Fuera de los clichés en los que se suele encasillar la música española, el legado de Isaac Albéniz se mantiene vivo y merecedor de mayor atención a cien años de su muerte. Un gigante.

  • 29 abril, 2009

 

Fuera de los clichés en los que se suele encasillar la música española, el legado de Isaac Albéniz se mantiene vivo y merecedor de mayor atención a cien años de su muerte. Un gigante. Por Joel Poblete.

En el panorama de la música docta europea, España ha aportado uno de los legados más ricos y originales, gracias a una identidad propia e inconfundible. Sin embargo, para buena parte del mundo sigue quedando reducida a clichés y folclorismos, como le ocurrió incluso a Woody Allen, quien ha reconocido no tener idea de música hispana. El cineasta se dejó llevar por los lugares comunes a la hora de escoger las piezas musicales que utiliza en la banda sonora de Vicky Cristina Barcelona, con la célebre Entre dos aguas de Paco de Lucía como uno de los leitmotiv. Aún así, el pintoresco soundtrack funciona, particularmente cuando se escuchan dos de las más populares obras del catalán Isaac Albéniz, Asturias y Granada, que se han hecho famosas en guitarra aunque fueron compuestas para piano.

Este autor, uno de los más sensibles y dotados de la historia de la música en España, merece ser más reconocido. El centenario de su muerte, que se conmemorará el 18 de mayo, puede ser una buena excusa para aproximarse a su obra. Lástima que el aniversario esté pasando inadvertido por estos lados, relegado a segundo plano por los populares Händel, Haydn y Mendelssohn, también recordados este año y presentes en todas las programaciones de conciertos. Ni el Teatro de la Universidad de Chile ni el Municipal programaron obras de Albéniz. De hecho, en este último escenario, donde el autor ha sido interpretado en el piano por eminencias como Alicia de Larrocha y Daniel Barenboim, tampoco figura en el siempre estimulante ciclo de Grandes Pianistas; lo que, por decir lo menos, sorprende, considerando el fascinante aporte de Albéniz para este instrumento, en el que él mismo se inició como niño prodigio.

Su temprana muerte, antes de los 49 años, impidió saber qué rumbo hubiera tomado su música más avanzado el siglo XX, pero de todos modos dejó una herencia musical extraordinaria. Por supuesto, las piezas para piano son imprescindibles, pero también escribió obras de cámara y para orquesta sinfónica, alcanzó enormes cuotas de emoción y lirismo en sus canciones y demostró un particular talento para la escena, como se puede comprobar en sus óperas Pepita Jiménez y Merlín, primera parte de una trilogía sobre el rey Arturo que nunca llegó a finalizar, cuya versión completa sólo se estrenó hace cinco años.

Al acercarse por primera vez a la música de Albéniz, siempre cautiva su capacidad evocativa, que transita entre la melancolía y el costumbrismo, para luego fascinar debido a los contrastes rítmicos, por esa permanente búsqueda sonora que le permitió pasar de las influencias foráneas que manifestó en sus obras de juventud al camino personal expresado en la que es considerada su obra maestra, la Suite Iberia, compuesta entre 1905 y 1908. Si bien tuvo una relación muy cercana con los principales músicos españoles y franceses de su época, Albéniz supo desarrollar un sello propio y defi nitivo, del cual Iberia es el mejor exponente: elogiada por Debussy y Messiaen, representa un hito en la historia de la música pianística, en el que se perciben los ecos del impresionismo. Por su exuberante variedad de timbres, colores y texturas sonoras, es una composición única y muy exigente por la dificultad de algunos pasajes, particularmente el muy descriptivo Corpus Christi en Sevilla. Basta con escuchar esta pieza compleja, bella y extensa para confi rmar que estamos ante uno de los grandes autores de fines del siglo XIX y principios del XX.