“La primera vez que disparé fue a los diez años. Y me cargó, porque me dolió mucho el hombro. A los doce años empecé a disparar con regularidad. Me encanta el olor a pólvora y me gusta la sensación de romper un plato. Me desafío a mí misma en cada competencia, cada experiencia es distinta. […]

  • 10 mayo, 2019

“La primera vez que disparé fue a los diez años. Y me cargó, porque me dolió mucho el hombro. A los doce años empecé a disparar con regularidad. Me encanta el olor a pólvora y me gusta la sensación de romper un plato. Me desafío a mí misma en cada competencia, cada experiencia es distinta. De repente, los seres humanos queremos asegurarnos y decir: ‘Esta es la fórmula del éxito y con esto continúo de aquí hasta que muera’. Me ha pasado muchas veces, pero la cosa no es tan matemática. 

Recuerdo que a los cinco años agarraba mi triciclo y le decía a la Meni, la nana que trabajaba con nosotros desde antes que yo naciera, que me iba de la casa porque ya era grande. Soy la menor de cuatro hermanas, entonces siempre quise ser grande como ellas y mandarme sola. La Meni tenía que salir corriendo detrás de mí a la esquina para decirme ‘Panchi, devuélvete’. Me gusta mucho la independencia pero, a la vez, soy arraigada; no soy de esas personas que les gusta vivir en lugares distintos. Soy tauro para mis cosas, me gusta lo concreto.

Fui como el ‘conchito’, la regalona de mi papá, un poco el hombre que nunca tuvo. Siento que también yo estaba un poco enamorada de él. Recuerdo los fines de semana que iba con él al club de tiro, incluso antes de poder tomar una escopeta. Era la instancia que encontraba para compartir juntos.

Los fracasos los vivo con pena, los sufro, lloro y pataleo. Me dan rabia. A veces la pena me dura diez días y es como si estuviera de luto. En algunos momentos siento vergüenza, porque estoy súper expuesta. Trato de rendirme al fracaso y, después, otra vez para adelante. Muchas veces he pensado en renunciar, sobre todo después de los Juegos Olímpicos de Río 2016. Pero ahora tengo una visión distinta, estoy más madura y no es tanta la catástrofe. Pero de verdad uno se cuestiona, porque elegí vivir distinto con esta carrera y siento que también mi familia y amigos escogieron vivir así. Hay todo un sistema que colabora para que yo pueda estar acá. Y uno se pregunta por una vida un poco más normal, con un horario de trabajo y el fin de semana libre.

Mi sueño es ser medallista olímpica y haré lo que esté a mi alcance para lograrlo. Me cambió la vida cuando vi lo que pasó con Nico (Massú) y Fernando (González) en Atenas 2004. En serio. Ellos sembraron en mí el sueño. Siento que el deporte tiene la capacidad de cambiar el sentir de un país. 

A mí me tocó pavimentar el camino en un deporte que en Chile es bien masculino. Me tocó ir a clubes de tiro en que solo había baños de hombre. Aunque nunca me he sentido discriminada, pero sí he tenido que hacerme escuchar y decir: ‘Oye, esta medalla vale igual que la de un hombre’. Al principio, cuando no tenía el currículum, hubo un poco de chaqueteo.

No sé si aceptaría ser ministra del Deporte. Creo que es un cargo clave y que uno puede hacer muchos cambios, pero los ministros están vinculados a un color político, y eso es lo único que me complica. Creo que en cuatro años se pueden hacer cosas. Tendría que meditarlo demasiado”.