No me di cuenta cuándo empezó este año y tampoco sé cuándo se acabará. Las fechas están valiendo poco al momento de medir lo que acontece. La temperatura del país está muy alta y la paciencia es breve. El fin de diciembre y sus fiestas caen por sorpresa sobre un tejido social convertido en pasto seco fácil de incendiar. El presente se ha vuelto insólito. Las rutinas se han modificado al ritmo del estallido social que inscribirá el 2019 en la historia. Aún no conocemos sus reales dimensiones, pero la extensión del fenómeno indica que se trata de un remezón que no se detiene, y que sacude las napas subterráneas de nuestra historia e idiosincrasia. Interpretarlo por el momento resulta inconducente, puesto que está ocurriendo. Es impredecible, múltiple y simultáneo. La lucha generacional es tan intensa como las demandas que sofocan a la mayoría. Los omitidos, desplazados y marginales, decidieron hacerse ver, exhibirse con rabia y violencia, agobiados por una pobreza que se decía inexistente. En definitiva: nada volverá a ser como antes, aunque muchos no quieran creerlo. Los heridos, los torturados y los abusos a los derechos humanos volvieron a destruir las confianzas. El orden y la seguridad han sido transgredidos por quienes debían garantizarlo.

Con la escasa distancia de unos meses pienso que la exposición O si o no de Carlos Altamirano, en el Museo de Bellas Artes, con su alto contenido político, cobra ahora un sentido central. Podría entenderse como un prólogo a lo que pasaría a partir del 18 de octubre. En la sala Matta estuvieron exhibidas una serie de obras organizadas a partir del registro fotográfico de los hoyos que se cavaron para construir el metro de Santiago en plena dictadura. El alcance metafórico de este trabajo excede sus intenciones originales, vinculadas a la memoria. Ver el catálogo es impresionante por las asociaciones que suscita.

Si tuviera que elegir a un personaje actual, una figura que identifique este tiempo, me remitiría a la película Joker de Todd Phillips, que reveló cómo un hombre herido, cuyo destino es hacer reír, puede convertirse en un criminal delirante y seductor al que lo mueve el resentimiento. La actuación de Joaquin Phoenix, su fuerza expresiva, es inolvidable. Es un malo complejo, atormentado, capaz de especular y de ir a la acción. En las fotografías de estos últimos días, en medio de las manifestaciones, se han visto jóvenes disfrazados del personaje. Entró al inconsciente colectivo, dio con una modulación del discurso, con una estética que tocó a miles de espectadores. Víctima y victimario fusionados en un rostro feroz. Los superhéroes están de vuelta en el imaginario colectivo y no solo para los menores de edad. Los que pertenecen a la primera fila -los aguerridos que combaten a las Fuerzas Especiales de Carabineros con escudos y piedras- se ven a sí mismos como redentores. Sienten que dan la vida por otros, que protegen. Necesitan ser considerados, pertenecer. Posan y despliegan sus músculos con las caras encapuchadas. En el plano de lo simbólico están llenos de significados. Tienen una moral y un deseo nítidos: pasar a la historia en calidad de protagonistas.

En lo particular, la autora que me despejó la mente fue Annie Ernaux. Sus libros de carácter autobiográfico –El siglo, Memoria de chica, Pura pasión– retratan a una mujer arrojada. Sus palabras están libres de solemnidad, fluyen con precisión. Ganó el prestigioso premio literario Formentor, lo que ha hecho visible su voz franca. Qué mujer más atractiva. Su prosa es un bisturí que abre la intimidad desde una perspectiva femenina, sexual y distante de las normas de corrección. La agudeza de sus textos es el resultado de cómo analiza el cuerpo, las pulsiones y pérdidas que vive. Se observa e interroga con elegancia y severidad.

La reciente muerte de la actriz Ana Karina me cayó pésimo. Las películas que hizo con Jean Luc Godard están dentro de mis preferidas. Su belleza leve, divertida y llena de locura es inmortal. En mi fantasía nunca dejó de tener la edad de las ficciones en las que actuó. No puedo creer que su natural encanto haya dejado de existir. Me resisto. Creo que la Navidad y el Año Nuevo se aproximan en un momento equivocado. No hay plata y el cansancio sobra. Al caminar por las calles centrales se ven las fachadas tapiadas, con grafitis. Los pinos y las luces están fuera de presupuesto. El viejo pascuero no se ve por ninguna parte.