El desafío de navegar el futuro nos toca a todos y a todo. Lo experimentamos a nivel individual en el diseño de nuestras vidas personales y profesionales, en la construcción de la familia, y ciertamente es un desafío permanente para quienes gobiernan y lideran organizaciones públicas y privadas.
Por: Claudia Bobadilla

  • 18 julio, 2019

Anticipar el futuro, lo que está por venir, ha sido una preocupación recurrente en la historia de nuestro proyecto humano. Preocupación que en este último tiempo, producto de la magnitud y velocidad de los cambios que estamos viviendo, se ha transformado en una obsesión, y hay base y razón para ello.

Basta tan sólo con observar cómo la naturaleza se manifiesta con fuerza por todos los rincones de nuestro planeta a través de eventos climáticos extremos; o bien leer las noticias de los nuevos desarrollos tecnológicos que a diario se anuncian y del impacto que tendrán en la vida de millones de personas; o si lo prefiere, seguir los vaivenes de la economía global y de sus consecuencias en lo local. Si alguna vez tuvimos la esperanza de que el futuro podía traer la noticia de tiempos mejores, parece existir un consenso extendido y un estado de ánimo generalizado de que los tiempos que vienen serán cada vez más complejos y difíciles.

La revista semanal The Economist, en su artículo “Navegando los rápidos”, nos invita a ejercitarnos en la especulación del futuro, recomienda hagamos futurología. Para esto, sugiere que visitemos tres lugares que nos prepararán para navegar las incertidumbres del mañana. El primero, la planificación de escenarios futuros  para testear planes y proyectos; segundo, la lectura de ciencia ficción, no porque esta actúe como un predictor del futuro, sino porque generalmente la ciencia ficción se basa en la observación de preocupaciones que plantea el presente para, desde ahí, realizar una especulación sobre sus implicancias futuras; y en tercer lugar, implementar lo que compañías en el mundo han denominado la antropología corporativa, que consiste en la detección de tendencias, específicamente la de identificar tecnologías emergentes o prácticas sociales marginales que tienen el potencial de transformarse en globales. 

El desafío de navegar el futuro nos toca a todos y a todo. Lo experimentamos a nivel individual en el diseño de nuestras vidas personales y profesionales; en la construcción de la familia, y ciertamente es un desafío permanente para quienes gobiernan y lideran organizaciones públicas y privadas. Todos estamos arrojados en este mar en una aventura de la escala de la de Magallanes o de las que emprendieron los grandes exploradores de la llamada Edad Heroica de las Expediciones antárticas.

Estando así las cosas, bien vale la pena revisitar la vida y hazañas de quienes se internaron en la exploración de lo desconocido, en remotas y hostiles geografías, lejos por largo tiempo de los afectos familiares, sin medios de comunicación confiables ni grandes avances tecnológicos. Nombres como los de James Cook, y su visión del legado; el controvertido Roald Amundsen, con su visión de la planificación para competir;  y ciertamente los faros luminosos encarnados en los emblemáticos Ernest Shackleton y el gran navegante Hernando de Magallanes, líderes éticos, con coraje y sentido épico, son inspiradoras experiencias de vida, especialmente, para quienes gobiernan y lideran organizaciones en tiempos de inestabilidad y de incertidumbre sobre lo que nos depara el porvenir.