• 12 junio, 2008

 

Los temas que nos inquietan como sociedad son, sobre todo, temas de orden moral y resolverlos es muy difícil si no formamos conciencias rectas, capaces de determinar lo que es bueno, para seguirlo; y lo que es malo, para evitarlo. Por Fernando Chomali

Han salido los resultados del SIMCE. Largos análisis se han hecho al respecto en los distintos ámbitos sociales
preocupados de la educación. La brecha entre los colegios sigue y nos interpela como sociedad, por cierto. Ha aparecido la noticia de que algunos colegios hacen que los alumnos más deficitarios no rindan la prueba, lo cual es una tremenda injusticia respecto de ellos y un engaño para el resto de los escolares, sus padres y profesores, ya que falsean la verdad del colegio. Pero habla también de un fenómeno preocupante: algunos colegios terminan más preocupados de los resultados que de sus estudiantes y de su formación como personas. Sería muy perjudicial para la sociedad tener alumnos con buenos puntajes pero no buenas personas. Creo que hay que volver a insistir en que estas mediciones son un medio para mejorar la educación, y no un fin en sí mismo.

Pero lo que es más preocupante es quién está formando la conciencia moral de los jóvenes. ¿Quién los está ayudando a distinguir lo bueno de lo malo y la diferencia que hay entre el bien y el mal? Sería muy lamentable que tengamos personas intelectualmente capaces en matemáticas y lenguajes, pero pobres a la hora de tomar decisiones y asumir responsabilidades. El progreso de los conocimientos ha de ir de la mano con la reflexión moral, porque la racionalidad del ser humano es científica y moral a la vez. Se pregunta por el cómo hacer las cosas y el para qué. Lamentablemente, dedicamos mucho tiempo a la primera y nos hemos olvidado absolutamente de la segunda. Este tema es serio, dado que muchos apelan a que actuaron en conciencia para justificar cualquier acción o decisión, como si ésta fuera una instancia inapelable y a la que sólo corresponde obedecer.

Este tema, que es inseparable con el de la verdad, fue abordado por Juan Pablo II en su encíclica “El Esplendor de la Verdad” cuando dice: “abandonada la idea de una verdad universal sobre el bien, que la razón humana pueda conocer, ha cambiado también inevitablemente la concepción misma de la conciencia: a ésta ya no se considera en su realidad originaria, o sea, como acto de la inteligencia de la persona, que debe aplicar el conocimiento universal del bien en una determinada situación y expresar así un único juicio sobre la conducta recta que hay que elegir aquí y ahora; sino que más bien está orientado a conceder a la conciencia del individuo el privilegio de fi jar, de modo autónomo, los criterios del bien y del mal, y actuar en consecuencia. Esta visión coincide con una ética individualista, para la cual cada uno se encuentra ante su propia verdad”.

En efecto, si negamos que existen la verdad y la capacidad de conocerla, vamos a caer en una sociedad llena de arbitrariedades, dado que terminaremos concediéndole a la conciencia de cada persona el privilegio de fijar de modo autónomo los criterios del bien y del mal, y no en su realidad originaria, es decir como el acto de inteligencia de la persona que aplica el conocimiento universal del bien en una determinada situación y expresa un juicio sobre la recta conducta que hay que elegir aquí y ahora.

Si no somos capaces de formar adecuadamente la conciencia de los jóvenes y la de nosotros mismos no hay futuro, sino caos.

Estoy cierto de que los temas que nos inquietan como sociedad son, sobre todo, temas de orden moral y ellos son muy difíciles de resolver si no formamos conciencias rectas, capaces de determinar lo que es bueno, para seguirlo, y lo que es malo, para evitarlo. En este sentido los medios de comunicación social tienen una gran responsabilidad, por ser actores gravitantes a la hora de formar criterios de juicio en las personas.

Lamentablemente, muchos de ellos promueven productos y servicios que, lejos de colaborar con la formación de la conciencia, la opacan o anulan al presentar de modo atractivo antivalores que tanto daño han hecho, tales como el consumo excesivo de alcohol, algunas conductas sexuales y el acopio de bienes materiales claramente superfluos.

Formar adecuadamente la propia conciencia es tarea de la misma persona. Para ello, es fundamental hacerse preguntas y anteponer la verdad de los hechos a los propios deseos o prejuicios. Fundamental es también reconocer que muchas veces, perplejos por la complejidad de la situación a discernir, necesitamos de los demás, empezando por los padres, los educadores, el poder público y, por cierto, para los creyentes, de la palabra de Dios, la enseñanza de la Iglesia depositada en su rico Magisterio y larga tradición y, por cierto, la palabra de sus pastores.