• 12 junio, 2008

 

Hay libros para consensuar y otros para incitar. Edgard Lucas optó por lo segundo con La nueva guerra fría, un ensayo que –como comenta el escritor Gonzalo Garcés deja en evidencia el poder adquirido por Rusia a partir de su patrimonio energético.

 

El precio del petróleo afecta la economía, pero antes (y de modo más peligroso) afecta la política. Thomas Friedman acuñó un teorema: cuanto mayor el precio de los hidrocarburos, menor la democracia en el mundo. Con el petróleo a 15 dólares el barril, países como Irán o Venezuela no estaban en posición de rechazar las presiones para introducir reformas políticas; con el petróleo a 150 dólares, son ellos quienes imponen sus condiciones al mundo.

El caso más patente es Rusia. Como lo muestra Edward Lucas en La nueva guerra fría, la década de los noventa fue para ese país un período de desorden y pobreza, pero también de progreso de las libertades. Esto acabó con la llegada al poder de Vladimir Putin y la escalada del crudo. A fines de 2007, el PBI ruso se calculaba en 1,3 trillones de dólares, es decir 6,4 veces su valor de 1999, cuando Putin asumió la presidencia.

No todo se debe a las exportaciones de hidrocarburos, pero sí buena parte. La pregunta es: ¿cómo es el proyecto nacional que está haciendo sentir su peso a escala global gracias a esta coyuntura?

El retrato que hace Lucas de la Rusia actual es siniestro. Tras ser elegido, Putin se consolidó gracias su enérgica respuesta a los atentados que sacudieron Moscú; hoy muchos creen que esos atentados fueron obra del FSB, el servicio secreto ruso. Una anécdota entre muchas: dos individuos que fueron detenidos cuando colocaban bolsas sospechosas en el sótano de un edificio presentaron credenciales del FSB. Se dijo que era un ejercicio y que las bolsas contenían azúcar. En ese caso, preguntó un periodista, ¿por qué fueron llevadas a un campo y se dispararon tiros contra ellas para ver si explotaban? El episodio no desentonaría en una comedia estilo Bananas, pero el resto causa menos gracia. Hoy las llamadas leyes contra el extremismo permiten castigar casi cualquier forma de disenso. Como en tiempos soviéticos, se encierra a opositores en manicomios. Pero la gran fuerza del Kremlin es su dominio sobre las empresas.

Caso representativo es Yukos. En 2003 esta petrolera se contaba entre las más pujantes. Pero cuando su dueño, Mijail Jodorkovski, mostró demasiada independencia, el gobierno fue implacable. El magnate fue arrestado y Yukos desmembrada. La principal planta de producción fue comprada por una empresa fantasma, creada dos semanas antes con un capital equivalente a 358 dólares, pese a lo cual pudo tomar prestados 1,4 billones de dólares del banco estatal Sberbank. Cuatro días más tarde fue adqurida por la principal petrolera ligada al gobierno, Rosneft.

Estos métodos han permitido a Putin dominar el mercado de la energía hasta convertirlo en instrumento político. Rosneft y la gasífera Gazprom, que responden al Kremlin, hoy son los principales abastecedores de Europa. Cuando en Ucrania la “revolución naranja” derrotó al candidato a la presidencia apoyado por el Kremlin, la respuesta fue un brutal aumento del precio del gas. Agresionestan flagrantes no se han registrado contra Europa occidental; pero no es tranquilizador que Gazprom busque —y haya conseguido en gran medida— adquirir activos clave en la misma Europa, como refinerías y redes de distribución. En consecuencia, aun cuando Europa encontrara alternativas a los hidrocarburos rusos, estaría en manos de sus oligopolios. Pero eso está lejos de ocurrir, razón por la cual empresas tan sólidas y orgullosas como Total o E.ON Ruhrgas aceptan las condiciones a menudo humillantes que imponen Rosneft y Gazprom. La paradoja es que estos gigantes son también portentos de mala gerencia.

Ineficacia y agresivo expansionismo: la combinación es familiar. En la era soviética se imponía por las armas; ahora, mediante el monopolio. Esto puede parecer lejano desde este rincón de Sudamérica. Pero Chile no es ajeno a la experiencia de estar atado, aun en forma indirecta, a un gobierno dictatorial y con ambiciones de hegemonía. Nuestro país importa el 77% de su petróleo de Argentina. Que, a su vez, lo importa desde Venezuela.