“En Chile no se valora lo que realmente somos los empresarios: el motor del país. Somos los que generamos empresas, los que generamos empleos, los que generamos riquezas, los que pagamos impuestos”.

 “Más que populismo, lo que yo sí noto es que se ha perdido la idea de que las leyes tienen que ser cumplidas, en este país… Esperaría una mano más firme de la autoridad”.

  • 27 diciembre, 2011

Guillermo Luksic está cansando, pero de muy buen humor. La razón es obvia: acaban de llegar sus dos hijas menores, con quienes saldrá a comer, y se ve feliz. Es un papá cariñoso. Saluda con un gran beso a las dos niñas, y las abraza tiernamente. No es la imagen habitual de uno de los empresarios más poderosos del país.

Luksic me recibe en un despacho de su oficina, en El Golf, que intimida un poco. Para llegar hasta el piso 16, hay que pasar un estricto control de seguridad y varias puertas y pasillos. En la sala donde lo espero hay un cuadro de Calder en una pared, y sobre una repisa varios trofeos de competencias de yates. La vista de Santiago parece la de una ciudad moderna, llena de rascacielos.

Antes de recibirme, lo escucho y lo veo conversando muy serio con un ejecutivo. Por el tono de voz, parece que no son buenas noticias. Al entrar a la sala, sin embargo, cambia de semblante y se ve muy relajado. Al saludarlo, lo primero que me dice es: “¿me vas a empezar a tratar de usted? No, cómo se te ocurre. Tutéame”.

Debido a que escribo sobre vinos, me ha tocado estar varias veces con Guillermo Luksic, uno de los pocos dueños de viñas que saben de vinos, y muestra una amplia cultura sobre el tema. Se nota que ha probado mucho. He viajado un par de veces con él, a bordo de algunos de sus aviones, para visitar Tabalí, la viña que posee en Ovalle y en esos ambientes se desarrolla un trato mucho más informal que en el de los negocios.

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Luksic, de hecho, luce una barba de varios días, porque hace poco llegó de un viaje a Europa que duró más de un mes. “¿No te cansas de viajar?”, le pregunto. “No, gracias a eso”, dice, apuntando a un modelo en miniatura que tiene en su oficina de un jet de última generación. El avión real le permite viajar sin escalas a París en nueve horas, la mitad de las cuales él mismo pilotea la nave. “Volar un avión de esas características es alucinante, me siento increíble”, reconoce sobre una de sus aficiones favoritas. “Supongo que vuelas mejor que Piñera”, bromeo. “Obvio”, aclaran sus hijas, entre risas.

La idea de esta entrevista era hablar del gran año de San Pedro, empresa que preside y que acaba de ser premiada como Mejor Viña del Nuevo Mundo 2011 por la revista Wine Enthusiast, una de las más influyentes de EEUU. Es un premio importante que se entrega en una gala en Nueva York –que algunos califican como los Oscar del mundo vinícola– a la que el propio Luksic asistirá.

Queríamos hablar de vinos con el empresario, para conocer su acercamiento personal al tema, pero inevitablemente –y forzado por la insistencia de este periodista– terminamos comentando el ambiente que se respira en Chile, donde escándalos como el de La Polar han provocado un malestar en la opinión pública hacia el sector empresarial, mientras conflictos como el estudiantil o las marchas contra HidroAysén y Barrancones han puesto en duda un modelo que hasta hace poco parecía intocable.

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-¿Cómo ves el ambiente en Chile para los negocios? Se ha instalado un discurso anti empresarial… ¿Hay un retroceso?

-Desde luego. No tengo dudas de que los empresarios somos el motor de desarrollo del país, como lo son en todas partes. Cualquier otro modelo, está claro ya en el mundo, por experiencias vividas, no funciona. De modo que cuando uno empieza a percibir que la imagen del empresariado comienza a ser golpeada, obviamente que genera una preocupación muy importante; desmotiva, genera asperezas, genera situaciones que nadie quiere. Y finalmente queda el sentimiento de que con todo lo que uno trabaja y todo lo que uno se esfuerza, eso no es reconocido… No se valora lo que realmente somos: el motor del país. Somos los que generamos empresas, los que generamos inversiones, los que generamos empleos, los que generamos riquezas, los que pagamos impuestos. Lejos de ser vistos de la manera negativa en que lamentablemente empiezo a ver que se nos está percibiendo en Chile, debiéramos ser percibidos como lo que somos: gente de trabajo, gente de esfuerzo. Y no me refiero solamente a los grandes empresarios, me refiero a todos, a los pequeños, a los medianos, a las pymes, a los grandes, a todos. Un país inteligente admira a su clase empresarial, y percibo que estamos perdiendo eso.

-Tú viajas mucho y ahora estuviste largo tiempo en Europa. Cuando vuelves a Chile, ¿te sorprende este ambiente enrarecido?

-Me sorprende mucho. En todos los países del mundo los empresarios son percibidos como generadores de valor, como generadores de empleo, y desde esa perspectiva son tratados y son percibidos. Pero, bueno, espero que este ambiente negativo en Chile cambie, que la fuerza de los hechos y los acontecimientos logren hacer entender finalmente a las personas más críticas que los empresarios son necesarios y que hacemos un tremendo bien.

-¿Crees que hay una tendencia al populismo y que ha faltado en el gobierno una defensa más firme del emprendimiento?

-Más que populismo, lo que yo sí noto es que se ha perdido la idea de que las leyes tienen que ser cumplidas, en este país… Nadie en su sano juicio puede pensar que estos fenómenos de disconformidad que estamos empezando a ver –que están muy bien, porque uno puede estar disconforme con algo o tener un planteamiento distinto–, la manera en que se están produciendo, con desorden, violencia y tomas de instituciones tan increíbles como la Universidad de Chile, me parece que es una barbaridad. Es una pérdida de tiempo, me parece que es el camino equivocado y, en ese sentido, yo esperaría que hubiera una mano más firme de la autoridad.

-Da la impresión de que los políticos se aprovechan de casos como el de La Polar para sacar ventaja y quedar ante la opinión pública como defensores de los consumidores. Y se instalan discusiones como la educación gratis para todos o el aumento de los impuestos, sin tener claridad sobre en qué se van a usar. ¿Te preocupa el futuro de Chile?

-(8 segundos en silencio) Me preocupa, sí. Me preocupan algunas señales que se están viendo, me produce un grado de preocupación importante, no menor, observar estos sucesos.

-Varios empresarios han hecho notar, a propósito de la eventual reforma tributaria, que esto sería un cambio en las reglas del juego. ¿Qué pasa cuando eso ocurre? ¿Ya no se pueden hacer proyectos a largo plazo?

-Claro, el ideal es que el medio ambiente en que uno desarrolla los negocios, en que los empresarios hacemos negocios, sea un ambiente que no cambie, con las reglas claras y no cambiándolas a cada rato. Y menos, cambiándolas para peor y no para mejor. Y no voy a decir nada más.

Tanta fiesta pasó la cuenta

-¿Cómo has visto el tema de la crisis en Europa, que preocupa tanto a Chile?

-Súper complejo, lo veo muy complicado. Efectivamente me ha tocado estar mucho en Europa en los últimos meses y he ido viendo cómo la situación se deteriora más y más. Cuando partimos, eran uno o dos países con problemas y ya vamos en cinco países que están con problemas financieros tremendos. Yo creo que se podía haber anticipado; era como la crónica de una muerte anunciada, porque, con todo respeto y no pretendiendo opinar sobre la política interna de los demás países, era relativamente fácil concluir dónde iba a terminar esto. Con tanto welfare, con tanto…

-¿Estado de bienestar?

-Con tanto Estado de bienestar en el sentido de las subvenciones, de cada vez menos horas trabajadas y el endeudamiento de los países cada vez mayor… Tenía que terminar así, no más. Los países hiperendeudados, la gente hiperendeudada, terminan así. Ha sido una farra fantástica y ahora la solución es muy difícil de implementar porque significa la apretada del cinturón general, y eso es algo que a los europeos les es muy difícil aceptar, debido a la cultura política que tienen. Por consiguiente, hay inquietud social. Y cuando eso ocurre, a los gobiernos les es muy difícil establecer normas nuevas que puedan sacar a los países del embrollo en que están.

-¿Crees que en Chile está pasando un poco eso, que se está perdiendo el valor del trabajo? Por ejemplo, en educación se discute la gratuidad, pero no se pone suficiente acento en que hay que estudiar, primero, y esforzarse. ¿Se está instalando una cultura perniciosa en Chile?

-En una democracia y en un país civilizado, disentir es legítimo. Lo que no me parece razonable es que frente al disentimiento exista una reacción tan fuera de lugar, tan radical… En un país donde nos gusta el orden, nos gusta la buena convivencia, nos gusta que no nos destruyan los edificios ni las calles, ni los semáforos, ni los bancos de las plazas, yo creo que hemos llegado a un punto en que eso tiene que parar.

-¿Cómo ves el próximo año? Muchos piensan que el verano será sólo una tregua.

-Soy un optimista por naturaleza y pienso que en aquellas cosas en que el gobierno no ha sido todo lo acertado que yo hubiera querido o hubiese esperado, ojalá enmiende rumbos y vayamos hacia una cosa que asegure una mejor y buena convivencia. Y en el ámbito de los negocios, naturalmente también pienso que el gobierno ha tenido aciertos y errores, como todos. Lo importante es que los errores, cuando uno se da cuenta, hay que corregirlos y hay que corregirlos rápido y ojalá tratar de tener más aciertos que errores. A partir de esa realidad, los empresarios chilenos y los extranjeros se sienten con confianza para invertir, para desarrollar proyectos, para dar empleos y generar riquezas para el país.

-¿Pero un alza de los impuestos la ves como algo necesariamente negativo?

-Yo soy de la opinión de que los impuestos deben ser bajos.

-¿Y ahora están altos o bajos?

-Yo creo que teníamos un régimen tributario muy bueno, que dio prueba de ser muy bueno y, por alguna razón, hay gente que disiente de eso y está pensando en cambiarlo.

-Hubo una razón para subir impuestos que fue el terremoto, pero se dijo que iba a ser algo transitorio. Sin embargo, ahora se acepta que va a quedar así.

-Eso no me parece adecuado.

Su ruta del vino: genética, recuerdos y… negocios

La historia reciente de Viña San Pedro es digna de estudio. Fue tradicionalmente una de las marcas más masivas del país –con sus populares Gato Blanco y Gato Negro–, pero quedó rezagada del impulso modernizador que vivió la industria a fines de los 80. Adquirida por CCU, el grupo que hasta entonces elaboraba bebidas y cervezas, tuvo un largo proceso de aprendizaje para entender las singularidades del vino. En 2005 Guillermo Luksic asumió la presidencia de la viña y en 2008, luego de la adquisición del grupo Tarapacá, se formó VSPT Wine Group, que hoy es la tercera mayor empresa vitivinícola en Chile y la segunda en exportaciones.

Esto es lo que se sabe. Lo que no se conoce tanto es la vinculación que Luksic tiene con el vino. Un tema que para él es parte de su memoria familiar. “En la casa de mi padre siempre se tomó vino”, cuenta. “Él era un gran gourmet… vivió cuatro o cinco años en París durante su juventud, donde adquirió algunos hábitos franceses, entre ellos, la buena comida y los buenos vinos. Desde muy chicos en mi casa aprendimos que el vino era una cosa noble y que tenía una importancia en la mesa familiar. La unión familiar era en torno a un buen vino. Traigo puesta, empapada, una historia de una relación con el vino. No sólo los vinos chilenos, sino franceses. Por lo demás, mi abuelo y mi bisabuelo también tenían una debilidad por los buenos vinos. Recuerdo que mi padre, para algún bautizo o alguna ocasión especial, matrimonio de alguno de nosotros o la firma de un buen acuerdo comercial, bajaba a su bodega y abría una botella de las cajas de mi bisabuelo. En muy pocas oportunidades estaban tomables y celebrábamos con estos vinos que habían sido especialmente hechos para don Andrónico Abaroa por Château Latour (una de las casas más famosas de Burdeos) y se los mandaban a Calama. Me acuerdo perfectamente”.

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Sin embargo, su entrada al negocio del vino también estuvo motivada por razones comerciales. “Por qué no contarlo: en la época en que adquirimos San Pedro ya estábamos en CCU y teníamos una exposición importante al negocio de los bebestibles, cervezas… El pisco vino después. Nos pareció que tenía mucho sentido sumar el vino. En Chile, por lo demás, sucede que cuando el precio del vino sube, el consumo de la cerveza aumenta; y al contrario, cuando el precio del vino baja porque la cosecha ha sido muy abundante, el consumo de la cerveza baja. Por lo tanto, desde el punto de vista comercial era un muy buen complemento tener un pie en el vino. San Pedro, en ese momento, no era de gran tamaño, pero indiscutiblemente podía convertirse en una cosa muy importante. De modo que adquirimos Viña San Pedro, en alguna parte del ochenta y algo. Esa es la historia”.

-¿Cómo encontraron la empresa en ese momento, estaba desperfilada?

– La empresa estaba bien deteriorada, en una situación financiera muy delicada y por consiguiente –lo que es una cosa que de alguna manera también nos caracteriza como grupo–, vimos una oportunidad interesante de hacernos de un activo atractivo, al cual supusimos que podíamos agregar valor. Estaba en una condición complicada financieramente; por lo tanto era una opción, no voy a decir barata pero sí conveniente.

-¿Cuáles fueron los principales desafíos o estrategias para mejorar el panorama?

-Pienso que el mayor desafío fue entrar a una industria que era desconocida para nosotros. No teníamos una historia vinculada con el vino. Y el vino es el vino. Tiene una percepción diferente, un modo de comunicarse diferente y constituye en esencia un producto de una nobleza distinta. Por consiguiente, los primeros años tuvimos una curva de aprendizaje. Naturalmente cometimos errores, naturalmente tuvimos que pasar por esa curva y aprender de esta industria. En algunas cosas, el hecho de administrar una compañía como CCU ayudó mucho, por ejemplo, en el entendimiento del consumidor: hubo varios modelos de CCU que fueron muy oportunos. En otras cosas, los modelos de una empresa de consumo masivo, como es CCU, no se aplican a una empresa como esta. Para hacer el cuento corto, creo que llegamos a un punto de la curva de aprendizaje en que empezamos a tener más aciertos que errores; y a partir de ese momento, que no sé cuándo situarlo exactamente, pero hace unos años ya, yo creo que la compañía indiscutiblemente ha recorrido un camino de crecimiento, de calidad de sus productos, de adquisición de otras viñas, de fusiones, de ordenamiento de sus portafolios, de generar un equipo de enología realmente potente y que se está reflejando hoy día en la situación y posición que la compañía tiene respecto de nuestros pares.

-¿Cuál fue el papel de Pablo Turner, que llegó a la empresa con mucha expectativa y salió un par de años después?

-Bueno, yo creo que Pablo hizo una buena labor desde la perspectiva de una persona que viene del retail. Para el momento que San Pedro vivía en esa época, pienso que tomó las medidas correctas. Pero la continuidad en este negocio es muy importante y no hubo continuidad, porque Pablo se retiró en algún momento…

-¿Cuáles fueron los principales errores?

-Yo diría que pensar que esta industria opera igual que todas. Esta industria no es una industria más, no opera necesariamente como todas. Aunque hay cosas comunes en su administración, en su organización, hay que entender que tiene un halo, tiene una aureola distinta, de no producción industrial, de aciertos en enología, de novedades. En fin, hay un mundo alrededor del vino que no necesariamente se aprende en las universidades, en la clase de Administración I o de Economía I o de Finanzas II… Pienso que, contestando tu pregunta, nosotros en un momento tratamos un poquito a San Pedro así; y la verdadera solución es un poco de ambas cosas.

-¿Y cuál es tu ligazón con Tabalí, una especie de proyecto más tuyo, que ha tenido un papel bien innovador en Limarí?

-La verdad es que quiero a las viñas de igual manera, tanto a San Pedro como a Leyda, Tabalí, Santa Helena y Tarapacá. Tal vez Tabalí constituye un poquito una excepción en el sentido de que es una cosa mía, propia, porque acabamos de separar aguas con San Pedro. En todo caso, no fui el primero en llegar a esa zona, me parece que fui el segundo, después de Carlos Andrade, que en esa época era enólogo y gerente de la viña Francisco de Aguirre. Cuando yo llegué a Ovalle y compré mi campo, me di cuenta de que Francisco de Aguirre estaba plantando uva vinífera y dije: bueno, ¿por qué no?  Luego, hice algún estudio, miré los mapas, miré las latitudes y dije este es un valle interesante, hay un suelo interesante, ¿por qué no innovar? Al final la innovación es un elemento que debe acompañarlo a uno en cualquier proyecto. Planté las primeras parras, por ahí por el año 90, si mal no recuerdo, y el resultado ha sido excelente.

-¿Había una relación especial con ese campo?

-Lo que sucede es que antes el colegio más cercano que tenían las niñitas del norte, y el mejor, era el Amalia Errázuriz, de Ovalle. Era un colegio dirigido por las monjas norteamericanas del Sagrado Corazón de Jesús y, bueno, mi madre estudió allí toda su educación secundaria. Después, por esas coincidencias del destino, en el colegio me tocó ser compañero de un gran amigo, que era Jaime Mac Pherson. Su madre había sido compañera de la mía en el Amalia Errázuriz, y ellos me convidaban a su campo en Ovalle en los veranos, entre primero y cuarto medio. Mucho después, estaba esta cosa sentimental de mi madre, y dije: yo quiero tener un campo acá porque la zona es fascinante, su clima, su temperatura y además es muy lindo. Siempre quise tener un campo en Ovalle. Ya grande, en algún momento,  pensé: me quiero comprar un campo, me gusta la agricultura, me gusta la tierra y ¿qué mejor lugar que Ovalle? Y allá llegué.

-Han hecho cosas interesantes, co-mo Talinay, cerca de Fray Jorge… ¿tenías dudas?

-No tenía dudas, los méritos hay que dárselos a don Agustín Huneeus, porque él fue quien descubrió ese terroir. Ahora, yo creo que don Agustín, gracias a Dios para mí (ríe), no percibió todo lo bueno que era, porque en algún momento me vendió el retazo del campo más adecuado, creo yo, para lo que estamos produciendo. Cuando Felipe Müller y Héctor Rojas (enólogo y viticultor de Tabalí) miraron ese campo, me llamaron por teléfono o me encontré con ellos un fin de semana, porque yo voy mucho, y dijeron: oye, este campo hay que ocuparlo, éste suelo es único en Chile, tiene carbonato de calcio… aquí vamos a producir unos tremendos vinos. Y bueno, yo no les creí mucho al principio, pero fui a ver el lugar. Efectivamente, era una cosa bien notable y finalmente nos embarcamos. Con mucha confianza en el manejo vitivinícola de Héctor y en el ojo y buena mano de Felipe para hacer vinos, hemos sacado una línea extraordinariamente rica, muy buenos vinos, unos blancos exquisitos y un pinot que yo creo que es delicioso…

-Está entre los mejores de Chile.

-De los mejores. Estamos muy contentos, muy satisfechos y naturalmente que cuando uno empieza a tener éxito y aciertos, comienza a tratar de seguir en esa línea buscando otros terroir, tratando de innovar, y así hemos llegado un poco más alto. Ahora estamos en alguna parte de la cordillera ya plantando un montón de variedades. La lista es más o menos grande.

El problema es de los gringos

-¿Cómo ves el panorama de la industria del vino en Chile, pensando que el dólar está todavía bajo?

-Tengo la sensación de que a todas las viñas de tamaño chico o medio les debe estar costando más y les va a seguir costando más. Las economías de escala en esta industria son importantes, como lo es también la calidad, para tener mejores precios por caja. Yo creo que las viñas grandes tienen alguna ventaja por volúmenes, por precio… A los más chicos, como Tabalí, nos cuesta llegar a los volúmenes necesarios para que nuestros números sean azules y no rojos. Yo creo que es una condición que está para quedarse algún tiempo, pero estamos dispuestos a seguir adelante sin importar que existan años duros.

-¿Cuál es el mejor vino que has producido?

– Me siento muy orgulloso de Altaïr.

-¿Qué crees que le falta al vino chileno para llegar a tener 100 puntos?

– Te voy a decir lo que realmente pienso. Cuando hablamos del puntaje de los vinos chilenos, en general nos estamos refiriendo al juicio de los norteamericanos, de los Wine Spectator, de Robert Parker, por quienes tengo gran respecto. ¿Qué le falta al vino chileno para llegar a 100 puntos? Yo creo que no le falta nada. La pregunta es ¿qué le falta a los expertos norteamericanos para entender que muchos vinos chilenos pueden tener 100 puntos? Muchos de nuestros vinos son mucho mejores que los californianos, a los que puntúan demasiado bien para mi gusto. Porque cuando uno prueba un vino californiano, sin duda hay algunos muy ricos, pero en general –aún cuando tengan altos puntajes– son vinos dulzones, amaderados. Yo encuentro que nosotros en Chile producimos mucho mejor vino que en Estados Unidos. El problema no es lo que nos falta a nosotros, sino qué le falta a ellos para darse cuenta.

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 Grupo Luksic

En 2011 el grupo Luksic decidió aprovechar su caja para buscar negocios e invertir realizando desembolsos por aproximadamente 2.000 millones de dólares, la cifra más alta en una década invertida por Quiñenco, la matriz de sus negocios industriales y financieros. Todo partió en marzo cuando, a través de  Madeco, Quiñenco acordó aumentar su participación en la francesa Nexans, pasando de 9% a 20%, por un pago estimado de unos 290 millones de dólares.En mayo adquirió la operación de Shell en 633 millones de dólares y en septiembre los activos de Terpel, en 320 millones de dólares.

A principios del mismo mes, cerró la compra en 120 millones de dólares del 10% de la Compañía Sud Americana de Vapores,  y  anunció que acudiría al aumento de capital de la compañía. Además selló un pacto controlador con la familia Claro, con una participación de 20,6% y tres directores.