En la década del 90, el cineasta Ricardo Larraín filmó dos películas claves del cine chileno. Con la primera tocó el cielo. La segunda, en cambio, fue una de las experiencias más difíciles de su carrera. Pero todo eso ya es agua pasada: los negativos de La frontera y El entusiasmo acaban de ser recuperados por la Cineteca. La historia de ambas está a punto de recomenzar.

  • 13 septiembre, 2018

Febrero de 1992. Ricardo Larraín está de regreso en Santiago, pero es como si no hubiese aterrizado todavía. Unos cuantos días antes La frontera –su primer largometraje– obtuvo el Oso de Plata a mejor logro artístico, en el Festival de Berlín. Él tenía claro que la película impactaría a su audiencia, sobre todo en el marco de un Chile nuevamente en democracia, pero no estaba en sus cálculos llevarse un premio, hasta ese momento el más importante obtenido por un filme nacional en los festivales internacionales. ¿Cómo superar algo así?

Diciembre de 1998. El cine Gran Palace está repleto. Más de mil invitados –entre famosos, políticos e intelectuales– han llegado al centro de Santiago para ver El entusiasmo, la nueva cinta del director de La frontera. A juzgar por los comentarios de pasillo y los discursos antes de la función, se espera algo épico; y, sin embargo, a la salida, la gente se retira en silencio, entre apurada y confundida. ¿Qué pasó? ¿Se hicieron las cosas mal, o demasiado bien?

Julio de 2018. Un camión de carga se estaciona en la Cineteca Nacional. En su interior transporta 191 latas de película: los negativos y todo el material de trabajo correspondiente a La frontera y El entusiasmo, rescatados tras largas y costosas gestiones con el laboratorio parisino que fabricó las copias originales. Es tal el volumen por descargar que el personal hace una fila y va pasándose de mano en mano las latas, que una a una van entrando a su nueva casa, donde serán restauradas y escaneadas, iniciando un nuevo capítulo en la obra del director, fallecido solo un par de años antes. 

A varias décadas de sus estrenos, las películas no han cambiado, pero quizás nuestra percepción de ellas sí. ¿Es todavía La frontera un clásico de nuestro cine y El entusiasmo, un error del que mejor conviene olvidarse?

 

Un frío Macondo

Complejo y fascinante legado, el de Larraín. No solo por la bipolar recepción de sus dos obras más importantes, sino porque su trayecto encarna a la perfección el mundo de los cineastas chilenos antes del éxito en festivales, las nominaciones, los premios Oscar y la necesidad actual de construir una carrera afuera, para poder seguir filmando acá.

Larraín nunca se fue. En los 70 era muy joven para exiliarse (había nacido en 1957) y, tras estudiar en la Escuela de Artes de la Comunicación, de la Universidad Católica –durante el breve tiempo en que estuvo abierta–, siguió el camino de muchos contemporáneos: tuvo que olvidarse de la idea de hacer cine y lanzarse de lleno a la publicidad. Le fue bien. Dirigió más de 800 comerciales, consiguiendo independencia económica, pero al mismo tiempo alimentando una creciente ambición de filmar para la gran pantalla, una que afloró en forma definitiva poco antes de la campaña del NO (donde participó como realizador), a través de la colaboración con el guionista argentino Jorge Goldenberg.

De paso en Chile, con motivo del reestreno en 4K de La frontera –orquestado por la Cineteca Nacional–, el libretista dice que la materia prima del proyecto fueron unas seis horas de video crudo, en VHS sin editar, de un viaje que Larraín había hecho a la zona de Puerto Saavedra. No había una historia ahí, sino un conjunto de paisajes, de personas, de oficios. “Lo último que se nos ocurrió fue el personaje principal”. Ramiro Orellana (Patricio Contreras), el profesor de matemáticas quien, por salir públicamente en defensa de un colega exonerado, es relegado a un minúsculo pueblo sureño, que casi fue borrado del mapa veintitantos años antes, en el maremoto de Valdivia.

Según Goldenberg, lo que movía al director era su ferviente insistencia en crear un “Macondo frío”, y eso salta a la vista viéndola hoy; La frontera dista de ser un testimonio realista del exilio dentro de la propia tierra, como leyó mucha crítica en su época. El propio Larraín se lo había explicado muy claro al diario La Nación poco después del estreno –“la realidad se acaba, se termina después de que el prisionero cruza el río y llega al pueblo”–, pero la cercanía con los hechos reales hizo que el público se identificara con el retrato de aislamiento, soledad y posterior inclusión del profesor Orellana a ese mundo nuevo, que le llega prestado y que puede serle arrebatado en cualquier momento. Recién ahora, a dos décadas y media de distancia –en especial, gracias a la remasterización, que ha devuelto a la cinta sus tonos originales–, los elementos de fantasía, colorido y hasta sensualidad del filme se hacen evidentes. Y se puede ir más lejos: es cosa de ver la película otra vez para entender hasta qué punto Vicente Sabatini y el área dramática de TVN utilizaron la producción como modelo para construir las populares teleseries que el canal emitió durante la década del 90, todas ambientadas en regiones, fuera de la ciudad, en lugares remotos y dentro de comunidades cerradas que contienen dentro suyo a un país entero. Está claro: el modelo de todo eso partió aquí.

 

Ascenso y caída

Tal vez por lo mismo, ahora se entiende que el cineasta planificase El entusiasmo con la lógica inversa. Esta no es la historia de un tipo que se zambulle y es abrazado al interior de una comunidad, sino la de alguien que busca separarse de ella para crear su propia “república independiente”. Refundar lo que te rodea. E inevitablemente fracasar en el intento.      

Eso es lo que le ocurre a Fernando (Álvaro Escobar), un profesor de historia que junto a su familia regresa al desierto de su infancia a levantar una agencia de turismo, que –tras la aparición de unos millonarios y misteriosos socios–  deviene en próspero proyecto inmobiliario, y luego en brazo de una invisible (y dudosa) transnacional. Él mismo acaba por convertirse en una presencia volátil, siempre de paso y camino de algo más grande, hasta que eventualmente se convierte en un fantasma, en un nuevo tipo de desaparecido, ya no por causas políticas sino económicas. Fernando no funciona dentro de la lógica del Chicago Boy ochentero o el tecnócrata de los 90. Al revés: el tipo es un desaforado soñador, uno que cuando sus quimeras se han puesto en marcha y comienzan a volverse reales resulta atrapado por ese impulso. Alguien que partió con una clara conciencia de la historia y de su pasado, pero que ya no puede, ya no resiste, mirar hacia atrás. 

No hay que escarbar mucho para darse cuenta de que en Fernando, Larraín está haciendo un retrato de su propia generación, la que después de vivir la dictadura se deja llevar por la energía de esa democracia recién ganada, solo para encajonarse otra vez, al advertir que no había creado ni refundado nada, sino adaptado algo que ya existía y que funcionaba a la perfección. Pero claro, es la clase de lectura que uno puede hacer con claridad desde 2018; una cosa muy distinta era declararlo en el 98, en pleno gobierno de Frei, cuando la Concertación, la transición y el “No” aún formaban parte de la conversación pública. Por lo mismo, se entiende el silencio de la gente a la salida, en la noche de estreno: el diagnóstico de El entusiasmo era severísimo: una diatriba contra el mundo político de aquel entonces y, además, contra los propios invitados a la función. Ellos eran audiencia, pero también protagonistas del drama. Lo construían día a día.

Goldenberg, que trabajaba con Larraín en una adaptación de El lugar donde estuvo el paraíso –segunda novela de Carlos Franz, que al final acabaron vendiendo al español Gerardo Herrero–, consoló al realizador diciéndole que su película envejecería bien, que llegaría el día en que El entusiasmo tendría su momento bajo el sol. Yo también, allá por 2010, tuve la chance de preguntarle a Larraín si acaso no creía que su cinta había leído certeramente el trayecto de la generación que recuperó la democracia y que luego la administró con mayor o menor éxito (depende de quién lo cuente), antes de devorarse a sí misma. Sentado en la misma oficina donde se armaron todas esas aventuras, el realizador desvió la pregunta. Había sido su proyecto más querido, dijo, pero aún sentía que no había sido capaz de cerrarlo como se merecía. Le contesté, tal como Goldenberg, que lo más probable es que el futuro se encargaría de aclarar eso. En los días que vienen, los negativos del filme serán digitalizados por la Cineteca, y tal como ocurrió con La frontera, pronto será visto bajo una nueva luz y por una nueva audiencia. Larraín ya no está aquí para presenciarlo, pero en lo que a El entusiasmo respecta, ese elusivo y postergado futuro ya llegó.