaliza a las monjas, vive en un cuartucho sucio donde se pasean las ratas y cucarachas, y no tiene problemas en arruinar el goulash de sus vecinos de abajo con el agua que arroja cuando se baña, o menos en mostrar el trasero a su asistente.

 

Definitivamente, salvo contadas excepciones –Salieri en Amadeus, Sullivan en Topsy-Turvy–, la pantalla grande ha fallado en sus acercamientos a los músicos (mejor ni hablar de los experimentos de los años 70 del irreverente Ken Russell sobre Tchaikovsky, Mahler y Liszt), y curiosamente los más bellos y acertados homenajes han venido desde la televisión, con las recordadas miniseries Verdi (1982) y Wagner (1983). Y esta nueva mirada a Beethoven hizo poco por cambiar esta opinión.