En la derecha chilena contemporánea convergen diversas vertientes. Hay liberales clásicos, nacionales, agrarios, socialcristianos. También neoliberales inspirados en las enseñanzas de Milton Friedman. La influencia de este último grupo se remonta a un convenio de cooperación, que se celebró en los años cincuenta, entre la Universidad Católica de Chile y la Universidad de Chicago, con el apoyo de la “International Cooperation Administration”, del gobierno norteamericano. Estudiantes favorecidos por ese convenio se incorporaron a los cuadros del régimen militar.

Quisiera aquí, allende la consideración de los logros económicos de ese pensamiento, reparar en la concepción política que él asume y en algunas consecuencias relevantes de esa corriente.

En Capitalism and Freedom, un texto donde busca sistematizar las bases del pensamiento que va a determinar también el devenir de la dictadura y la derecha chilena, Milton Friedman postula “a la libertad como el último objetivo y al individuo como la última entidad en la sociedad”. Friedman considera que el individuo, entendido como ente autónomo, es la instancia suprema. No repara Friedman en que el individuo, ya en el origen, para aprender el lenguaje con el que piensa, se muestra como dependiente de la comunidad, sin la cual no hay lenguaje. Individuo y comunidad son co-originarios.

Friedman, en cambio, pone no más al individuo como ente supremo. Los contextos sociales, las comunidades, el pueblo o nación y el Estado, son perdidos de vista como conformadores del lenguaje y la personalidad. También dejan de ser considerados en su carácter articulador y espontáneo. Las organizaciones sociales son tenidas como meros dispositivos al servicio de los intereses individuales. La nación no es más que el cúmulo de los individuos agregados. Sostiene Friedman: “El país es la colección de los individuos que lo componen, no algo sobre y encima de ellos”. “El Estado”, de su lado, es “un medio, instrumentalidad”.

En la cabeza de Friedman, la sociedad se parece a un mecano armado con piezas llamadas “individuos” y con unas herramientas, el “Estado” y las “empresas”, destinadas a satisfacer los intereses de esos individuos.

En esta rudimentaria concepción, la economía pasa a cumplir un papel descollante. Para Friedman, el capitalismo es “condición necesaria de la libertad política”.

Es cierto que la economía privada puede ser un factor relevante en la división del poder, siempre que se la ajuste a ciertas condiciones, como que el poder en ella se encuentre distribuido y no concentrado (cual tiende a ocurrir, precisamente, en un capitalismo sin o con escaso control estatal).

La indicación de Friedman sobre la relevancia de la economía privada para la división del poder, con la que podría estar de acuerdo cualquier republicano, pierde, empero, sus contornos cuando opera junto con su concepción atomista de la sociedad, en la cual el individuo es la pieza fundamental y se desconoce, correlativamente, la importancia de los contextos políticos, culturales y sociales, los cuales son reducidos a aglomeración o herramienta. Entonces ya no ocurre que el mercado es un factor más de división de poder, que opera dentro de un entramado social y humano donde existen otros factores de poder legítimos. Se trata, en cambio, de la entelequia que da la expresión más inmediata al interés individual, frente a la cual todo otro articulador social (el Estado, la nación, la comunidad) ha de someterse. De este modo, se da pie a la concentración del poder en manos privadas.

Bajo las premisas de Friedman, el individuo tiende a quedar reducido a un agente económico: productor y consumidor.

Esas ideas siguen teniendo influencia en la derecha. El neoliberalismo chileno, con su énfasis en el individuo económico y su libertad, y su tendencia a la abstención estatal, funge entonces como grave obstáculo para las exigencias de la comprensión política.

La elaboración mental de Friedman, atomista e instrumental, su mecanicismo abstracto, resistente a reconocer el significado de las comunidades y la función activa del Estado en la conformación de la existencia social, dificulta o impide que quien la asuma considere adecuadamente la situación concreta.

Los movimientos que operan en una dimensión honda son influidos por anhelos y pulsiones, así como por articulaciones institucionales de largo aliento. No se entiende la situación si no se conocen las características del pueblo y la influencia que tienen los contextos culturales a los que llamamos comunidad, nación, Estado en la conformación de la identidad personal y de la nación.

Esos movimientos tectónicos simplemente no pueden ser considerados por quienes, como Friedman, piensan la vida social de manera mecánica, al modo de un cúmulo de individuos e instituciones a su servicio.

Por eso, no por mala intención, la derecha chilena es muchas veces incapaz de superar lo que Alberto Edwards decía de la oligarquía de su tiempo: “Materialista, estrechamente mercantil, poco dispuesta a elevarse sobre las concepciones pecuniarias y formalista”, pierde de vista “las fuerzas espirituales”, sobre las cuales puede desplegarse un modo de existencia compartido estable.

Esa incapacidad comprensiva le impidió a la oligarquía de la primera mitad del siglo veinte entender lo que ocurría con la aparición de las masas proletarias. El resultado de su incapacidad fue una crisis extensa que solo se estabilizó entrados los años treinta.

Esa incapacidad comprensiva podría estarle impidiendo a la derecha neoliberal hacerse cargo de la situación nacional en toda su envergadura. Nos hallamos en un momento de “navegación en alta mar”, dejados atrás los ejes de la dictadura y la transición, y cuando aún no se atisban en el horizonte los contornos del país que vendrá; cuando, junto a los sectores inveteradamente más pobres, surgen masivamente clases medias que, siendo un rendimiento elogiable de los sistemas político y económico, acusan un creciente malestar con ellos.

En esa situación novedosa e incierta, un modo de pensamiento estrecho, como el heredado por la derecha de Friedman, se vuelve una barrera hermenéutica. Es solo sobre la base de una comprensión política, no solo económica, abierta al significado tanto del individuo como de las comunidades, atenta a los elementos y dinámicas que determinan a la nación, a las pulsiones y anhelos populares, que resulta recién posible articular maneras correctas o adecuadas de darles a ellos expresión y cauces de salida plenos de sentido, por medio no de reformas puntillistas, menores o de corto alcance, sino de las modificaciones efectivamente estructurales o mayores que el sistema político y el económico vienen necesitando.