Iván Thays rompe un largo silencio editorial con la novela Un lugar llamado Oreja de Perro, que recrea tanto la pérdida de un hijo como los quiebres sociales del Perú.

  • 11 diciembre, 2008

Iván Thays rompe un largo silencio editorial con la novela Un lugar llamado Oreja de Perro, que recrea tanto la pérdida de un hijo como los quiebres sociales del Perú. Por Marcelo Soto.

La novela Una cuestión personal, de Kenzaburo Oé, es una de las más implacables narraciones sobre la paternidad y sus pesadillas, un descenso al dolor más hondo a través de la historia de un insatisfecho profesor de inglés en Japón, cuyas ensoñaciones juveniles se desploman cuando su mujer da a luz a un bebé deforme.

Algo de esa terrible verdad que no puede escribirse se cuela por las páginas de Un lugar llamado Oreja de Perro, de Iván Thays, finalista del último premio Herralde. Esta es la primera novela del escritor peruano en ocho años y en sus costuras, a veces desprolijas, se alcanza a notar la ansiedad, mezclada con dudas y algún grado de pánico, que produce el bloqueo creativo.

Thays, nacido en 1968, autor de El viaje interior y La disciplina de la vanidad, es uno de los animadores más lúcidos y mejor informados de la escena literaria hispanoamericana y tiene un imperdible blog de noticias y comentarios culturales llamado “notasmoleskine”.

Resulta entonces una positiva noticia leer una nueva novela suya y, aunque el resultado no es del todo satisfactorio, posee en muchos aspectos un genuino valor que hace posible esperar mayores logros en la carrera del escritor limeño.

Narrada en primera persona de manera contenida, casi autista, la historia presenta a un hombre de quien apenas se sabe que acaba de perder a su hijo de cuatro años. Los detalles van apareciendo como en cuentagotas y el lector debe armarse de paciencia para armar el conjunto. La estrategia narrativa funciona y dota al relato de un tono taciturno y otoñal. El clima, por así decirlo, es nublado y en el horizonte se avecinan lluvias.

El protagonista fue presentador de un conocido programa de entrevistas en la televisión peruana y ahora escribe en una revista. Se diría que es un tipo carente de ambiciones, un personaje cruzado por la extrañeza y la parálisis, en cierta forma un adolescente tardío. Incapaz de hacer frente a la pérdida, se dedica a ver películas; filmografías enteras que despacha en una tarde, mientras su mujer se aleja y vive el duelo de una manera muy distinta; sale con amigas y vuelve muy tarde a casa. Puede, incluso, que tenga un amante.

Nuestro reportero recibe entonces el encargo de viajar a Oreja de Perro, un lugar perdido en la sierra, asolado por el terrorismo tanto de Sendero Luminoso como del Estado, donde se instalará la Comisión de Verdad y Reconciliación promovida por el gobierno de Toledo. Son tiempos turbios y Thays recrea el absurdo de la política peruana con particular efi cacia, en tanto el protagonista se interna en aventuras eróticas de incierto destino.

En sus mejores páginas, Un lugar llamado Oreja de Perro funciona como un mapa visto desde lejos, la foto de un poblado después de un bombardeo, una rara mezcla de relato político, educación sentimental y diario de viaje. Thays es un artesano que aprecia el valor de las palabras y por lo general no cae en mezquindades de estilo, aunque de pronto parece sobrepasado por el sentimentalismo, un escollo difícil de esquivar cuando se habla de temas tan peliagudos.

Más que un cuento sobre la paternidad perdida, la novela habla de otras derrotas: la de un país dividido entre cholos y blancos y la de un adulto que teme mirarse al espejo y no ver al niño que fue. En el fondo, esta es una historia sobre el despertar, sobre cómo sacudirse de un mal sueño y dejar atrás los fantasmas, la oscuridad, todo aquello que nos hace temblar de miedo entre las sábanas.