La posibilidad de reconocer y admirar la obra de Paul Gauguin está convocando a numeroso público a la recién inaugurada exposición “Retratos de Gauguin”, en la National Gallery de Londres.
Por: María Teresa Herreros

  • 29 octubre, 2019

En un tranquilo recorrido se puede apreciar su característico estilo, su rostro, imágenes de mujeres, escenas y lugares principalmente polinésicos de formas rotundas e intensos coloridos que han dado a Gauguin (1848-1903) su lugar en la historia del arte moderno.

Esta exposición, basada en los tiempos en que el pintor vivió en Bretaña y en la Polinesia Francesa –desde mediados  de 1880 hasta sus últimos días en 1903–, muestra cómo el francés se encantó con sociedades cercanas a la naturaleza y ajenas a la industrialización de París. Son 56 obras instaladas en seis salas de la galería que incluyen dibujos, pinturas, tallas en madera y piedra, esculturas en arcilla y cerámicas.

Se escogió acertadamente los retratos como tema. Fueron una constante en su carrera y la intención de los curadores es mostrar cómo Gauguin los utilizó principalmente para expresar sus ideas sobre el arte, haciendo notar además cómo se ampliaron los parámetros del retrato como forma pictórica. Desafió las convenciones, poniendo énfasis en lo simbólico o espiritual en lugar de los detalles de los modelos o de su posición social. Desafió al mundo siendo el primer artista europeo a quien le parecieron más bellas las mujeres de piel oscura que las de piel blanca.

La primera sala está dedicada únicamente a sus autorretratos. Son nueve, en ellos aparece en diferentes poses siempre destacando su nariz aguileña que él mismo proclamaba como una marca de su sangre Inca. La obra central en esta sala es Cristo en el Jardín de los Olivos, pintado en Bretaña a fines de 1889.

Se comenta que en esos días Gauguin estaba emocionalmente angustiado debido a sus recientes fracasos en las exposiciones de París. Se representa en primer plano como Cristo, sufriente, solo y abandonado por sus discípulos. Estos aparecen arrastrándose en retirada en tonos oscuros al fondo del cuadro.

En la segunda sala llaman la atención los escasos y convencionales retratos de parte de su familia: Mette, su esposa (1884); Aline, su hija de cuatro años (1881); Clovis, su hijo de seis años (1884). Aquí también se ubican retratos de conocidos y amigos, pintados en sus estadías en Bretaña. Así como la mayor parte de la tercera sala que muestra principalmente a su amigo, el pintor holandés Meijer de Haan, muy vinculado a los hermanos Theo y Vincent Van Gogh. 

En las tres últimas salas está Tahiti, donde destacan mujeres vestidas con largos y coloridos ropajes. La principal, que fue elegida como ícono de esta exposición, es la imagen de la mujer con la que se casó cuando ella tenía trece años, titulada Merahi metua no Tehamana (Tehamana tiene muchos ancestros). Este sereno retrato de la amada tahitiana es quizás una despedida, ya que fue pintado poco antes de que el artista abandonara la isla, regresando a Francia durante dos años. Vestida con su mejor atavío dominical, sosteniendo un abanico de palma trenzada, símbolo de belleza, su cabello luce decorado con flores, la roja de su sien izquierda significando que está casada. Tehamana está sentada frente a un misterioso fondo pintado que recuerda un friso de un antiguo templo. Como contraste, las cabezas que se ciernen sobre cada uno de sus hombros son espíritus malignos, sugiriendo un diálogo entre el bien y el mal o entre la vida y la muerte.

Nos encontramos nuevamente con otro retrato de Tehamana, esta vez en una cabeza hueca esculpida en madera, policromada, con una figura tallada de Eva en su interior. Se ha interpretado como una referencia al paraíso edénico que Gauguin decía haber encontrado con su amada. La curatoría de esta exposición tuvo buenas razones para elegir retratos de bellas tahitianas vestidas con largos ropajes, excepto el llamado Contes Barbares (1902), impactante imagen y una de sus últimas obras maestras. Son dos jóvenes sentados en ambiente calmo rodeado de lirios, él de rasgos andróginos en posición de loto y ella en pose de budismo. Ella, Tohotaua, al parecer la favorita de Gauguin, de pelo rojo anaranjado y prácticamente desnuda, mira de soslayo. De pronto aparece un horrible voyeur extranjero con rasgos diabólicos y expresión lujuriosa, que inexplicablemente es el rostro de su amigo Meijer de Haan, muerto hacía siete años.

La exposición finaliza con su postrer autorretrato, de gran simplicidad, pintado poco antes de morir solo y muy enfermo en las Islas Marquesas, donde se le ve cansado y avejentado, usando anteojos. Lo regaló en agradecimiento y amistad a un joven vietnamita que lo cuidó cuando su salud finalmente lo abandonaba.

Paul Gauguin murió de sobredosis de calmantes en la mañana del 8 de mayo de 1903.