El historiador Frederick Jackson Turner formuló hacia fines del siglo 19 la tesis del papel constitutivo de la frontera en la nación norteamericana. Los pioneros que se lanzaron allende los Apalaches, cruzaron el Mississippi, hallaron pasos a través de las montañas Rocosas y se expandieron hacia Texas y California, se vieron enfrentados a factores geográficos y ambientales que los obligaron a desplegar destrezas y una adaptación de las formas de organización que habían aprendido en el Este. Así se fue forjando un modo de existencia peculiar. La expansión tuvo aspectos cuestionables y aún hoy se debate el problema de los pueblos originarios, el asunto medioambiental y el talante excluyente que afectó al proceso. Pero es indudable también que la noción de frontera determina todavía en la actualidad aspectos virtuosos de la forma de existencia de aquel pueblo: un individualismo balanceado con colaboración social; el afecto a la tierra y el compromiso por volverla fructífera; el apego a formas democráticas de base y el respeto a la ley; la consciencia de la importancia del esfuerzo, individual, familiar y colectivo; una lucidez despierta sobre la relevancia de un Estado que ni aún en los momentos de crisis dejó de lado a los colonos; una acentuada igualdad –mayor que en el Este– entre los participantes de la expansión; la idea de pertenencia a una cierta identidad compartida.

Un factor determinante de esa ingente proeza, que convirtió a una estrecha franja de colonias pegadas al Atlántico en una nación continental, fue la consciencia telúrica, tanto de los pioneros cuanto de los gobiernos. Los colonos querían sobre todo tierra, tierra, no sólo riquezas, tierra, más que honores, tierra: apreciaban con fervor desplegar sus existencias en horizontes amplios y en unidades productivas naturales. Y la inmensa y valiosa tierra los prodigó con suelo y vitalidad, permitiendo la instalación de una democracia de dimensiones inusitadas que, con todas las críticas que puedan hacérsele, es la más antigua y en ese nivel de extensión, la más arraigada del mundo moderno.

En Chile la frontera aún existe, de diversas maneras: como segregación urbana, como bolsones de pobreza, como ecosistemas proclives al narcotráfico y la delincuencia. También como desconexión de la gran capital nacional con la naturaleza y como inveterado abandono de las provincias. Como fragilidad de una institucionalidad territorial que fracasa continuamente en producir el despliegue del pueblo por su territorio; y colapsa en cada gran movimiento telúrico, erupción o incendio; y una y otra vez en el trato con los pueblos originarios.

En este contexto, la noción de frontera y la consciencia telúrica podrían volverse, en una consideración reflexiva, base de una política que nos permitiera avanzar como país hacia la conformación de una nación integrada a su territorio, esparcida por su paisaje. Tal despliegue haría viable contar con más espacio y terrenos comparativamente más baratos, mejor urbanismo, existencias más cercanas a la naturaleza, menos segregadas. En las provincias no es posible dividir tan claramente la vida de los pobres y la de los ricos, todos tienen usualmente que pasar por los mismos lugares, los barrios se topan, el precio de la tierra no diverge tan dramáticamente como en Santiago.

La expansión de Chile hacia su territorio, la conquista de sus fronteras, le permitirían integrar zonas poco aprovechadas a la vida económica y cultural de la nación. El desarrollo de una institucionalidad territorial vigorosa, en la forma de un regionalismo político, con pocas regiones dotadas de poderes y facultades que las vuelvan polos eficaces de desarrollo, harían posible, además, mejorar las alicaídas capacidades representativas de nuestra democracia, acercando las autoridades con poderes efectivos a las zonas y poblaciones afectadas por sus decisiones.